Europa bate el récord de importaciones de GNL ruso pese al plan de Bruselas para vetarlo

Las exenciones en el paquete de sanciones número 21 y el cierre del estrecho de Ormuz disparan las compras. Bélgica dependió en julio por completo del gas ruso y España se posiciona como tercer mayor importador.

La Unión Europea ha batido en 2026 su propio récord de importaciones de gas natural licuado (GNL) ruso, pese a la estrategia de Bruselas de eliminarlas progresivamente. Según datos recopilados por Bloomberg y publicados en la prensa financiera, el bloque comunitario recibió volúmenes sin precedentes del megaproyecto Yamal, impulsados por las exenciones acordadas en el vigésimo primer paquete de sanciones y por la interrupción del tráfico en el estrecho de Ormuz.

El Financial Times informó, citando a la consultora Kpler, de que la UE importó 9,89 millones de toneladas de GNL del proyecto Yamal durante el primer semestre de 2026, un 18% más que en el mismo periodo del año anterior. Francia lidera las compras, seguida de Bélgica y España, que se ha convertido en el tercer mayor receptor de gas ruso en estado líquido.

La paradoja del GNL: sanciones que no cierran el grifo

El bloque comunitario prohibió a partir de 2027 los contratos de largo plazo para la importación de GNL ruso y vetó las compras bajo nuevos contratos a corto plazo. Sin embargo, el paquete número 21 de sanciones, aprobado esta primavera, incluyó exenciones cruciales que permiten a las empresas europeas seguir transportando gas ruso a terceros mercados. La presión de Estados miembros como Grecia, que defendió a su sector naviero, forzó a Bruselas a mantener esas salvaguardas.

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El resultado es un aumento paradójico de la dependencia energética en un momento en que la UE busca cortar los ingresos que financian la maquinaria bélica de Moscú. La paradoja se agrava con el cierre de facto del estrecho de Ormuz, una ruta por la que transita alrededor del 20% del comercio mundial de petróleo y GNL, bloqueada desde que la guerra entre Estados Unidos e Irán se intensificó.

QatarEnergy, uno de los principales proveedores alternativos, se declaró en force majeure sobre varios cargamentos, lo que disparó los precios y los costes de flete. Los compradores europeos se han lanzado a un mercado cada vez más competitivo de GNL estadounidense y de África Occidental, pero las llegadas no bastan para cubrir el hueco.

Bélgica, Francia y España: la ruta del gas ruso que esquiva las restricciones

importaciones gas ruso

El caso más extremo es el de Bélgica, que en julio dependió por completo del GNL ruso, con importaciones cercanas a las 400.000 toneladas, mientras que el total de compras de GNL del país cayó más del 40% interanual. La terminal de Zeebrugge, históricamente utilizada para el transbordo de gas ruso hacia Asia, se ha convertido en un punto de entrada crítico para el mercado europeo.

España, con la mayor capacidad de regasificación de la UE, recibió volúmenes notables de GNL ruso. Su papel como hub energético para el sur de Europa coloca al país en una posición estratégica, pero también en una zona de tensión entre la seguridad de suministro y la coherencia de las sanciones.

El plan de Bruselas para eliminar el GNL ruso choca con la realidad del mercado, la presión de Estados miembros y una crisis de suministro agravada por la guerra en Oriente Medio.

La interrupción en Ormuz ha dejado a los operadores europeos con pocas alternativas. Las importaciones desde Estados Unidos se han encarecido y los suministros de África Occidental son insuficientes. Analistas advierten de posibles escaseces de gas este invierno si la situación persiste, lo que dispara de nuevo los temores inflacionarios y la presión sobre los presupuestos familiares e industriales.

Equilibrio de Poder

Desde el punto de vista geopolítico, el aumento récord de las importaciones de GNL ruso revela una fractura estratégica en el seno de la UE. Mientras el ala atlantista –con Estados Unidos al frente– presiona para cortar todos los flujos energéticos rusos, la realidad económica de varios Estados miembros, especialmente los del sur y el este, impone concesiones. Grecia logró preservar el negocio del transporte marítimo; España y Francia continúan comprando gas porque la diversificación no ha llegado a tiempo.

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Para España, la situación es particularmente delicada. El país aspira a convertirse en el corredor de gas para Europa desde el Magreb, pero la inestabilidad en el Sahel y las tensas relaciones con Argelia –que antes suministraba gran parte del gas natural por gasoducto– han reducido las alternativas. La creciente dependencia del GNL ruso, aunque sea en cantidades modestas constituye una vulnerabilidad estratégica que el Ministerio de Defensa y el CNI siguen de cerca, porque cualquier empeoramiento de las relaciones con Moscú podría afectar al suministro.

El cierre del estrecho de Ormuz, a su vez, recuerda lo frágil que es la arquitectura de seguridad energética global. El Pentágono ha desplegado destructores de la clase Arleigh Burke para escoltar convoyes, pero la situación dista de estar controlada. Mientras, Rusia aprovecha la coyuntura para vender más gas a un mercado dispuesto a pagar, a pesar de las sanciones. A diez años vista, si la UE no acelera la transición hacia renovables y el hidrógeno verde, la dependencia energética de estados que emplean la energía como arma seguirá siendo una constante.

El próximo Consejo Europeo de otoño deberá revisar el calendario de eliminación del GNL ruso, y es previsible que las divisiones entre los Veintisiete afloren de nuevo. La coherencia de las sanciones está en juego y, con ella, la credibilidad del bloque como actor geopolítico capaz de imponer costes a Moscú sin infligir daños insoportables a su propia economía.