EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha insultado al régimen iraní y ha declarado ‘acabado’ el alto el fuego, mientras la aviación estadounidense reanuda los bombardeos sobre objetivos en Irán.
- ¿Quién está detrás? La orden de ataque parte de la Casa Blanca, con el Pentágono ejecutando una campaña de represalia tras el incidente con tres petroleros en el estrecho de Ormuz. Teherán responde con amenazas de venganza.
- ¿Qué impacto tiene? El frágil memorándum de entendimiento firmado el 17 de junio salta por los aires. El precio del crudo se tensiona y la seguridad marítima en el Golfo Pérsico entra en su fase más crítica desde el inicio de la crisis.
El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, ha replicado esta madrugada con dureza a los insultos del presidente estadounidense, Donald Trump, quien calificó a los dirigentes de la República Islámica de ‘escoria’ y ‘gentes violentas’ durante la cumbre de la OTAN celebrada en Turquía. El choque dialéctico ha coincidido con la reanudación de los ataques aéreos de Estados Unidos sobre posiciones en Irán, en lo que supone la escalada más grave entre ambos países desde que rubricaran un marco de paz preliminar el pasado 17 de junio.
Trump se dirigió al secretario general de la Alianza, Mark Rutte, en un aparte captado por las cámaras y no dudó en dar por liquidado el frágil entendimiento alcanzado con Teherán. ‘No quiero tratar más con ellos. Son escoria’, afirmó. ‘Están dirigidos por enfermos; son personas viciosas y violentas. Si tuvieran un arma nuclear, la usarían. Por lo que a mí respecta, se acabó’. La intervención, recogida por medios iraníes, ha sido respondida desde Teherán con un tono que mezcla desprecio y desafío.
Araghchi no mencionó a Trump por su nombre, pero la televisión estatal Press TV confirmó que su mensaje en la red social X respondía directamente a las palabras del mandatario estadounidense. ‘Dirigirse a la civilizada y valiente nación de Irán con lenguaje despectivo no reduce su grandeza. Los iraníes somos conocidos por nuestra civilidad, cultura y sólidos valores morales. No respondemos a la vulgaridad con vulgaridad, sino con acción: sin miedo y con gran valor’, escribió. La tormenta verbal es la antesala de una nueva fase cinética que ya ha comenzado.
Cronología de una tregua rota a golpe de misiles
Estados Unidos ha bombardeado objetivos dentro de Irán durante dos noches consecutivas. Trump ha justificado las operaciones como ‘represalia’ por los ataques contra tres buques comerciales que trataban de cruzar el estrecho de Ormuz a principios de semana. Aunque Teherán no ha reivindicado formalmente las acciones, fuentes citadas por medios iraníes aseguran que los petroleros intentaron atravesar el paso sin la autorización exigida por la República Islámica, que desde hace meses reclama el derecho a regular el tráfico y a cobrar peajes en la estratégica vía marítima.
El Memorando de Entendimiento (MoU) alcanzado el 17 de junio entre Irán y Omán, con el visto bueno de Washington, dejaba precisamente esa cuestión en un limbo deliberado. Teherán se comprometía a ‘realizar las gestiones necesarias, con sus mejores esfuerzos, para garantizar el paso seguro de buques comerciales’, mientras que ambas partes iniciaban negociaciones para ‘definir la futura administración y los servicios marítimos’ en el estrecho. La ambigüedad del texto ha terminado por dinamitar el acuerdo: Irán interpreta el memorando como un reconocimiento de su soberanía de facto sobre el acceso al Golfo Pérsico; Estados Unidos lo lee como una concesión táctica de Teherán que en ningún caso limita la libertad de navegación.
La noche del jueves, cazas y drones estadounidenses golpearon centros de mando y presuntas instalaciones de misiles antibuque en la costa meridional iraní. El Pentágono no ha detallado las plataformas empleadas, pero imágenes satelitales revisadas por esta redacción sugieren el uso de Tomahawk lanzados desde destructores clase Arleigh Burke desplegados en el Golfo Pérsico y bombas guiadas GBU-31 lanzadas desde F-35A que operan desde bases en Emiratos Árabes Unidos y Catar. Fuentes militares iraníes han denunciado ‘violaciones flagrantes del espacio aéreo’ y prometen una respuesta contundente.
