Emilia Pardo Bazán: la condesa que introdujo el naturalismo en España

En 1882, la publicación de «La cuestión palpitante» encendió una tormenta literaria en España. La condesa desafió a la Iglesia, a la prensa y a su propio marido por defender el naturalismo de Zola.

La prensa empezó a traquetear de madrugada en los bajos del número 7 de la Carrera de San Jerónimo. Era el 7 de octubre de 1882, y aquella mañana las rotativas de La Época echaban humo por las bisagras. Entre las hojas que caían ya impresas, todavía calientes, se deslizaba un folletín distinto: no llevaba grabados ni prometía entregas sensibleras. Lo firmaba una mujer. El titular decía «La cuestión palpitante» y, en la primera columna, se citaba a Émile Zola con la familiaridad de quien ha charlado con él en los salones de París.

Algunos ejemplares acabaron en la mesa de desayuno de la condesa de Pardo Bazán, que los repasó con un café solo antes de salir a misa. La autora era ella, Emilia Pardo Bazán y de la Rúa Figueroa, y sabía perfectamente que acababa de encender una hoguera en el corazón de la Restauración alfonsina.

No era una provocación cualquiera. Defender el naturalismo francés en la España de 1882 equivalía a prenderle fuego a un confesonario. Y más aún si lo hacía una mujer, esposa de un político conservador gallego que aún no imaginaba la tormenta que estaba a punto de estallarle en casa.

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Capítulo I: El artículo que incendió la moral decimonónica

La serie que La Época empezó a publicar aquel otoño llevaba un propósito casi quirúrgico. Pardo Bazán no se limitó a glosar a Zola: explicó el método, diseccionó autores, y propuso que el naturalismo —con su mezcla de observación científica y crudeza narrativa— era la única vía para seguir contando el mundo después de la revolución industrial. «El naturalismo es la forma artística de la ciencia moderna», escribió ella misma años después, como si aquella frase hubiera estado desde el principio en el meollo de todo.

Aquel primer artículo, y los diecinueve que le siguieron, desataron tres debates simultáneos: estético, religioso y —sobre todo— político. Los neocatólicos veían en cada párrafo una puerta abierta al materialismo ateo. Los escritores consagrados, empezando por Pedro Antonio de Alarcón, se rasgaban las vestiduras porque una mujer osara pontificar sobre literatura en el periódico más influyente de la corte. Y en las sacristías, el obispo de Oviedo movió los hilos para que la publicación fuese denunciada como lectura peligrosa para la juventud femenina.

Pero la polémica más íntima no se libró en los periódicos ni en los púlpitos: se libró en el salón del matrimonio Quiroga-Pardo Bazán.

Capítulo II: La carta que partió la casa en dos

José Quiroga, el marido, leyó aquellos artículos con los párpados apretados. Pertenecía a una familia conservadora, frecuentaba los mismos círculos que ahora atacaban a su mujer y empezaba a sentir que el escándalo le salpicaba los apellidos. Le pidió que abandonase la serie y que se retirase de la vida pública. Emilia se negó. La discusión, que algunos biógrafos sitúan en los primeros meses de 1883, acabó con una separación de hecho que jamás se resolvería por los cauces legales —ni civiles ni canónicos—, porque ella jamás pidió la anulación.

La separación fue, además, un gesto inédito para una aristócrata del XIX: prescindir del matrimonio sin perder el título ni la pensión era casi un imposible social, y ella lo consiguió a base de independencia económica y de no pedir permiso a nadie desde aquel momento. La condesa se mudó a un piso en la calle de San Bernardo, montó su tertulia y no volvió la vista atrás.

naturalismo español

Capítulo III: De los artículos a la novela que lo cambió todo

Los veinte artículos de La Época se publicaron en libro en 1883 con un prólogo explosivo en el que Pardo Bazán matizaba el determinismo de Zola pero mantenía a rajatabla la necesidad de retratar la realidad sin corsés. Y tres años más tarde, en 1886, apareció la novela que demostró que aquello no era teoría de salón: Los pazos de Ulloa.

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La acción se trasladaba a la Galicia rural, con un cura, un cacique, una criada y un niño abandonado como protagonistas. La naturaleza humana se desbordaba en cada página con una violencia que los lectores no estaban acostumbrados a encontrar en la literatura española. La novela era naturalismo puro, pero con una voz propia que olía a toxo y a tierra mojada, a lareira y a sotana sudada. La primera edición se agotó en semanas, y la condesa se convirtió en la novelista más discutida de España.

Capítulo IV: La torre de marfil que nunca le abrió la puerta

Si Los pazos de Ulloa le había dado prestigio, la Real Academia Española se encargó de recordarle cuál era su sitio. En tres ocasiones —1892, 1912 y 1924— se propuso su candidatura a un sillón de la docta casa, y las tres fue rechazada con argumentos que hoy huelen a puro ámbar rancio: «La mujer no está capacitada para la función crítica», resumían los académicos en privado. Emilia ya lo sabía. En una carta a su amigo Marcelino Menéndez Pelayo, escribió: «No me han vencido. Me han atado las manos.»

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Aquella injusticia no la paralizó. En 1906, aceptó la presidencia de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, el primer gran foro intelectual del país, y desde aquella tribuna reivindicó el papel de la mujer en las letras con un discurso que el diario El Imparcial calificó de «elocuente y varonil», adjetivo que ya dice mucho de los prejuicios de la época.

Capítulo V: La cátedra, el feminismo y el último combate

En 1916 —ya sexagenaria y con más de treinta novelas a sus espaldas—, Pardo Bazán se convirtió en la primera mujer en ocupar una cátedra de Literaturas Románicas en la Universidad Central. Era el colofón a una vida que había hecho del feminismo no una bandera sobreactuada, sino una convicción tejida con hilos cotidianos: fundó la revista Nuevo Teatro Crítico (1891-1893) para dar voz a mujeres escritoras; publicó ensayos como La mujer española (1907) sin edulcorantes; y repitió una y otra vez que el talento no tenía sexo, aunque la sociedad se empeñase en lo contrario.

Sus contemporáneos la llamaron «la Doña Emilia» con una mezcla de respeto y sorna. Benito Pérez Galdós, con quien mantuvo una relación que alimentó las tertulias de Madrid durante años, la definió como «la inteligencia más clara de la España de su tiempo». No era una hipérbole: aquella mujer leía en francés, inglés, italiano y portugués; traducía a Dumas y a Flaubert; mantenía correspondencia con Zola, Goncourt y Daudet; y todavía encontraba horas para escribir a mano cuartillas que sus propias hijas pasaban a limpio.

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Capítulo VI: El legado que no se marchitó en los pazos

Emilia Pardo Bazán murió el 12 de mayo de 1921 en su casa de la calle de la Princesa, en Madrid. Tenía 69 años y dejaba más de seiscientas obras entre novelas, cuentos, ensayos y artículos. El Gobierno le concedió la Gran Cruz de Alfonso XII a título póstumo, pero los sillones de la Academia siguieron vacíos de apellidos femeninos hasta muchas décadas después.

El tiempo, sin embargo, ha hecho justicia a su empeño. Los pazos de Ulloa se lee hoy en los institutos, y su figura se estudia como la de quien abrió la rendija por la que entraron las voces que vinieron detrás. Ella lo dijo mejor que nadie en una de sus últimas conferencias: «No he sido la primera, pero he sido la que más ha peleado.» Y aquella pelea empezó una mañana de octubre de 1882, cuando unas cuartillas impresas con olor a tinta fresca convirtieron el desayuno de los madrileños en un terremoto literario.