Por primera vez desde 2020, las cuotas de la militancia de Esquerra Republicana han superado a las aportaciones de sus altos cargos como fuente de financiación. Según el balance de 2025 hecho público en su portal de transparencia, el partido ingresó 905.524 euros por cuotas de afiliados frente a los 722.874 euros procedentes de las contribuciones obligatorias de cargos electos y asesores. La cifra confirma el vuelco en la estructura financiera del partido, que ha pasado de nutrirse del poder institucional a depender de sus bases.
Los partidos catalanes se financian por tres vías: las subvenciones públicas que otorgan el Parlament o el Congreso en función de los resultados electorales, las cuotas de los militantes y simpatizantes —en ERC, unos 140 euros anuales— y las aportaciones que los altos cargos entregan según la Carta Financiera. Esta última fija un 10,5% del sueldo para retribuciones superiores a 35.000 euros brutos y un 2,5% para las que alcanzan los 15.000. La pérdida del Govern en 2024 y la sangría de escaños han vaciado precisamente esa tercera pata.
El desplome de los ingresos por altos cargos
En 2023 y 2024, ERC ingresó por este concepto 1,2 y 1,3 millones de euros, respectivamente. En 2025 la cifra se hundió hasta los 722.874 euros, una caída del 44% que deja al descubierto la debilidad institucional del partido. La reducción de consejerías, direcciones generales y asesores tras salir de la Generalitat explica el batacazo. A eso se suma la mengua de las subvenciones parlamentarias: en las últimas catalanas Esquerra pasó de 33 a 20 escaños y en las generales perdió apoyos tanto en el Congreso como en el Senado.
La factura electoral ha sido doble. Las ayudas públicas sumaron el año pasado 4,9 millones de euros —aún quedan por cobrar 446.252—, lejos de los 7,4 millones que entraron en 2021, cuando el partido aún gozaba de una cómoda posición institucional. La mayoría de los ingresos procedente del Parlament y del Congreso se ha encogido, y ya en 2023 la dirección llegó a sopesar un ERE para ajustar una plantilla que llegó a contar con 105 trabajadores en enero de ese año.
Las cuotas de militantes toman el relevo
Con el desplome de los fondos institucionales, el peso de la militancia ha vuelto a ser determinante. ERC cerró 2025 con 7.904 afiliados, una cifra similar a la de 2015 y por debajo de la barrera psicológica de los 8.000 que mantuvo durante una década. Las cuotas de esos militantes —905.524 euros— superan ya a las aportaciones de los altos cargos por primera vez en seis años. Es el regreso a un esquema de partido de base, más modesto pero menos expuesto a los vaivenes del poder autonómico.
El movimiento de altas y bajas se ha moderado. En 2025 se registraron 746 bajas (frente a las 934 del año anterior) y 475 nuevas altas. La sangría del cisma entre Junqueras y Marta Rovira en 2024 parece contenida, aunque el partido sigue perdiendo músculo orgánico. El número de bajas se moderan en parte por fallecimientos, pero la tendencia a la baja en la captación de nuevos miembros se mantiene desde el pico de 9.844 militantes alcanzado en 2018.
Esquerra Republicana fue durante años un partido de altos cargos, no de militantes; la vuelta a las cuotas como base financiera refleja la nueva realidad: sin Generalitat, el músculo institucional se encoge.

Un partido más pequeño, pero saneado
Pese al terremoto de ingresos, ERC ha logrado cerrar 2025 con un resultado neto de 767.561 euros, un 79% más que el ejercicio anterior, y con una envidiable ratio de endeudamiento del 4,6%. El mérito es de un férreo control del gasto: la plantilla se ha reducido un 45%, pasando de 105 a 58 empleados, y la partida de salarios de la sede de la calle Calàbria cayó un 19%. El ajuste ha sido profundo pero quirúrgico: se ha invertido en la mejora de los sistemas informáticos y la publicidad se disparó un 400% —de 75.108 a 375.945 euros—, ligada al cambio de imagen que impulsaron Junqueras y Elisenda Alamany al tomar las riendas.
Las cuentas, ya depositadas en el Tribunal de Cuentas y la Sindicatura de Comptes, dibujan una Esquerra más austera pero con oxígeno para afrontar las próximas elecciones municipales y generales. La pregunta que sobrevuela el Palau de la Generalitat es si esta nueva estructura financiera —menos dependiente del poder y más de los afiliados— modificará también la estrategia política. Un partido que vive de sus bases necesita escucharlas más, y eso puede tensar las costuras de los pactos con el PSC en el Parlament o con el Gobierno de Pedro Sánchez en Madrid.

