Ventura Rodríguez: el maestro del barroco en la Corte de Carlos III

El arquitecto de Ciempozuelos que soñó una capital monumental bajo el reinado de Carlos III. Con Cibeles y Neptuno, dejó a Madrid sus fuentes más emblemáticas.

El lacre todavía estaba caliente. La carta, remitida desde la Secretaría de Gracia y Justicia, confirmaba lo que Ventura Rodríguez llevaba meses temiendo: el proyecto del Paseo del Prado, esa enorme operación de embellecimiento que debía convertir el antiguo muladar en un salón digno de la Corte, quedaba enteramente en manos de Francesco Sabatini. Sobre la mesa del taller de la calle del Espejo, entre planos enrollados y la maqueta de una cúpula que jamás se construiría, el arquitecto de Ciempozuelos apretó los dientes y sopesó el peso de una frase que repitió en voz baja: «Siempre el extranjero».

Corría el otoño de 1775. Carlos III, el rey ilustrado, llevaba poco más de quince años en el trono español y había adoptado a Sabatini como su paladín arquitectónico. Ventura Rodríguez, nacido en el seno de una familia de modestos maestros de obra en Ciempozuelos el 14 de julio de 1717, había ascendido con un esfuerzo titánico desde los andamios de La Granja hasta el cargo de Maestro Mayor del Palacio Real. Pero aquella mañana comprendió que su proyecto de capital monumental, con fuentes sorprendentes, templos de nueva planta y un dominio absoluto sobre el skyline madrileño, se esfumaba entre la preferencia real y las maniobras de la sabatina camarilla.

Capítulo I: De la piedra de Ciempozuelos a las canteras de Roma

Ventura Rodríguez Tizón aprendió a dibujar antes que a escribir. En el taller de su padre, un aparejador riguroso, el niño manejaba el compás y la escuadra con la soltura de quien ha nacido para medir el mundo. A los diecisiete años ya trabajaba como delineante en las obras del Real Sitio de La Granja de San Ildefonso, el capricho versallesco con el que Felipe V quería olvidar sus tristezas. Allí vio trabajar a Filippo Juvarra, el gran arquitecto siciliano que había trazado los primeros planos del nuevo Palacio Real de Madrid, y supo que su futuro no estaba en los jardines sino en la escala heroica de la arquitectura.

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En 1740, gracias a la protección del cardenal Acquaviva, embajador español en la Santa Sede, Ventura Rodríguez marchó a Roma. Durante los casi dos años que pasó en la ciudad eterna se empapó de Bramante, de Miguel Ángel y, sobre todo, de las estructuras termales de la Antigüedad que empezaban a desenterrarse. «Aprendí que un muro no es un cierre, sino un soplo contenido», diría años después ante los académicos de San Fernando. Su mano se hizo más segura y su ojo se templó en la medida exacta de las proporciones clásicas. Regresó a España en 1742 con una carpeta llena de dibujos y la certeza de que Madrid necesitaba una arquitectura a la altura de la corte más poderosa de Europa.

Capítulo II: La escalinata que susurraba poder

El 23 de septiembre de 1744, con apenas veintisiete años, Ventura Rodríguez fue nombrado académico de mérito de la recién creada Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Ocho años más tarde dirigía la sección de Arquitectura y, lo que era más importante, había heredado de su maestro Sacchetti la dirección de las obras del Palacio Real. El edificio, que Juvarra había concebido como un coloso de piedra blanca, agonizaba entre las estrecheces del erario y las órdenes contradictorias de los ministros. Ventura Rodríguez no solo enderezó la fábrica: esculpió la Escalera Principal, una pieza maestra donde la piedra parece flotar.

Quien subiera aquellos peldaños por primera vez sentía que el aire se enrarecía. El arquitecto había dispuesto una caja de doble altura, iluminada cenitalmente, con columnas jónicas que sostienen una bóveda de cañón rebajada. La escalera se desdobla en dos brazos que invitan a ascender con una solemnidad casi litúrgica. Los embajadores extranjeros se quedaban mudos al llegar al rellano; los cortesanos más viejos recordaban que «ni en Versalles hay cosa semejante». Ventura Rodríguez había demostrado que un español podía medirse con los maestros italianos y franceses sin complejos.

Sin embargo, aquel triunfo traía consigo una envidia sorda. Los colaboradores de Sabatini empezaron a propagar que la escalera era demasiado ostentosa, que sus peldaños fatigaban a las damas de la reina. El propio Sacchetti, que años atrás había sido su valedor, murmuró en alguna tertulia que su discípulo «pecaba de ambicioso». Nada de eso impidió al rey Carlos III, que admiraba el trabajo de Ventura, recompensarle con el título de Arquitecto Mayor del Reino en 1766. Pero el monarca ilustrado tenía un gusto versátil y, poco a poco, fue entregando los encargos más jugosos a Sabatini.

