Washington se ha quedado sin espejos donde mirarse. Desde las filas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), los agentes encargados de ejecutar la mayor operación de deportaciones de la historia reciente hablan de agotamiento, mala planificación y formación insuficiente. En una serie de entrevistas al Washington Examiner, oficiales con más de una década de servicio —algunos de ellos votantes de Donald Trump— admiten que la moral está peor que en los años de Joe Biden.
“Nos están llevando al límite. No sé dónde acabará esto, pero no será nada bueno”, resume uno de los agentes consultados. El testimonio colectivo dibuja una agencia al borde del colapso, con jornadas interminables, días libres cancelados y una presión desde la cúpula política que, lejos de motivar, está quemando incluso a los más convencidos de la misión.
‘Peor que con Biden’: el desgaste de la tropa migratoria
La paradoja es tan cruel como reveladora: muchos de los agentes que celebraron la victoria de Trump en 2024 confiesan hoy que echaban de menos los días de Alejandro Mayorkas, el secretario de Seguridad Nacional de Biden. “Al menos Mayorkas nos daba días administrativos y mostraba algo de aprecio”, dice un oficial con más de diez años de experiencia. El ritmo de arrestos impuesto desde la Casa Blanca —3.000 detenciones diarias, según exigió Stephen Miller en una tensa reunión en mayo de 2025— está muy por encima de lo que los equipos sobre el terreno pueden asumir sin riesgos. La administración Trump presume de 900.000 arrestos en su segundo mandato, aproximadamente 1.600 al día, ya la cifra más alta de cualquier presidencia.
Para alcanzar esos números, los agentes trabajan semanas enteras sin un solo día libre. “Nos llaman constantemente en nuestros días de descanso. Y si al acabar tu turno de ocho horas quieres irte a casa, te presionan para que sigas”, relata otro oficial destinado en Texas. La falta de condiciones básicas, como unos baños operativos en alguna oficina, es la metáfora perfecta del estado de la agencia.
Formación relámpago y paros de tráfico sin protocolo: el riesgo de una tragedia
El segundo gran lastre es la incorporación acelerada de nuevos reclutas. ICE cuenta con unos 6.000 agentes en el interior del país y otros 10.000 en proceso de formación. La prisa por poner botas en la calle está pasando factura. “Un supervisor de la unidad de operaciones de fugitivos nos dijo que muchos equipos están llenos de agentes que ni siquiera han pasado el control de antecedentes ni tienen la habilitación de seguridad”, confiesa el primer oficial. “No es seguro”.
Los veteranos, que deberían liderar las detenciones, están siendo apartados de las redadas y relevados por los novatos, lo que multiplica los errores. En las últimas dos semanas, dos personas que no eran el objetivo de ninguna orden migratoria murieron en sendos tiroteos tras paradas de tráfico ejecutadas por agentes de ICE en Maine y Texas, y una tercera falleció atropellada en Florida mientras huía.
“No tenemos una política aprobada de paradas de tráfico ni de persecuciones. Los agentes temen ser considerados responsables a título personal porque nadie pone nada por escrito”, explica un ex alto cargo.
Estos sucesos, que se suman a la muerte de dos ciudadanos estadounidenses en Minnesota a principios de año, han llevado al secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, a anunciar primero y a desmentir después, por orden directa de Trump, una pausa en el uso de paradas de tráfico. La confusión es total.
La lógica de la Casa Blanca
Para entender por qué Washington aprieta hasta reventar las costuras de ICE hay que mirar al corazón político del mandato de Trump. Las deportaciones masivas no son un complemento de su programa: son el programa. El ala más dura, personificada en Stephen Miller y el ‘zar de la frontera’ Tom Homan, necesita cifras visibles que demuestren a su electorado que, esta vez, las promesas se cumplen. Cada arresto es un tuit, cada redada un vídeo para la cuenta oficial del DHS, aunque eso ponga en riesgo la seguridad de los propios agentes.
Desde la óptica de la Casa Blanca, las quejas internas son ruido de fondo. El precedente histórico más citado —aunque con matices— es la “Operación Espalda Mojada” de 1954, una deportación masiva que exigió al entonces Servicio de Inmigración doblar sus efectivos y acelerar los procedimientos a costa de garantías procesales. La diferencia ahora es que el aparato federal está más burocratizado y las exigencias de transparencia y derechos civiles son mucho mayores. El resultado es un embudo que nadie sabe gestionar.
Para España, un ICE desbordado y sin protocolos claros es una fuente de incertidumbre. Cualquier endurecimiento de los controles migratorios puede traducirse en inspecciones a empresas españolas con miles de empleados en Estados Unidos, como Inditex, Santander o Iberdrola, por irregularidades en la contratación. Además, la falta de formación de los nuevos agentes y la ausencia de una política de paradas de tráfico multiplican el riesgo de incidentes con ciudadanos españoles o hispanohablantes confundidos con indocumentados. La relación bilateral, ya tensionada por los aranceles, no necesita más roces.
Ficha del Caso
- El caso: Agentes de ICE denuncian al Washington Examiner agotamiento extremo y falta de formación de los nuevos reclutas mientras la Casa Blanca acelera las deportaciones masivas.
- Datos clave: La administración exige 3.000 arrestos diarios; la media real ronda los 1.600. En las últimas semanas, al menos cinco personas han muerto en incidentes relacionados con operativos de ICE. La agencia tiene 6.000 agentes y 10.000 en formación acelerada, muchos sin los controles de antecedentes completados.
- Para España: El caos operativo puede ralentizar la cooperación consular, incrementar el riesgo de inspecciones laborales a empresas españolas y elevar la probabilidad de incidentes que afecten a ciudadanos españoles residentes en EE.UU.
