La Comunidad de Madrid ha abierto desde ayer las puertas de la Sala Alcalá 31 a la exposición 'Mitologías modernas: Ouka Leele & Co.', una muestra que reúne más de 100 obras de los artistas que construyeron la iconografía de la Movida madrileña. La entrada es gratuita hasta el 18 de octubre, y entre los nombres que cuelgan sus trabajos en la antigua sede de la Caja Postal están Ouka Leele, Ceesepe, Costus, El Hortelano o Patricia Gadea, muchos de ellos sin exponer en la capital en los últimos años.
La Cibeles que Ouka Leele transformó en un mito pop
El punto de partida de la exposición es 'Rapelle toi, Bárbara!' (1987), la intervención con la que Ouka Leele cubrió la fuente de Cibeles de un manto azul y recreó el mito de Hipómenes y Atalanta. Aquella acción —hoy icónica, entonces provocadora— resume lo que la muestra quiere contar: cómo una generación de artistas tomó los mitos clásicos y los lanzó contra las calles de una ciudad que acababa de estrenar democracia.
Las obras recogidas en la Sala Alcalá 31 demuestran que la mitología griega y romana sirvió de coartada para hablar de otra realidad: la modernidad que llegaba a España con la Transición. Performance, pintura, fotografía y dibujo se mezclan en un recorrido que evidencia cómo aquellos creadores imaginaron nuevas formas de representar la ciudad y la identidad, justo cuando Madrid empezaba a ser algo más que la capital del franquismo.
El rescate de los artistas que llevaban décadas sin colgar en Madrid
Uno de los ganchos de la muestra es la vuelta a las salas de figuras que llevaban más de treinta años sin verse en la escena madrileña. Ceesepe, con su universo de cómic y nocturnidad; Costus, con su colorido entre el pop y el kitsch; El Hortelano, que pintó la fauna de Malasaña; o Patricia Gadea, con su ironía ácida. Junto a ellos, otros como Dis Berlin, Miluca Sanz o Carlos Forns completan un fresco que no se limita a la nostalgia.
El consejero de Cultura, Turismo y Deporte, Mariano de Paco Serrano, que asistió a la inauguración junto al comisario Julio Pérez Manzanares, destacó que se trata de «una ocasión para volver a ver la obra de muchos artistas que no se han expuesto desde hace años y que son un referente de la escena artística madrileña y española». Y no le falta razón: la exposición reúne un 40 % de obras que no habían pisado Madrid desde los ochenta, según cálculos de la organización.
La Movida fue un laboratorio de imágenes que ahora la Comunidad devuelve a los madrileños, sin pedir nada a cambio.
Más allá de la anécdota generacional, la muestra apuesta por un discurso que conecta los mitos clásicos con la cultura underground de los ochenta. Atenea se convierte en icono punk, Apolo en dj de La Vía Láctea, y Afrodita en las tapas del Madrid me mata. La sala, que antes fue oficina bancaria, se transforma en un espacio que juega con la escenografía y la luz para que el visitante sienta que camina entre dos tiempos.
No obstante,, el recorrido no cae en el refrito nostálgico. La presencia de artistas como Sigfrido Martín Begué o Guillermo Pérez Villalta ancla la muestra en un debate más amplio: cómo el arte español de los ochenta dialogó con las vanguardias europeas, justo cuando Madrid aspiraba a ser una capital cultural de primer orden. Y lo consigue sin cobrar un solo euro.
Por qué esta exposición no es un refrito nostálgico (y qué lecciones deja)
Conviene recordar que en los últimos años han proliferado en la capital exposiciones sobre la Movida —desde la del CentroCentro en 2017 hasta las de la Neomudéjar—, pero pocas habían apostado por una lectura tan centrada en en la intersección entre mitología y cultura visual. Aquí no se trata de mostrar fotos de Almodóvar y Alaska, sino de rastrear cómo aquellos artistas utilizaron a dioses y ninfas para construir una identidad nueva.
La decisión de la Comunidad de Madrid de hacer la entrada gratuita sitúa esta iniciativa en línea con otras ofertas culturales públicas que funcionan en la ciudad, como las de la Fundación Juan March o La Casa Encendida. Y manda un mensaje claro: en pleno debate sobre el precio del ocio en Madrid —a menudo prohibitivo—, la cultura con mayúsculas puede seguir siendo libre. La sala, además, reserva un 10 % de entradas para personas con discapacidad y ofrece visitas guiadas en lengua de signos, información en letra grande y bucles magnéticos.
El catálogo, con textos de Julio Pérez Llamazares, María Rosenfeldt y Ana Rosetti, acompaña la experiencia, pero no hace falta leerlo para sentir que uno pasea por una ciudad que ya no existe y que, sin embargo, sigue definiendo la forma en que Madrid se cuenta a sí misma. Quedan tres meses largos para verla. La sala está a un paso de Sol. No cuesta nada.
