EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? La cumbre de la OTAN en Ankara acordó la producción europea de misiles Tomahawk, ATACMS y Patriot, así como de drones ucranianos Bars.
- ¿Quién está detrás? Alemania lidera la compra y la fabricación, con Rheinmetall y Lockheed Martin como socios clave; Ucrania obtiene una licencia para producir Patriot.
- ¿Qué impacto tiene? Europa reduce su dependencia de Estados Unidos en misiles de largo alcance y defensa antiaérea, reconfigurando el equilibrio de poder con Rusia.
La OTAN ha dado este fin de semana en Ankara un paso sin precedentes hacia la autonomía estratégica en misiles. Alemania comprará Tomahawks estadounidenses y fabricará ATACMS en su territorio, mientras se impulsa la producción europea de interceptores Patriot y drones de crucero ucranianos.
Tomahawks alemanas: el misil que llega hasta los Urales
El canciller Friedrich Merz anunció que Berlín ha recibido luz verde de Washington para adquirir misiles de crucero Tomahawk y desplegarlos en suelo alemán. Aunque no se ha especificado la variante, todo apunta a las versiones de lanzamiento terrestre, probablemente integradas en el sistema Typhon o en un nuevo lanzador.
En términos prácticos, estos misiles permitirían a Alemania golpear cualquier objetivo en la parte occidental de Rusia central. Si sistemas similares se estacionaran en los países bálticos, su alcance se extendería hasta los Urales. Para Merz, la operación cierra «una importante brecha estratégica en nuestra defensa» y refuerza la capacidad disuasoria sin depender de unidades estadounidenses.
Desde el punto de vista de Washington, el acuerdo es casi idílico. Europa refuerza sus defensas y paga la factura, mientras el Pentágono puede reorientar sus propios misiles hacia el Indo-Pacífico. En la práctica, es una transferencia de carga que Trump lleva meses exigiendo a sus aliados.
Patriot en Ucrania y el ecosistema europeo de mantenimiento
El presidente Trump reveló en Ankara que Ucrania obtendrá una licencia para fabricar misiles interceptores del sistema Patriot. Ningún país europeo tiene hoy esa capacidad; solo Japón produce PAC-3 fuera de Estados Unidos. Sin embargo, montar una línea de producción en plena guerra parece una quimera. Las instalaciones acabarían, muy probablemente, en territorio comunitario.
Polonia ya se ha ofrecido a colaborar, y el consorcio formado junto a Alemania, Suecia y los Paises Bajos —sin tilde en la a— gestionará centros de mantenimiento regionales. Oficialmente, solo repararán misiles; extraoficialmente, todo el mundo entiende que el paso siguiente es la producción a gran escala.
Rheinmetall se perfila como el socio industrial natural. La empresa ya tiene la infraestructura, el conocimiento y los contactos para ensamblar los misiles en sus plantas alemanas. Una vez que las líneas estén operativas, nada impedirá vender los interceptores a cualquier cliente europeo. El negocio es redondo.
Hoy un centro de mantenimiento, mañana una fábrica de misiles. Europa está comprando el derecho a producir, no solo a reparar.
En paralelo, Berlín y Kiev firmaron otro acuerdo: la producción en Alemania de los drones de crucero ucranianos Bars. Estos aparatos, con ojivas de hasta 100 kilos y 800 kilómetros de autonomía, representan una clase de armamento que la Bundeswehr aún no posee. Todos los aparatos irán inicialmente al ejército ucraniano, pero el programa sirve de banco de pruebas para la industria alemana. Cosas que pasan en 2026.
Equilibrio de Poder
El auténtico cambio de paradigma se esconde en el acuerdo entre Lockheed Martin y Rheinmetall para fabricar misiles balísticos tácticos ATACMS en Unterlüß, Baja Sajonia. Será la primera vez que estos misiles se produzcan fuera de Estados Unidos. La planta, con 125 años de historia, ya está levantando una fábrica de motores cohete y espera empezar la producción a pleno ritmo en 2027, con una demanda europea estimada en entre 600 y 800 unidades anuales.
Para España, la cumbre de Ankara tiene una doble lectura. Madrid opera baterías Patriot y se beneficiaría de un centro de mantenimiento europeo que reduzca los costes logísticos y los tiempos de envío a Estados Unidos. Pero, sobre todo, la aceleración del rearme alemán y polaco eleva la presión sobre Moncloa para cumplir con el 2% del PIB —y cada vez más con el 5% que reclama Trump— sin desatender las fronteras de Ceuta y Melilla. El gasto español en defensa, aún en torno al 1,3%, queda descolgado de un club en el que Alemania ya compra misiles que pueden alcanzar los Urales.
En el largo plazo, si una fracción significativa de estos planes sale adelante, la industria europea de misiles será irreconocible en 2030. Los contribuyentes comunitarios pagarán casi toda la cuenta, pero a cambio obtendrán una capacidad de disuasión autónoma que modifica el equilibrio de fuerzas con Moscú. No es la independencia completa —los diseños y las tecnologías críticas siguen siendo estadounidenses—, pero sí un salto cualitativo que recuerda al momento en que Airbus desafió a Boeing. O puede que, como tantas iniciativas de defensa, todo se quede en un montón de comunicados de prensa y miles de millones gastados sin resultados tangibles. Eso también ocurre.