De la diplomacia a la acción: el nuevo pulso por el control del estrecho
El desplome del Memorando de Entendimiento supone un fracaso diplomático en toda regla para el sultanato de Omán, que había ejercido de mediador paciente durante meses. El texto rubricado en junio era, en realidad, un intento de congelar la disputa sobre quién ejerce el control real del tráfico marítimo en un paso por el que transita a diario una quinta parte del crudo mundial. La fórmula ‘mejores esfuerzos’ que figuraba en el MoU es, en el argot diplomático, un eufemismo para aparcar las diferencias sin resolverlas. El problema es que la Casa Blanca, con Trump de vuelta en el Despacho Oval, no ha tenido la menor intención de mantener ese paréntesis.
El presidente ha vinculado explícitamente el fin de la tregua con su doctrina de máxima presión contra Irán, reactivada desde su regreso al poder. Durante la cumbre de la OTAN en Antalya, Trump dejó caer ante Rutte que ‘Estados Unidos no pagará por la seguridad de países que compran petróleo iraní’. La frase no era casual: varios aliados europeos han mantenido importaciones de crudo persa a través de intermediarios, algo que Washington considera inaceptable. La reanudación de los bombardeos tiene, por tanto, un doble destinatario: Teherán y las capitales europeas.

Equilibrio de Poder
Lo que observamos es un salto cualitativo en la dinámica de confrontación que no se limitará al intercambio de misiles. La humillación verbal de Trump —y la decisión de materializarla en el lenguaje más soez posible— cumple una función estratégica: demostrar a los socios de la OTAN que el paraguas de seguridad estadounidense no es gratis, y a Irán, que el aislacionismo selectivo del primer mandato ha dejado paso a una voluntad de imponer las reglas por la fuerza. La respuesta de Araghchi, que apela a la civilización persa mientras evita rebajarse al insulto personal, es también un guiño calculado: busca agrietar la unidad de las capitales europeas que ya en junio presionaron a Washington para evitar un conflicto abierto.
La doctrina Trump aplicada a Ormuz coloca a España en una posición incómoda. Nuestro país no tiene dependencia directa del crudo iraní —el suministro se ha diversificado hacia Angola, Nigeria y Brasil— pero sí es rehén de la estabilidad del Golfo Pérsico como fijador global del precio del Brent. Cada escalada en el estrecho dispara la cotización y castiga a una economía que importa más del 95% de la energía que consume. De hecho, los futuros del barril ya han superado los 96 dólares en los mercados asiáticos al cierre de esta edición. Además, la reactivación de la tensión perjudica el despliegue de la fragata Méndez Núñez, integrada en la Operación Agenor de apoyo a la libertad de navegación en la zona, y obliga al Ministerio de Defensa a revisar los protocolos de protección de nuestras propias rutas marítimas.
El escenario recuerda a la crisis de los rehenes de 1979, pero con un factor diferencial: entonces Washington y Moscú mantenían una relación de Guerra Fría que acotaba los márgenes de escalada; hoy Rusia observa el conflicto como un modo de distraer recursos estadounidenses del teatro ucraniano. No es descartable que el Kremlin encuentre en este incendio una oportunidad para presionar en el mar Negro mientras la Sexta Flota centra su atención en Ormuz. A medio plazo, la quiebra definitiva del MoU del 17 de junio abre la puerta a una militarización a gran escala del Golfo Pérsico que, de no contenerse, convertirá el tránsito marítimo en una moneda de cambio geopolítico con consecuencias impredecibles para el suministro energético europeo. La próxima cumbre del Consejo Europeo, prevista para el 18 de septiembre, tendrá que abordar esta crisis en un momento en el que la OTAN ya arrastra el desgaste de la guerra en Ucrania y la presión de Washington para que los aliados eleven el gasto militar al 5% del PIB.

