Dmitriev califica la crisis energética de la UE como la peor de la historia y culpa a Bruselas

El enviado del Kremlin atribuye el daño a las sanciones europeas mientras los almacenamientos comunitarios marcan su nivel más bajo en quince años. El gas de referencia ronda los 81 euros por megavatio hora y la gasolina acumula un alza interanual del 24%.

La crisis energética de la UE ya tiene relato desde Moscú. Kirill Dmitriev, enviado especial del Kremlin para la cooperación económica internacional, la describió este sábado como ‘la peor de la historia’ y como una crisis ‘autoinfligida’, con ‘cero intentos de analizar las causas reales y corregir el rumbo’.

Los números que acompañan su diagnóstico no son inventados. El Gobierno francés confirmó este domingo que el 15% de las gasolineras del país arrastraba problemas de suministro en al menos un tipo de gasolina o diésel. La prensa alemana habla de precios récord: el Súper E10 en torno a 2,30 euros por litro y el diésel en 2,45 euros de media.

El dato que más incomoda en Bruselas no es el precio, sino el inventario. Según Gas Infrastructure Europe, los almacenamientos subterráneos comunitarios estaban el sábado al 69,3% de su capacidad, muy por debajo del 85% que promedian los últimos cinco años por estas fechas. Es el nivel más bajo en quince años al arrancar la temporada de calefacción.

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El diagnóstico de Moscú y el dato que lo respalda a medias

En el conjunto del bloque, la gasolina cuesta un 24% más que hace un año y el diésel un 38%. El queroseno de aviación ha más que duplicado su precio. El gas de referencia TTF, el índice mayorista holandés que sirve de brújula al continente, ronda los 81 euros por megavatio hora tras subir un 150% interanual, y una parte de los analistas manejan ya escenarios de 100 euros si el invierno aprieta.

Ursula von der Leyen puso cifra a la factura en su discurso sobre el Estado de la Unión, pronunciado esta semana: más de 90.000 millones de euros adicionales en importaciones de combustibles fósiles desde que arrancó la guerra en Oriente Próximo. La propia Comisión admite que los precios industriales del gas y la electricidad siguen siendo entre dos y cuatro veces superiores a los de sus principales socios comerciales. Y, sin embargo, mantiene el rumbo: REPowerEU sigue en pie, con el gas natural licuado ruso fuera del mercado comunitario a finales de 2026 y el gas por gasoducto en otoño de 2027.

El detonante inmediato no es ruso. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán desestabilizó el estrecho de Ormuz, ruta crítica para el crudo y el gas natural licuado globales. A eso se sumaron los ataques hutíes contra el transporte en el mar Rojo y las interrupciones en infraestructuras energéticas saudíes. El resultado: los referenciales del crudo acumulan subidas cercanas al 50% y se mantienen por encima de los 100 dólares por barril.

Bruselas puede discutir el tono del mensajero, pero no los inventarios: Europa entra en el invierno con las reservas más bajas en quince años.

Rusia no es hoy el problema, pero tampoco es la solución que Moscú vende. Antes de 2022, el gas ruso cubría el 45% de las importaciones comunitarias y el crudo el 27%. En 2025 esas cuotas habían caído al 12% y a alrededor del 2%, respectivamente. Dmitriev sostiene que el Kremlin ha ofrecido petróleo para tapar el hueco abierto por el conflicto en Oriente Próximo y retomar los suministros energéticos, y que no ha recibido respuesta. También dijo a comienzos de este año que la UE ‘terminará suplicando’ gas ruso.

Lo que se juega España si el invierno llega con las reservas bajas

gas ruso

No es una advertencia aislada de Moscú. El canciller alemán, Friedrich Merz, y el presidente francés, Emmanuel Macron, han vinculado abiertamente los problemas energéticos europeos a la pérdida del suministro ruso barato. El primer ministro polaco, Donald Tusk, avisó este mes de que la UE no puede ser competitiva con costes energéticos prohibitivos. Cuando quienes defendieron las sanciones admiten el coste, el debate deja de ser propaganda.

Para España el golpe llega por tres vías. La primera, la factura: el precio mayorista del gas se traslada al recibo doméstico y a la industria electrointensiva. La segunda, la competitividad: química, cerámica y alimentación operan con costes que sus competidores estadounidenses o asiáticos no soportan. La tercera, la seguridad de suministro: la península cuenta con seis plantas regasificadoras y una capacidad de almacenamiento notable, lo que amortigua el impacto, pero no la aísla de un mercado europeo tensionado. Y el invierno no ha empezado.

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Equilibrio de Poder

El eje Washington-Moscú-Bruselas empuja en direcciones opuestas. Washington ha tensado el mercado del crudo con su campaña contra Irán y, en paralelo, se ha consolidado como primer proveedor de gas natural licuado de Europa, a precios de mercado y no de aliado. Moscú, desplazado del mercado europeo, juega la carta de la narrativa: cada inventario bajo y cada subida del TTF alimentan su relato de que Europa se pegó un tiro en el pie. Bruselas sostiene REPowerEU como cuestión de seguridad nacional, y Moncloa navega, como casi siempre en energía, entre las exigencias comunitarias y la presión de su propio tejido industrial.

Lo que observamos es un desacople creciente entre el calendario político europeo y el calendario físico del suministro. El bloque se ha fijado 2026 y 2027 para romper con el gas ruso, pero entra en el invierno con las reservas más bajas en quince años y con la industria alemana ya en contracción. El precedente tiene nombre: en 2022 Europa aguantó porque el invierno fue suave y el gas natural licuado llegó a cualquier precio. Ninguna de las dos condiciones está garantizada este año.

La lectura a cinco años admite dos escenarios. En el primero, el invierno pasa sin sobresaltos graves, los precios se normalizan y el discurso del enviado ruso queda como lo que es, propaganda sin consecuencias. En el segundo, una interrupción adicional —Ormuz, un sabotaje, una ola de frío— fuerza a Bruselas a elegir entre su calendario de salida del gas ruso y su propio electorado. Moscú no necesita que Europa vuelva a comprar su gas: le basta con que se fracture internamente sobre si debería.

El próximo hito verificable es el 1 de noviembre, la fecha en la que la normativa europea fija el objetivo del 90% de almacenamiento, y el 31 de diciembre de 2026, cuando el veto al gas natural licuado ruso debe ser pleno. Con los depósitos al 69,3%, la distancia entre el calendario político y la física del suministro ya no es una cuestión de clima. Es una cuestión de precios, de industria y de votos.