La reciente pausa en la campaña militar de Estados Unidos e Israel contra Irán ha dejado un reguero de lecciones estratégicas que, según un análisis del diario ruso Kommersant traducido por RT, demuestran que la diplomacia y la tolerancia a las pérdidas pueden detener una escalada mayor. Tras semanas de bombardeos aéreos y ataques selectivos, la operación para «destruir» a Irán —como se planteó inicialmente— no ha logrado su objetivo, y Washington y Tel Aviv han optado por una retirada negociada que, por ahora, congela el conflicto.
El alto el fuego es frágil. Pero el análisis, firmado por el equipo de Kommersant, extrae siete conclusiones que van desde la capacidad de una gran potencia para replegarse (Estados Unidos ya lo hizo en Vietnam y Afganistán) hasta el papel limitado de las armas nucleares como disuasión absoluta.La lección central es que la tolerancia a las bajas y la diplomacia clásica han sido más disuasorias que los misiles de precisión.
Siete lecciones del conflicto del Golfo Pérsico
La primera lección es que una gran potencia puede retirarse sin haber logrado el colapso del adversario. Washington y Tel Aviv infligieron daños graves a Irán, pero no lo aplastaron. La perspectiva de una operación terrestre, con un coste en vidas inasumible, llevó a la Casa Blanca a buscar una salida diplomática. La segunda conclusión es que la diplomacia funciona, y el compromiso sigue siendo posible. Frente a la costumbre del siglo XX de guerras terminadas en derrotas aplastantes, el conflicto del Golfo recupera el viejo estilo de los acuerdos entre potencias, propio del siglo XIX, donde las partes se reconocieron como interlocutoras legítimas pese a la desproporción de fuerzas.
La tercera lección, y quizá la más decisiva, es que la tolerancia a las pérdidas determina el resultado. Estados Unidos e Israel demostraron no estar dispuestos a aceptar un elevado número de bajas, especialmente sin garantías de éxito. Irán, en cambio, asumió las suyas. Decenas de figuras políticas y mandos militares fueron asesinados, y las víctimas civiles se contaron por cientos, pero la determinación del régimen no se quebró.
El cuarto punto es que un margen de seguridad sólido importa. Irán ha pasado décadas organizando sus fuerzas armadas, agencias de seguridad, economía y sistema de mando para resistir un conflicto abierto. Israel vive también en un estado de movilización constante. Ambos modelos, aunque costosos en tiempos de paz, han demostrado eficacia bajo presión extrema. Las potencias industriales occidentales, que redujeron sus capacidades militares tras la Guerra Fría, necesitarán años para restaurar niveles anteriores de producción de munición y equipos.
La quinta lección aborda la paradoja nuclear. Las armas atómicas resuelven problemas y a la vez no. El temor a un Irán nuclear es una de las causas profundas de su contención, y la campaña militar sirvió para retrasar su programa. Sin embargo, ni Estados Unidos ni Israel consideraron seriamente usar armas nucleares para forzar la victoria, conscientes de que la destrucción de ciudades o infraestructuras no garantizaría el colapso del estado iraní, e incluso podría radicalizar su respuesta.
La tolerancia a las bajas ha sido el factor decisivo: Irán asumió pérdidas que ni Washington ni Tel Aviv estaban dispuestos a aceptar, y eso forzó la negociación.
La sexta lección es que la guerra de la información es omnipresente, pero tiene límites. Estados Unidos, con su superioridad tecnológica y control de los medios globales, intentó desestabilizar a Irán psicológicamente, sin éxito. Las imágenes de los bombardeos no rompieron la voluntad de resistencia, y la desinformación generada por inteligencia artificial, aunque abundante, no se convirtió en un arma universal.
La séptima y última conclusión: salir de una guerra es más difícil que entrar. Lanzar una campaña militar es sencillo; terminarla sin haber alcanzado los objetivos originales acarrea un alto precio político y estratégico. La retirada y el compromiso implican riesgos domésticos: la oposición puede tildarlo de debilidad. Estados Unidos ha mostrado que está dispuesto a dar un paso atrás si la escalada se vuelve demasiado costosa, pero el asunto no está zanjado. La próxima oportunidad, las armas pueden volver a disparar.
La fragilidad del alto el fuego y el factor nuclear
La pausa actual no resuelve las causas de fondo. Irán mantiene su infraestructura nuclear latente y su red de proxies en la región. Israel, por su parte, sigue viendo una amenaza existencial en Teherán. La comunidad internacional, y en especial la Unión Europea, ha respaldado la vía diplomática, pero carece de instrumentos para garantizar un acuerdo duradero.
El conflicto también ha puesto de relieve que el margen de seguridad de un Estado no se mide solo en arsenales, sino en cohesión social y resiliencia económica. Irán ha resistido porque llevaba décadas preparándose para este escenario. Occidente, en contraste, ha descubierto que sus sociedades abiertas son más vulnerables a los efectos económicos de un conflicto prolongado, como el encarecimiento del petróleo y la interrupción del tráfico marítimo.

Equilibrio de Poder
La lectura estratégica trasciende Oriente Próximo. Estamos asistiendo al retorno de un modelo de relaciones internacionales donde la diplomacia entre grandes potencias, basada en el reconocimiento mutuo y la capacidad de infligir daño, recupera protagonismo frente a las intervenciones para cambiar regímenes. Rusia y China observan con atención: la experiencia de Irán demuestra que un país con un Estado cohesionado y un amplio margen de seguridad puede encajar un primer golpe y forzar después una negociación en términos aceptables.
Para España, el impacto es doble. Por un lado, la estabilización —aunque frágil— del Golfo Pérsico aleja el riesgo de un shock energético que habría disparado la inflación y dañado la recuperación económica. Por otro, la confirmación de que las armas nucleares no otorgan una ventaja militar decisiva en una escalada convencional refuerza la postura tradicional de la diplomacia española, contraria a la proliferación y partidaria de soluciones negociadas. La fragata española actualmente desplegada en la operación EMASOH, en aguas del Estrecho de Ormuz, recibe así un contexto estratégico más previsible.
En el horizonte a 5-10 años, la gran incógnita es si Irán aprovechará la pausa para acelerar su programa nuclear de forma encubierta. Si lo logra, la dinámica habrá cambiado radicalmente y la pregunta ya no será si hay un nuevo ataque, sino si alguien está dispuesto a asumir el coste de lanzarlo contra una potencia nuclear declarada. Como en la Guerra Fría, la disuasión no es una solución, sino un respiro peligrosamente inestable.

