EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Una investigación interna del Pentágono revelada por Bloomberg atribuye al sistema de IA Maven, de Palantir, y al recorte de los equipos de control el ataque con dos misiles Tomahawk contra una escuela de niñas en Minab (Irán), que mató a 123 menores el pasado 28 de febrero.
- ¿Quién está detrás? La operación la ejecutó CENTCOM en la primera oleada de la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán. El Pentágono guarda silencio y Palantir niega responsabilidad sobre los datos de origen.
- ¿Qué impacto tiene? La ONU aprecia indicios de crimen de guerra. El caso expone el uso de inteligencia artificial para seleccionar objetivos y la desaparición de los filtros humanos que debían evitar errores letales.
El Pentágono atribuye a la IA el ataque con misiles Tomahawk que mató a 123 niños en una escuela de Minab, Irán. La investigación interna, adelantada por Bloomberg, apunta a una cadena de fallos: el sistema Maven de Palantir, la inteligencia satelital caducada y el desmantelamiento de los equipos que debían frenar el error. La ONU habla ya de crimen de guerra. Washington lo niega.
Cómo un algoritmo condensó la lista de objetivos en minutos
La secuencia es la de un fallo perfecto. El pasado 28 de febrero, en la primera oleada de la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, dos misiles de crucero Tomahawk impactaron en la escuela elemental Shajarah Tayyebeh, en la ciudad meridional de Minab. Murieron al menos 157 personas. De ellas, 123 eran niños. El colegio quedaba justo enfrente de una base naval, y esa base era, con toda probabilidad, el objetivo real.
Los misiles Tomahawk son munición de precisión de largo alcance —más de 1.600 kilómetros en sus últimas versiones—, diseñada para golpear un blanco concreto y no un área. Que dos artefactos de ese tipo cayeran sobre un edificio escolar no responde a un error de puntería. Responde a un error de selección. Y ahí entra la máquina.
Según Bloomberg, que cita a responsables implicados en la pesquisa del Pentágono, buena parte del personal de CENTCOM confiaba en que el sistema Maven Smart System, desarrollado por Palantir, marcaría la inteligencia obsoleta o contradictoria al confeccionar las listas de objetivos. No lo hizo. Informaciones previas ya habían señalado que el Ejército trabajaba con imágenes de satélite desactualizadas en las que la escuela aparecía como parte de la instalación militar. El Maven, además, comprimió todo el proceso de armado de la lista de blancos a unos pocos minutos.
Palantir se desmarca. Un portavoz de la compañía aseguró al medio estadounidense que la empresa ‘no es responsable de los datos subyacentes ni de identificar las deficiencias de inteligencia’, y sostuvo que no hay prueba de que su programa fallara en Minab. La firma ha actualizado desde entonces el Maven para que revise de nuevo la información de base, detecte factores que descalificarían un objetivo y señale inconsistencias que la revisión humana pudo pasar por alto. La corrección, en cualquier caso, llega después de la matanza.
La inteligencia artificial no eligió matar a 123 niños. Eligió rápido, con datos viejos y sin nadie delante capaz de decir que no.
Los filtros humanos que debían parar el error ya no existían

Hay un dato que la investigación del Pentágono coloca junto al de la IA, y que pesa tanto como el algoritmo. Bajo las órdenes del secretario de Guerra, Pete Hegseth, el Departamento desmanteló la mayor parte de sus unidades de mitigación de daños civiles (civilian harm mitigation, CHM) y recortó su plantilla cerca de un 90%, hasta dejarla por debajo de las veinte personas. En CENTCOM, el equipo pasó de diez integrantes a uno. Ningún responsable de CHM revisó el emplazamiento de Minab antes del ataque.
Ese es el punto que el debate público suele perder de vista. El problema no es que una máquina falle —las máquinas fallan—, sino que se haya vaciado la estructura que existía para detectar el fallo a tiempo. Lo ocurrido en Minab no es, en ese sentido, un accidente tecnológico. Es un accidente de diseño institucional. Y ese diseño se decidió a mano, con nombres y apellidos.
La reacción internacional llegó en cascada. El alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Turk, dijo entonces que el bombardeo de la escuela ‘provocó un horror visceral’. El jueves, una misión de investigación de Naciones Unidas concluyó que existen ‘motivos razonables’ para creer que el ataque constituyó un crimen de guerra. El Departamento de Estado rechazó la conclusión y acusó al organismo de difundir ‘retórica antiamericana y antisemitismo’ y de apaciguar a ‘regímenes represivos’.
Estados Unidos no ha reconocido responsabilidad alguna de forma pública. El presidente Donald Trump llegó a sugerir que el misil pudo ser iraní. Las pesquisas de varios medios estadounidenses, en cambio, apuntan a que los proyectiles eran norteamericanos.
Equilibrio de Poder
Lo que está en juego trasciende el caso concreto. En el eje Washington-Moscú-Bruselas, Minab se convierte en la prueba documental de que la mayor potencia militar del planeta subcontrata decisiones letales a un algoritmo y desmonta, en paralelo, los controles humanos que debían vigilarlo. Moscú tiene aquí un argumento de propaganda difícil de rebatir y lo explotará en cada foro multilateral. Bruselas, mientras negocia su propia autonomía en defensa, se enfrenta a una pregunta incómoda: si la IA de targeting falla en un aliado, ¿qué garantías exige a sus industrias y a sus fuerzas armadas?
Para España el asunto no es ajeno. Las bases de Rota y Morón sostienen el despliegue permanente estadounidense en el flanco sur, y la modernización de la defensa nacional pasa por integrar sistemas de inteligencia artificial en la cadena de mando. La lección de Minab llega justo cuando el Ministerio de Defensa trabaja en su propia doctrina sobre armas autónomas. Si el Pentágono ha necesitado un bombardeo con 123 niños muertos para reconstruir sus filtros humanos, la pregunta que Moncloa debería hacerse es si España va a esperar a tener su propio Minab.
El precedente está en Kunduz. En octubre de 2015, un ataque aéreo estadounidense destruyó un hospital de Médicos Sin Fronteras en Afganistán y mató a 42 personas. Entonces se habló de error humano, de comunicaciones rotas, y de reglas de enfrentamiento mal aplicadas. Ahora se habla de un algoritmo que revisa objetivos en minutos. La diferencia no es de gravedad, sino de velocidad: el error se comete más rápido y se detecta más tarde. Para una potencia que presume de precisión quirúrgica, ese es un problema de credibilidad estratégica a diez años vista, no una mala noche de febrero.
El riesgo inmediato es doble. Por un lado, la presión internacional para que la Corte Penal Internacional abra diligencias sobre la cadena de mando. Por otro, el efecto contagio: si la IA de targeting se legitima por la vía de los hechos, otros ejércitos —incluidos los europeos que corren a adoptarla— replicarán el modelo sin los contrapesos que Washington acaba de reconocer que perdió. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU, reunido este mes en Ginebra, tiene sobre la mesa el informe de la misión de investigación. Lo que allí se decida marcará el primer criterio jurídico internacional sobre armas autónomas en combate. Hasta entonces, la única certeza es la que ya nadie discute: 123 niños murieron en un aula que un sistema marcó como objetivo.
