EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El Ejército de Malí ha repelido un ataque a la base de San, en el centro del país, y afirma haber matado a más de 50 yihadistas de JNIM y del Frente de Liberación de Azawad.
- ¿Quién está detrás? La ofensiva ha sido reivindicada por Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM) y el Frente de Liberación de Azawad (FLA), que emplearon drones kamikaze, blindados y ametralladoras pesadas.
- ¿Qué impacto tiene? El asalto subraya la escalada yihadista en el Sahel central, a pesar del apoyo militar ruso, y obliga a la junta militar maliense a redoblar la cooperación con el Africa Corps.
El Ejército de Malí ha repelido esta semana un ataque coordinado contra la base militar de San, en el centro del país, y ha asegurado haber matado a más de 50 combatientes yihadistas. El asalto, que comenzó en la madrugada del domingo, fue ejecutado por una coalición de milicias afiliadas a Al Qaeda y grupos tuareg que emplearon drones cargados de explosivos, vehículos blindados y ametralladoras pesadas para intentar tomar la base. Según el Estado Mayor maliense, las fuerzas de defensa lograron repeler los asaltos, neutralizar a los atacantes que habían llegado a infiltrarse y restaurar el control del recinto.
No hay confirmación independiente de las bajas, y el balance de las propias fuerzas malienses —que sí sufrieron muertos y heridos— no ha sido detallado. Lo que sí está claro es que el ataque a San no es un episodio aislado: forma parte de una ofensiva sostenida de Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), el grupo afiliado a Al Qaeda, y del Frente de Liberación de Azawad (FLA) que en las últimas semanas ha combinado emboscadas, atentados con drones y asaltos a cuarteles en todo el Sahel central.
El Africa Corps, la unidad del Ministerio de Defensa ruso que proporciona apoyo antiterrorista en Malí, publicó este lunes imágenes y vídeos de los combates y sus secuelas. En las instantáneas se ven lo que Moscú presenta como cuerpos de milicianos abatidos cerca de San, además de vehículos y drones destruidos. Según el Africa Corps, un Lancet (munición merodeadora rusa) alcanzó un depósito de combustible utilizado por la coalición atacante.
Un asalto con blindados, drones kamikaze y lanzamiento de cargas
El ataque a la base del 23º Regimiento de Infantería del Ejército maliense no fue un hostigamiento con fusilería. Según el comunicado oficial de las Fuerzas Armadas de Malí (FAMa), los asaltantes emplearon ametralladoras pesadas, drones suicidas y drones de lanzamiento de cargas, además de dos vehículos blindados. Uno de esos blindados consiguió atravesar el muro perimetral del cuartel, lo que permitió que parte del grupo yihadista se infiltrara en el interior antes de ser neutralizado.
La defensa de la base, según la nota militar, fue “vigorosa y coordinada”. Las unidades defensoras repelieron las embestidas una vez restaurado el control de la instalación. Las Fuerzas Armadas reconocieron bajas propias —muertos y heridos— pero evitaron facilitar cifras. En un mensaje difundido antes de la declaración oficial, el teniente coronel El Oumrani, comandante del 23º Regimiento, afirmó que sus hombres habían abatido a más de 40 atacantes y mantenían la base bajo control.
El asalto a San no fue un hostigamiento con fusilería; fue una operación con blindados, drones suicidas y municiones merodeadoras que refleja la sofisticación del arsenal yihadista en el Sahel.
El grupo atacante fue localizado horas después a 17 kilómetros de la ciudad, perseguido y aniquilado, según el mismo comunicado. Parte del material fue destruido y el resto recuperado por las tropas malienses. Las FAMa también informaron de ataques simultáneos en otras regiones —cerca de Abeibara (Kidal), Razelma (Tombuctú) y al noroeste de Mahou (Koutiala)— lo que indica una operación con varios frentes que buscaba desbordar a las fuerzas gubernamentales.
