Aquà no hay agentes encubiertos ni malware de Estados-nación. Al menos, no directamente. Pero la partida que se juega en Washington estos meses es de las que marcan la arquitectura de la defensa cibernética occidental. Se llama CIRCIA y es, con toda probabilidad, la regulación de ciberseguridad mÔs ambiciosa que ha salido jamÔs del Capitolio. Y la industria la quiere mÔs pequeña.
Un calendario que acumula dos aƱos de retraso
La Ley de Notificación de Incidentes CibernĆ©ticos para Infraestructuras CrĆticas (CIRCIA, en sus siglas en inglĆ©s) nació en 2022. El Congreso estadounidense, harto de que los ataques a oleoductos, hospitales y elĆ©ctricas se conocieran por los titulares y no por los canales oficiales, impuso una obligación clara: cualquier operador de infraestructura crĆtica debĆa comunicar un ciberataque grave en 72 horas y un pago de ransomware en 24. La Agencia de Ciberseguridad y Seguridad de las Infraestructuras (CISA) recibió el encargo de redactar el reglamento. Cuatro aƱos despuĆ©s, la norma sigue en el limbo.
CISA publicó un borrador en 2024, perdió el plazo de octubre de 2025 para finalizarlo, volvió a fallar en mayo de 2026 y ahora apunta a septiembre. Fuentes industriales consultadas por CyberScoop consideran que cumplir esa nueva fecha es poco realista. La agencia arrastra problemas de personal tras los recortes de la administración Trump y varios cierres parciales del gobierno que la han dejado sin músculo para sacar adelante una regulación que afecta, según sus propias estimaciones, a mÔs de 300.000 entidades.
El pasado junio, CISA organizó cuatro reuniones pĆŗblicas con los sectores implicados. Las transcripciones, publicadas la semana pasada, no dejan lugar a equĆvocos: la industria quiere una regla mĆ”s ligera, con menos empresas sujetas, menos incidentes que reportar y menos datos en cada notificación. El pulso estĆ” servido.
Lo que la industria le pide a CISA: menos, mÔs sencillo y sin información sensible
āLa regla incluye demasiadas empresasā, soltó sin rodeos Grant MacIntyre, director de asuntos regulatorios de la Auto Care Association. La patronal de distribución quĆmica, por boca de su vicepresidente Douglas Leigh, advirtió de que el umbral que combina tamaƱo y sector āarrastrarĆ” incluso a pequeƱas entidadesā. La preocupación es legĆtima, porque el diseƱo actual de CIRCIA no distingue: si usted estĆ” en un sector declarado crĆtico, da igual que sea una empresa familiar de diez empleados; le toca reportar.
El autƩntico pulso entre CISA y las grandes corporaciones no es sobre el tamaƱo del formulario, sino sobre quiƩn dicta el ritmo de la inteligencia de amenazas en Estados Unidos.
La industria aseguradora directamente pide quedar excluida del todo. El sector nuclear quiere que la obligación se limite a las plantas que ya reportan a la Comisión Reguladora Nuclear. Y una voz comĆŗn recorre todas las intervenciones: que no se exija detallar las medidas de seguridad de la entidad afectada. āSerĆa como pedirle a un herido que explique cómo se rompió la cerradura mientras se desangraā, me comenta un veterano del oficio que ha seguido de cerca las audiencias.
Tim Pospisil, jefe de seguridad de Nebraska Public Power District, puso el dedo en la llaga con un ejemplo grĆ”fico: āMi gran preocupación es que nos pidan reportar incidentes cada vez que alguna entidad extranjera roce nuestro cortafuegos, aunque no hagan nada, solo un barrido. Eso podrĆa ser extremadamente gravosoā. CISA deberĆ” elegir entre obtener inteligencia de cada roce digital o concentrarse solo en los impactos reales, y esa decisión condicionarĆ” la utilidad de toda la arquitectura de alerta temprana.
