Eurostat desmonta el mito del sur endeudado: la deuda de hogares es menor en el sur que en el norte

Los últimos datos de 2025 revelan que Países Bajos, Dinamarca y Suecia encabezan la clasificación de endeudamiento familiar, mientras Italia, Grecia y España se sitúan por debajo de la media de la UE. El hallazgo pone en cuestión los estereotipos que justifican la disciplina fisc

Los tópicos son tercos, pero a veces los datos los desmontan con la contundencia de un mazazo. Eurostat acaba de publicar su actualización de 2025 sobre la deuda de los hogares en la Unión Europea y el mapa resultante contradice frontalmente la narrativa que ha justificado buena parte de la disciplina fiscal impuesta al sur: la de los ciudadanos que viven por encima de sus posibilidades. La realidad, según el indicador que relaciona los pasivos de las familias con el producto interior bruto (PIB), es que Países Bajos, Dinamarca y Suecia lideran el ranking de endeudamiento, mientras que Italia, Grecia y España se sitúan muy por debajo de la media comunitaria.

El dato es estructural y obliga a releer la crisis de deuda soberana de la década pasada con otras gafas. En 2025, la deuda de los hogares de la UE representaba de media el 49,4% del PIB (50,7% en la eurozona), una cifra que ha caído de forma sostenida desde el pico del 60% registrado en 2020. Pero la brecha norte-sur hace saltar las costuras del relato: siete de los diez países con la ratio más alta son Estados del norte o del oeste del continente, mientras que los grandes castigados de la anterior crisis, los del Mediterráneo, muestran niveles de apalancamiento doméstico moderados.

En España, la deuda de los hogares alcanzó el 42,9% del PIB, por debajo de la media de la UE y a años luz del 93,5% neerlandés o del 84,1% danés. Italia registró un 35,9% y Grecia un 38,0%. La imagen de un sur manirroto se resquebraja cuando se mira el balance de las familias, no el del Tesoro.

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Eurostat desmonta un estereotipo: la deuda de los hogares se concentra en el norte, no en el sur

El indicador que emplea Eurostat suma hipotecas, préstamos al consumo y otros créditos, y los expresa como porcentaje del PIB para permitir comparaciones entre países de distinto tamaño. No dice cuánto debe cada familia, pero sí revela el grado de apalancamiento del sector. Una lectura del 50% significa que los pasivos de los hogares equivalen a la mitad de todo lo que produce la economía nacional en un año.

La Comisión Europea fija el umbral de riesgo en el 55%: a partir de ahí, la deuda privada, no la pública, se convierte en el principal amplificador de las recesiones. La gran crisis financiera de 2008 no nació en los despachos de un ministerio de Hacienda, sino en los balances de los hogares estadounidenses y su contagio hipotecario. Lejos de haber aprendido la lección, varios Estados del norte exhiben hoy ratios que superan con creces ese listón. Países Bajos (93,5%), Dinamarca (84,1%), Suecia (82,3%), Finlandia (62,9%), Luxemburgo (60,5%), Francia (59,5%) y Bélgica (56,4%) sobrepasan la referencia de peligro.

En contraste, los hogares del sur, a quienes se ha culpado durante años de la fragilidad europea, mantienen un perfil conservador. Italia, Grecia, España y Portugal aparecen entre los más comedidos del continente. La deuda de las familias portuguesas (53,9%) es la más alta del sur, pero sigue por debajo del 55%, y Chipre (54,2%) se aproxima al umbral con una particularidad: el 34% de esa deuda corresponde a créditos dudosos heredados de la crisis bancaria que se van resolviendo con enormes dificultades.

La fragilidad financiera de la eurozona no se lee hoy en los balances de las familias italianas, sino en las hipotecas a tipo variable de los hogares suecos, expuestos a cualquier giro del BCE.