Capítulo III: El duelo en la arena del Prado

El verdadero campo de batalla entre los dos gigantes no fueron los salones de palacio, sino el viejo ejido que se extendía entre la Carrera de San Jerónimo y las huertas de Atocha. Allí, donde los madrileños paseaban entre polvo y charcos, Carlos III soñó con un paseo arbolado a la moda de los bulevares de París. Ventura Rodríguez había presentado ya en 1761 un proyecto ambicioso que preveía una gran columnata y fuentes monumentales. Pero el gusto del rey estaba mudando. Sabatini ofreció un trazado más amplio, con tres avenidas y una fuente central que hoy conocemos como Neptuno. La adjudicación definitiva en 1775 supuso una puñalada para el maestro de Ciempozuelos.

No obstante, Ventura Rodríguez no se retiró. Aunque muchos creen que las joyas del Paseo del Prado son obra exclusiva de Sabatini, lo cierto es que dos de las fuentes más emblemáticas llevan su firma. La Cibeles, ese carro de la diosa madre embridado por leones que los madrileños tomaron como símbolo propio, fue diseñada por él en 1782. El conjunto representa a la Magna Mater con una corona de torreones, alegoría de la ciudad, flanqueada por los felinos que Hipómenes y Atalanta nunca lograron sujetar. En origen iba a colocarse en la confluencia de la calle Alcalá con el Salón del Prado, pero se instaló definitivamente en la plaza que hoy lleva su nombre.

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Junto a ella, la Fuente de Neptuno —que los aficionados del Atlético de Madrid bañan en cada título— también salió de su tablero de dibujo. El dios de los mares emerge del agua con el tridente en alto, montado en un carro en forma de concha arrastrado por caballos marinos. Estas dos fuentes, con su correcta distribución de grupos escultóricos y la sabia escala que Ventura Rodríguez aprendió en Roma, cuentan más sobre el barroco ilustrado que muchos tratados de arquitectura. La piedra blanca de Colmenar todavía hoy refleja la luz de la misma manera que aquella mañana de septiembre de 1782 en que se abrieron las compuertas.

Capítulo IV: La cúpula que desafió los cielos de Madrid

Mientras las fuentes anclaban su nombre en la memoria popular, Ventura Rodríguez emprendía una obra que habría de ser su testamento profesional: la basílica de San Francisco el Grande. El proyecto, iniciado por el hermano lego Fray Francisco Cabezas en 1761, había quedado estancado por problemas de cimentación. El arquitecto asumió las obras a partir de 1765 y propuso una cúpula de dimensiones colosales: un casquete de cincuenta metros de diámetro interior que durante décadas fue el mayor de España y el segundo de Europa, solo superado por el Panteón de Roma.

Levantar aquel cascarón de ladrillo y yeso fue una proeza técnica. Los obreros trabajaban suspendidos de andamios que se mecían a cuarenta metros de altura mientras el propio Ventura Rodríguez revisaba cada rosca de ladrillo con un catalejo desde la plaza. La cúpula se construyó sin cimbra de madera, al modo romano, con hiladas concéntricas que se autosostenían por su propia forma. Cuando se descargó el último andamio y el tambor quedó al aire, los madrileños que pasaban por la calle de San Francisco se persignaron: parecía que la mole iba a desprenderse. No hubo desprendimiento. La cúpula aguantó, y aún aguanta.

Sabatini, sin embargo, no se quedó de brazos cruzados. Aprovechando su ascendencia sobre el confesor real, consiguió que se le encargara la conclusión del interior y la fachada principal. De nuevo el pulso entre ambos, de nuevo el extranjero arrinconando al español. Ventura Rodríguez, ya sexagenario, firmó el último parte de obra en 1784 con una mezcla de orgullo y resignación. «La arquitectura es paciente», solía decir. Él también lo era.

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Capítulo V: El arquitecto que vive en cada esquina

Ventura Rodríguez murió en Madrid el 26 de agosto de 1785, a los sesenta y ocho años. Fue enterrado en la iglesia de San Marcos, que él mismo había proyectado y que hoy ya no existe. Su viuda tuvo que vender los planos del Palacio de Liria para saldar deudas. El arquitecto que había soñado con una capital a la altura de Palmira dejó tras de sí una treintena de iglesias, palacios, fuentes y edificios públicos dispersos por media España.

Pero su verdadero legado no está en las guías turísticas, sino en la memoria de los madrileños que cada mañana bajan de un autobús junto a Cibeles sin saber que aquella diosa de piedra salió de la mano de un hombre de Ciempozuelos empeñado en demostrar que la arquitectura española podía ser universal sin dejar de ser profundamente propia. Su competencia con Sabatini definió el rostro de la ciudad que hoy pisamos: un Madrid barroco y clasicista a la vez, donde las fachadas de granito dialogan con las fuentes mitológicas.

Tal vez la escena más reveladora ocurrió semanas después de su muerte. Un joven dibujante de la Academia, que luego sería el gran Juan de Villanueva, entró en el despacho vacío del maestro. Sobre la mesa quedaba, todavía, el boceto de una plaza porticada que nunca se construyó. Alguien había garabateado en el margen una frase: «No es la piedra, sino el orden lo que vence al tiempo». Villanueva recogió el papel y lo guardó entre sus cosas. El orden que Ventura Rodríguez aprendió en Roma y que pulió en los andamios del Palacio Real siguió viajando, silencioso, de mano en mano, hasta dar forma a las calles que hoy recorremos.