Serguéi Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, ofreció este miércoles en Manila una rueda de prensa tras las reuniones de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) que ha alterado varios tableros geopolíticos. El jefe de la diplomacia rusa presentó un plan integral que vincula la guerra en Ucrania, la tensión entre Estados Unidos e Irán y los peligros de una nueva carrera nuclear. Un discurso denso, minucioso, que deja titulares para varios frentes.
Los acuerdos de Anchorage siguen sobre la mesa
Lavrov insistió en que Moscú considera que Washington no ha abandonado los entendimientos alcanzados por Vladímir Putin y Donald Trump en Anchorage el año pasado. ‘Seguimos creyendo que aquellos principios siguen siendo la base para una paz duradera en Ucrania, no para un simple alto el fuego temporal’, afirmó. Según el ministro, las conversaciones de entonces abordaron puntos clave de un posible arreglo y planea aclarar la postura actual de la Casa Blanca durante su encuentro bilateral del jueves con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio.
La mención de Anchorage no es casual. Aquella cumbre —calificada en su día como un punto de inflexión por ambas partes— ha sido mencionada con frecuencia por el Kremlin para mostrar que el expediente ucraniano aún tiene recorrido diplomático. Lavrov subrayó que la mayoría de los miembros de la ASEAN comprenden que el conflicto solo puede resolverse atacando sus causas profundas, lo que interpretamos como un intento de ganar legitimidad internacional para la narrativa rusa.
Acusaciones de hipocresía y la sombra de la guerra contra Irán
El canciller ruso cargó duramente contra lo que calificó de ‘hipocresía estadounidense’. Washington acusa a Moscú y Pekín de suministrar armas a Irán para atacar instalaciones militares norteamericanas, mientras que —según Lavrov— la propia Casa Blanca participa de forma directa en los ataques ucranianos sobre territorio ruso. ‘Los estadounidenses, con el suministro de armas pagadas por la Unión Europea, el envío de inteligencia, el sistema Starlink y mucho más, no solo ayudan: participan directamente en guiar las armas ucranianas hacia objetivos, incluidos civiles, en territorio ruso’, denunció.
La guerra entre Estados Unidos e Irán ocupó un lugar central. Lavrov aseguró que Moscú no desea que se alargue, pese a que un barril de petróleo por encima de los 90 dólares podría beneficiar momentáneamente a Rusia. ‘Preferimos precios energéticos estables que nos permitan hacer planes a largo plazo’, dijo. El ministro citó la contradicción de los anuncios de Washington sobre la reapertura del estrecho de Ormuz y el rechazo israelí a sentirse obligado por el memorando entre Washington y Teherán, antes de que el propio Trump declarara el documento cancelado.
La parte más inquietante de la comparecencia fue la advertencia nuclear. Lavrov recordó que, antes de la guerra, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) no había encontrado pruebas de que Irán estuviera desviando su programa civil hacia fines militares. Y estableció un paralelismo histórico: ‘El efecto es el contrario al que probablemente se esperaba del ataque a Irán. Más países podrían concluir que solo las armas nucleares garantizan su libertad y su independencia’, afirmó, citando los casos de Irak y Libia, que abandonaron sus programas de armas masivas y acabaron siendo atacados por Occidente.
Si Alemania da el paso hacia su propia capacidad nuclear, el tablero de la seguridad europea cambia de una manera que ningún plan de defensa de la OTAN ha contemplado realmente hasta ahora.
Lavrov también se refirió a informes de inteligencia rusos que apuntan a que Alemania podría estar desarrollando sus propias armas nucleares, una señal que calificó de ‘muy seria’. Y, en un giro drástico, anunció que Rusia ya no respalda la desnuclearización de la península de Corea: ante las maniobras conjuntas de Estados Unidos y Corea del Sur, Moscú ‘comprende’ la postura de Pionyang y apoya sus esfuerzos para reforzar su capacidad defensiva. También mencionó el debate en Japón sobre revisar sus principios no nucleares, ligándolo al creciente componente nuclear de los ejercicios entre Seúl y Washington.
Equilibrio de Poder
La comparecencia de Lavrov en Manila es una pieza de un rompecabezas mayor. Moscú está construyendo un relato que, a la vez que acusa a Occidente de duplicidad en Oriente Medio y en Europa, fortalece sus lazos con el sudeste asiático y planta la semilla del rearme nuclear como el único escudo fiable frente a una intervención externa. Se trata de un posicionamiento que erosiona los cimientos del orden de no proliferación que, con todas sus grietas, ha contenido la expansión atómica durante décadas.
Para Estados Unidos, que bajo la administración Trump ha oscilado entre la presión a Teherán y la inestabilidad en el estrecho de Ormuz, las palabras de Lavrov añaden una capa extra de complejidad. El Kremlin sabe que Europa, volcada en su rearme, no puede permitirse otro frente de inseguridad nuclear. Y juega esa carta. La advertencia sobre Alemania es un misil dialéctico directo a Bruselas y Berlín. Si la Comisión Europea ya ha admitido que la defensa de la Unión podría costar hasta un 5% del PIB, la sombra de un programa nuclear alemán dispararía todas las líneas rojas.
España no queda al margen. Nuestro país, que alberga la base naval de Rota y sus destructores AEGIS —pieza clave del escudo antimisiles de la OTAN—, tendría que reposicionarse si la proliferación se acelera en Europa. Más aún cuando el flanco sur, con Marruecos y Argelia inmersos en sus propias modernizaciones militares, se encuentra en un equilibrio frágil. La crisis de Ormuz, además, golpea directamente la factura energética de todos los hogares y empresas españolas, por lo que la estabilidad en el golfo Pérsico es un asunto de seguridad nacional, no solo de política exterior.
A medio plazo, la apuesta rusa por las alternativas financieras con la ASEAN y el comercio en divisas nacionales refuerza un bloque no alineado con el dólar. El mero hecho de que Lavrov haya presentado en Manila un plan de cooperación para duplicar el comercio bilateral hasta 2036 da una pátina de solidez a una Rusia que Occidente intenta aislar. La lectura estratégica es clara: Moscú no se limita a resistir en Ucrania, sino que se proyecta como actor determinante en la arquitectura de seguridad asiática.
El precedente de Irak y Libia citado por Lavrov es real, por crudo que suene. La invasión de Irak en 2003, basada en pruebas inexistentes de armas de destrucción masiva, y la intervención de la OTAN en Libia en 2011, tras la renuncia de Gadafi a su programa nuclear, han dejado una herida en la credibilidad occidental. La posible consecuencia es que Pionyang, Teherán y otros actores concluyan que la única garantía de soberanía es el átomo. Esa dinámica, si se consolida, haría añicos el Tratado de No Proliferación y situaría a la seguridad global en un terreno desconocido.
Mientras se espera el encuentro entre Rubio y Lavrov de este jueves —que podría detallar si los acuerdos de Anchorage siguen siendo viables—, la Unión Europea se enfrenta a un dilema estratégico de primera magnitud. Y España, como miembro atlántico, tendrá que decidir si su apuesta por la defensa común puede hacer frente a un escenario de proliferación nuclear en el que la disuasión clásica se diluye.

