El regreso de Turquía al programa de cazas F-35 no es únicamente un asunto de misiles rusos S-400. Ahora, la red de telecomunicaciones turca, cada vez más abierta a empresas chinas, se ha convertido en el nuevo frente de una batalla que preocupa profundamente en Washington.
La amenaza china en la red de telecomunicaciones turca
Endy Zemenides, director ejecutivo del Hellenic American Leadership Council (HALC), ha lanzado una advertencia que va más allá del viejo pulso con Moscú. “Si Turquía obtiene los F-35, sería la única nación del programa con su red de telecomunicaciones completamente expuesta a China”, declaró en una entrevista con Breitbart News Saturday. Y Pekín, recordó, puede obligar por ley a sus empresas a entregar información a las autoridades del Partido Comunista chino.
El temor no es teórico. Las firmas chinas ya gestionan infraestructuras críticas de telecomunicaciones en Turquía, lo que abre una puerta trasera potencial para el espionaje sobre los datos de mantenimiento, los perfiles de vuelo y las comunicaciones encriptadas del caza furtivo más avanzado de la OTAN. Cualquier brecha en esa cadena, advierten los analistas, comprometería la seguridad de todos los aliados que operan el avión, entre ellos España.
El obstáculo del S-400 y las condiciones que exige Washington
El problema ruso sigue sin resolverse. Una carta del Departamento de Estado enviada esta semana al Congreso —a la que ha tenido acceso el representante demócrata Wesley Bell— reitera que ninguna transferencia de F-35 podrá realizarse hasta que Turquía renuncie por completo al sistema de defensa aérea S-400. Además, Ankara debe cumplir con las certificaciones pendientes bajo la ley CAATSA (Countering America’s Adversaries Through Sanctions Act) y la Ley de Autorización de Defensa Nacional de 2020.
Zemenides subraya que la retirada de los misiles rusos es “un suelo, no un techo”. “Turquía tiene que ganarse el privilegio de recibir armamento estadounidense”, afirmó. Las soluciones a medias que ha propuesto Ankara —dejar los S-400 embalados, retirar un chip pero conservarlo— no convencen en el Pentágono. “Si están en una caja, se pueden sacar de la caja”, ironizó el experto.
En paralelo, la administración Trump vive un tira y afloja interno. Mientras los secretarios Marco Rubio (Estado) y Pete Hegseth (Defensa) mantienen serias reservas sobre la venta, el embajador estadounidense en Turquía, Tom Barrack, presiona en sentido contrario. Zemenides fue especialmente crítico con Barrack: “Está actuando más como embajador turco en Estados Unidos que como embajador estadounidense en Turquía. Se ha pasado al otro bando”.
El F-35 es más que un caza: es un sistema de combate en red que integra a media OTAN. Una brecha en su seguridad afecta a todos los aliados que vuelan o planean volar este avión, España incluida.
La sugerencia del propio presidente de Estados Unidos durante la cumbre de la OTAN en Ankara este mismo mes, en la que dijo que la venta “tendría sentido”, ha despertado una oposición bipartidista en el Congreso. La fecha no es casual: la misma semana se cumplía el 52º aniversario de la invasión turca de Chipre, un recordatorio histórico que pesa en los despachos de Capitol Hill.
La Lógica de Washington
Para entender por qué Washington mantiene el freno hay que mirar más allá de la coyuntura. La estrategia de control tecnológico sobre el F-35 responde a una doctrina estadounidense forjada tras la Guerra Fría: ningún adversario potencial puede acceder a las tripas del sistema que vertebra la superioridad aérea aliada. Ya en los ochenta, la administración Reagan bloqueó transferencias de tecnología militar sensible a países que coqueteaban con terceros actores. Hoy, con China como rival sistémico, la preocupación es aún mayor.
Desde esa óptica, Turquía no es solo un socio incómodo: es un eslabón débil en el flanco sur de la OTAN cuyas decisiones autónomas en materia de telecomunicaciones pueden hipotecar la seguridad colectiva. Para España, que ha iniciado la compra de los F-35B para la Armada y está evaluando dotar al Ejército del Aire con el mismo modelo, la vulneración de la cadena de suministro digital del programa no es un riesgo abstracto. Cualquier dato que el ecosistema chino pudiera extraer de la red turca afectaría directamente a la flota española y a la interoperabilidad aliada.
El debate en el Congreso muestra una coalición insólita: demócratas preocupados por los derechos humanos y republicanos de corte tradicional, alineados en la exigencia de que Turquía dé pasos tangibles antes de recibir el caza. Mientras tanto, la administración equilibra sus intereses geopolíticos —Ankara es un actor clave en el Mar Negro y Oriente Medio— con la protección del secreto industrial militar más caro de la historia. La próxima ventana de decisión será en septiembre, cuando el Departamento de Estado deberá informar de nuevo al Congreso sobre el cumplimiento de Ankara. Hasta entonces, la sombra de Pekín se cierne sobre cada nuevo envío de piezas del F-35.
Ficha del Caso
- El caso: El regreso de Turquía al programa F-35 tropieza con un nuevo frente: la apertura de sus telecomunicaciones a empresas chinas, que según expertos permite a Pekín acceder a información sensible del caza furtivo.
- Datos clave: La ley china obliga a sus empresas a cooperar con el Estado; el Departamento de Estado exige el abandono total del sistema S-400; la venta necesita luz verde bipartidista en el Congreso.
- Para España: Madrid ha iniciado la compra de F-35B para la Armada y estudia equipar al Ejército del Aire con el aparato. Una brecha de seguridad en la red de telecomunicaciones turca afectaría directamente a la interoperabilidad y a los datos clasificados de los socios de la OTAN, incluida España.