Henry Young, director sĆ©nior de polĆticas de la Business Software Alliance, es de los pocos que respira optimismo. Cree que la administración Trump, con su discurso de āregulación sensataā, acabarĆ” pidiendo āunas pocas piezas de información claves, las necesarias para que en plena emergencia las empresas puedan actuar rĆ”pido en lugar de rellenar papeleoā. Pero otros interlocutores consultados por CyberScoop no han recibido la mĆ”s mĆnima pista sobre las intenciones reales de CISA. āPodrĆa ser que presenten una propuesta antes de cerrar nada definitivo, pero con CISA nunca se sabeā, admite una fuente industrial.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
El debate estadounidense sobre CIRCIA trasciende lo domĆ©stico, y no solo porque la regulación pueda acabar moldeando legislaciones en Europa, Asia o AmĆ©rica Latina. CISA no solo recibe datos: los procesa, los enriquece con inteligencia propia āSIGINT, HUMINT, OSINTā y los redistribuye entre las empresas afectadas y los socios de Five Eyes. Si el flujo de información se reduce a lo mĆnimo, la capacidad de anticipación colectiva se resiente. Si se convierte en un goteo insoportable de alertas falsas, las empresas acabarĆ”n ignorĆ”ndolo.
He escrito en mĆ”s de una ocasión āy lo sostengoā que la inteligencia de Estado no vale nada si no sirve a quien estĆ” en primera lĆnea. En El quinto elemento ya advertĆ que āen EspaƱa hay 8.000 infraestructuras crĆticas y atacables a travĆ©s de internetā. El CNI y el CCN-CERT llevan aƱos intentando tejer una red de confianza con el sector privado para que los incidentes graves se compartan antes de que sea tarde. El espejo de CIRCIA es inevitable: si Washington erige un sistema farragoso, Bruselas repetirĆ” los mismos errores al desarrollar la directiva NIS2; si logra un modelo Ć”gil, todos tomaremos nota.
El vector de amenaza que subyace en esta partida no es un ciberataque concreto, sino la posibilidad misma de que los ciberataques se notifiquen mal, tarde o nunca. A juicio de esta redacción, la inteligencia de amenazas necesita un flujo rÔpido, estandarizado y con la confianza de que los datos sensibles no acabarÔn en un sumario público. CISA acierta al querer montar una capacidad nacional de alerta temprana, pero si no logra seducir a la industria, el sistema nacerÔ cojo.
El nivel de clasificación del material que manejarĆ” CISA, a juzgar por la naturaleza de los incidentes (planos de red, vectores de ataque, vulnerabilidades aĆŗn no parcheadas), podrĆa alcanzar fĆ”cilmente el grado Confidencial o incluso Secreto cuando el incidente lo origine un Estado. De ahĆ que las empresas quieran acotar lo que entregan: saben que esa información, una vez en manos del gobierno, puede circular por pasillos que ni siquiera conocen.
La conexión espaƱola no es menor. El CNI, a travĆ©s de su Centro Criptológico Nacional, mantiene intercambios periódicos de inteligencia con CISA. Cualquier modulación en el volumen y la calidad de los reportes estadounidenses repercutirĆ” en los informes que llegan a La Moncloa. Me consta que en la Casa de Castelló se sigue este regateo con una mezcla de interĆ©s y de cautela: lo que funciona en el paĆs mĆ”s ciberatacado del planeta sirve de laboratorio para los demĆ”s.
El Congreso estadounidense ya ha mostrado su impaciencia. El ComitĆ© de Asignaciones de la CĆ”mara instó a CISA a āfinalizar la regla CIRCIA sin mĆ”s demoraā en el informe presupuestario del Departamento de Seguridad Nacional para 2027. Y mientras, la inteligencia artificial corre mĆ”s deprisa que los legisladores. āCuando se redactó esta ley, ni siquiera existĆa la primera generación de ChatGPTā, recuerda una de las fuentes consultadas. āHoy estamos en un entorno de aprendizaje automĆ”tico que identifica amenazas, las mitiga y se en engancha con las mĆ”quinas rivales sin intervención humanaā. Ese nuevo paisaje obliga a repensar los umbrales de notificación, pero tambiĆ©n hace mĆ”s urgente que las seƱales de alarma fluyan sin atascos.
Septiembre estÔ a la vuelta de la esquina. Si CISA vuelve a incumplir, la legislación mÔs ambiciosa sobre ciber incidentes corre el riesgo de convertirse en un papel mojado antes de nacer. Y eso, en un mundo donde el próximo 11S empezarÔ con un clic, es un lujo que ninguna democracia puede permitirse.