Hipotecas, cultura del crédito y la paradoja de la propiedad

¿Por qué los ciudadanos del norte deben más? La respuesta es casi monocorde: el mercado hipotecario. En Países Bajos, el Gobierno hace atractivo endeudarse para comprar vivienda gracias a la desgravación de los intereses hipotecarios y a unas normas que permiten financiar el 100% del valor del inmueble. En Dinamarca, los préstamos a tipo fijo con largos plazos de amortización explican ratios que solo se compensan con unos ahorros de pensiones colosales. En Suecia, el dominio de las hipotecas a tipo variable deja a los hogares extremadamente sensibles a los movimientos de Fráncfort, una vulnerabilidad que ya se manifestó durante el último ciclo de subidas.

Un ejemplo revelador es Finlandia, donde el 63% de la deuda procede de créditos hipotecarios y, si se añaden los préstamos de las comunidades de viviendas —una figura jurídica local que traslada la deuda del edificio al comprador—, la proporción conjunta ronda el 75%. El Banco de Finlandia ha endurecido la regulación de estos productos por considerar que inflan artificialmente el endeudamiento.

En el sur, las hipotecas también cuentan, pero la propiedad de la vivienda tiene otra historia. La tasa de propiedad es elevada, pero mucha se ha transmitido por herencia o se ha adquirido en un contexto de tipos bajos con plazos muy largos y sin la generalización de los préstamos a tipo variable de importe elevado que se observa en el norte. Portugal es la excepción parcial: más del 90% de sus hipotecas son a tipo variable o mixto, ligadas al Euribor, lo que convierte a sus hogares en los más sensibles del sur a los vaivenes del BCE.

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Eurostat deuda hogares

El Eje del Poder Europeo

Los datos de Eurostat no son una mera curiosidad estadística. La geografía de la deuda privada afecta directamente a la arquitectura de las reglas fiscales europeas y al reparto de los costes de ajuste en una futura crisis. Hasta ahora, el diseño del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, y su reciente reforma, se ha construido sobre la premisa de que los gobiernos del sur son los malos gestores que necesitan disciplina externa, mientras que los del norte son los acreedores fiables. Esa premisa se sostiene si se mira solo la deuda pública. Pero cuando se examina la deuda total (pública y privada) de una economía, el mapa se vuelve borroso.

La crisis financiera de 2008 enseñó que la deuda privada puede precipitar un colapso bancario que, a través de los rescates, convierta la deuda privada en pública. Irlanda y España son los dos laboratorios europeos de ese fenómeno. Sin embargo, el actual diseño de las reglas fiscales apenas incorpora indicadores de deuda de los hogares o de las empresas no financieras en sus mecanismos de alerta temprana. La Comisión Europea ha señalado en sus informes anuales que la deuda privada holandesa o sueca supone un riesgo sistémico, pero el mensaje no tiene consecuencias presupuestarias equivalentes a las que desencadena una desviación del déficit público en el sur.

Para España, que arrastra una deuda pública en torno al 107% del PIB pero mantiene el endeudamiento privado bajo control, la lectura es doble: por un lado, desactiva parte del argumentario de los halcones fiscales que piden más ajuste; por otro, recuerda que la estabilidad financiera no se mide solo con la regla de gasto. El Banco de España ya advirtió en su último informe de estabilidad que el principal riesgo doméstico no es el apalancamiento de los hogares, sino la concentración de hipotecas a tipo fijo en un entorno de tipos todavía incierto.

La ironía de este mapa es que los Estados que durante años han exigido al sur recortes y reformas basándose en la idea de una sociedad que vive por encima de sus posibilidades son, precisamente, aquellos cuyos ciudadanos están más endeudados. La lección que deja Eurostat es clara: la próxima crisis europea no vendrá por los Presupuestos Generales del Estado, sino por el buzón de una familia sueca o neerlandesa que no pueda pagar la hipoteca. Algo que, en la arquitectura legal de la UE, sigue sin tener un vigilante tan feroz como el que escruta el déficit público.