Rusia sustituye a Francia y la Operación Barkhane es ya un recuerdo
Lo que ocurre en San no puede entenderse sin el vacío dejado por Francia tras su salida forzosa del Sahel. La antigua potencia colonial retiró sus últimos efectivos de la Operación Barkhane en 2022 de Malí, en 2023 de Burkina Faso, y a principios de 2025 de Chad. Aquella misión, que llegó a contar con 4.500 soldados desplegados, fue acusada por las juntas militares de Bamako, Niameg y Uagadugú de permitir que los grupos yihadistas ampliaran su radio de acción.
En ese contexto, Rusia ha ocupado el espacio de París. Las juntas militares de la Alianza de Estados del Sahel (AES) —Malí, Burkina Faso y Níger— han forjado una nueva relación con Moscú, al que presentan como un socio más fiable en materia económica y de seguridad. El Africa Corps, heredero de los paramilitares Wagner, opera ya sobre el terreno y ha participado activamente en la contraofensiva que permitió a las tropas malienses recuperar la estratégica localidad de Anefis el mes pasado tras casi una semana de combates con fuerzas de JNIM y el FLA.

La propaganda rusa —con fotos de cadáveres milicianos, drones destruidos y municiones merodeadoras en acción— está sirviendo para consolidar esa narrativa de eficacia militar que demanda la junta de Bamako. Sin embargo, los ataques coordinados como el de San demuestran que las capacidades de JNIM y sus aliados no se han erosionado. Al contrario, la sofisticación del material empleado —blindados, drones suicidas y tácticas de infiltración— sugiere que los grupos yihadistas han adaptado su modus operandi a un escenario en el que se enfrentan a un adversario convencional respaldado por Rusia.
Equilibrio de Poder
Lo que está en juego en Malí no es solo una base militar en la ciudad de San. El Sahel central es hoy el principal foco de expansión del terrorismo yihadista en África, y la inestabilidad de la región afecta directamente a la seguridad de la frontera sur de España. Los flujos migratorios que alcanzan Mauritania y Marruecos, el tráfico de armas que nutre a los grupos armados del Magreb y la posibilidad de que células durmientes utilicen la inestabilidad para proyectarse hacia Europa convierten cada episodio como el de San en un problema de seguridad nacional para España.
Desde la salida de Francia, la política europea hacia el Sahel está descabezada. Bruselas mantiene apoyos financieros y algunas misiones de asesoramiento —como EUTM Mali—, pero carece de una estrategia militar y política para contrarrestar la influencia rusa. Moscú se ha consolidado como el principal proveedor de seguridad de las juntas golpistas, a cambio de acceso a recursos mineros y de un espacio de influencia que desafía los intereses occidentales. Mientras, Estados Unidos observa a distancia: con la atención puesta en el Indo-Pacífico, el Sahel es un teatro secundario que no figura en el orden de prioridades de la administración Trump, más centrada en la competencia con China y en la presión a los socios de la OTAN para que aumenten el gasto militar.
Para España, la lectura es incómoda. La presencia militar española en la región es testimonial —pequeños contingentes en misiones europeas y el despliegue del destacamento ‘Marfil’ en Senegal—, y la diplomacia española ha priorizado la relación con Marruecos, por quien pasa buena parte del control de la frontera sur. Sin embargo, Marruecos es cada vez menos un socio desinteresado. Rabat utiliza la gestión migratoria como palanca de presión y, de fondo, mantiene viva la disputa por el Sáhara Occidental, lo que complica cualquier cooperación abierta con Argelia, cuyos flujos hacia el Sahel también condicionan la estabilidad. El margen para una política española autónoma y eficaz en el Sahel es estrecho.
El próximo episodio no se escribirá en Bamako ni en Moscú, sino en las capitales europeas cuando los presupuestos de defensa empiecen a reflejar que la seguridad en el flanco sur ya no depende de París. Si la UE no articula una respuesta propia, el espacio lo ocuparán otros —Rusia, China, actores de la región— y las consecuencias llegarán tarde o temprano a las costas del sur de Europa.

