Hace 250 años, en una imprenta de Filadelfia, un tipógrafo llamado John Dunlap trabajó toda la noche para producir unas 200 copias de un texto que cambiaría el mundo. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos acababa de aprobarse y necesitaba propagarse con urgencia. Aquellos folios, conocidos como Dunlap Broadsides, estaban destinados a viajar a lomos de caballo, en barco o en manos de mensajeros para anunciar que las colonias habían roto con la corona británica. Ninguno de aquellos impresos se pensó para museo. Sin embargo, uno de los 26 que sobreviven tomó un camino especialmente singular: interceptado por los británicos, viajó a Londres como inteligencia de guerra y ahora, dos siglos y medio después, es la pieza central de la exposición «América 250» en el Museo Americano de Bath, en el Reino Unido.
El viaje improbable de la copia número 26
Apenas cinco semanas después de salir de la prensa de Dunlap, el documento cayó en manos enemigas. El vicealmirante Richard Howe y su hermano, el general William Howe, comandantes de las fuerzas británicas en Norteamérica y, paradójicamente, comisionados de paz del rey Jorge III, enviaron la copia a Londres junto a un despacho en el que informaban que los colonos se declaraban «absueltos de toda lealtad a la Corona británica». Fue el instante en que Londres comprendió que la rebelión se había convertido en algo distinto: el nacimiento de una nueva nación.
Los Howe ocupaban una posición incómoda. Se les había encargado sofocar la insurrección y, al mismo tiempo, buscar una reconciliación. De hecho, lord Howe llegó a sugerir más tarde que, si su comisión de paz hubiese llegado solo unos días antes, la independencia podría haberse evitado. En cambio, fueron ellos quienes remitieron a Whitehall una de las primeras pruebas impresas de que la ruptura era total.
La copia viajó en un barco que sorteó los bloqueos rebeldes y fue archivada en los despachos coloniales con una burocracia casi insultante: los funcionarios la registraron como correspondencia rutinaria, con anotaciones al dorso tan banales como sobrias. El texto político más trascendental del siglo XVIII fue procesado como un trámite más de la administración imperial.
De un comerciante judío a los archivos del Imperio
La investigación más reciente ha añadido un nuevo giro a la historia. Jonas Phillips, un comerciante judío y patriota que vivía a pocas puertas de la imprenta de Dunlap en Filadelfia, envió el pliego a su primo y socio en Ámsterdam con la esperanza de extender la noticia de la independencia por Europa. Para burlar a los inspectores británicos, incluyó una nota en yidis que mencionaba apenas «una declaración de todo ese país». La artimaña fracasó: los británicos interceptaron la carta y la guardaron en sus archivos de Estado.
Allí permaneció, sin identificar como un Dunlap Broadside original, hasta que en 2009 los especialistas de los Archivos Nacionales británicos la catalogaron correctamente. Es la más reciente de las 26 copias conocidas, un tesoro que salió a la luz después de más de dos siglos de silencio.
El documento no es solo una pieza fundacional de los Estados Unidos: es una rareza de la inteligencia de guerra que cruzó el Atlántico y terminó sepultada entre legajos gubernamentales.
La lógica de la Revolución americana
Para los estadounidenses, la Declaración de Independencia es el acta de nacimiento de la nación y el compendio de sus principios: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Pero esta copia concreta habla también del azar y de la interdependencia transatlántica. Que el ejemplar fuese interceptado, archivado y preservado por los británicos demuestra hasta qué punto la independencia de Estados Unidos se forjó en un diálogo áspero —y a menudo accidental— con su antigua metrópoli.
En el fondo, el recorrido del Dunlap Broadside de Bath es un espejo de la propia guerra: una partida de ajedrez en la que la información valía tanto como los cañones. La demora de las comunicaciones oceánicas —los despachos tardaban de seis a diez semanas en cruzar el Atlántico— convertía cada mensaje en una cápsula del tiempo. Para cuando los ministros de Whitehall leyeron la proclama de independencia, las batallas de la campaña de 1776 ya estaban decididas.
España también tuvo su papel en aquella partida. Aunque la copia expuesta en Bath no viajó a la península, el apoyo financiero y militar de la corona española a los rebeldes —soldados, préstamos y la campaña de Bernardo de Gálvez en el Misisipi— fue decisivo para el desenlace final. Madrid vio en el conflicto una oportunidad para debilitar al Imperio británico y recuperar posiciones en el tablero global. Por eso, la historia de esta copia no solo compete a Washington y a Londres; toca también a la memoria compartida de España y Estados Unidos.
La exposición de Bath, más allá de la conmemoración, invita a recordar que los grandes momentos históricos se construyen con documentos frágiles y trayectos imprevisibles. Este Dunlap Broadside capturado nos recuerda que incluso los textos más poderosos pueden acabar en manos de quien menos esperamos.
Ficha del Caso
- El caso: Un raro ejemplar de la primera impresión de la Declaración de Independencia de EE. UU. (Dunlap Broadside), interceptado por los británicos en 1776, se expone en el Museo Americano de Bath para celebrar su 250 aniversario.
- Datos clave: Solo 26 copias Dunlap sobreviven. Esta es la última identificada (2009). Fue enviada por Jonas Phillips a Ámsterdam, capturada por la Armada británica y archivada 233 años. Viajó a Londres junto a un despacho de los hermanos Howe.
- Para España: La independencia estadounidense contó con el respaldo decisivo de la corona española, que aportó dinero, armas y tropas. La exposición en Reino Unido es también una oportunidad para recordar la alianza hispano-estadounidense de 1779 y el legado compartido de dos democracias atlánticas.

