El cadalso llevaba días montado en una plaza de Ávila. Lo habían cubierto con paños oscuros y, sobre el tablado, alguien había dispuesto un trono. Sentado en él aguardaba un rey que no era un rey: un muñeco de paja y trapos, vestido con ropas de terciopelo, coronado y con el cetro sobre las rodillas. Era el 5 de junio de 1465. Frente a la efigie, un grupo de nobles castellanos se disponía a destronarla. No podían —o no se atrevían— a deponer al rey de verdad, Enrique IV de Castilla. Así que depusieron su figura. La historia lo bautizaría como la farsa de Ávila.
La función duró lo que tarda un hombre en leer un manifiesto y en arrancarle a un espantapájaros los símbolos del poder. Su eco, en cambio, se prolongó durante casi quince años, los que separan aquella tarde abulense de la guerra que decidió quién iba a sentarse en el trono de Castilla.
Capítulo I: El rey que no dejaba heredero
Enrique IV había ceñido la corona de Castilla en 1454, tras la muerte de su padre, Juan II. Tenía entonces veintinueve años y una corte más fastuosa que eficaz. Lo que no tenía era un hijo.
El problema no era solo dinástico. Castilla salía de décadas de pugna entre la nobleza y la corona, y Juan II había dejado un reino donde los grandes señores acumulaban tierras, rentas y mesnadas propias. Un rey sin heredero era un rey vulnerable: cualquier noble con sangre real podía reclamar el trono. Enrique IV no hizo gran cosa por reducir esa vulnerabilidad. Gobernaba a golpe de favoritos, repartía mercedes para comprar lealtades y dejaba que las ciudades y los grandes se administrasen a su aire.
Su primer matrimonio, con Blanca de Navarra, se había celebrado en 1440 y nunca llegó a consumarse. En 1453 fue declarado nulo, con el argumento —que circuló por media Europa— de que el rey era incapaz de engendrar. Al año siguiente murió Juan II y Enrique subió al trono. Poco después, en 1455, se casó con Juana de Portugal, hija del rey Duarte. Pasaron los años y del nuevo matrimonio no nacía nadie. La nobleza empezó a contar los meses en voz alta.
La situación se rompió en 1462, cuando la reina dio a luz una niña, Juana. Sobre el papel, el problema sucesorio quedaba resuelto. En la práctica, se abrió otro mayor. En la corte se daba por hecho que el padre no era el rey, sino Beltrán de la Cueva, un noble a quien Enrique IV había colmado de honores: conde de Ledesma, duque de Alburquerque, maestre de la Orden de Santiago. La niña pasó a la historia con el nombre que le colgaron sus enemigos: la Beltraneja.
Los cronistas del reinado, empezando por Alonso de Palencia, añadieron a la supuesta esterilidad del rey otros cargos. Hablaban del vicio nefando, la acusación de sodomía, entonces infamante; del lujo morisco de su corte; y de la influencia que sobre él ejercían sus favoritos. No hace falta creer cada palabra para entender el resultado: en menos de una década, el rey se había quedado sin heredero creíble y sin prestigio.
Capítulo II: La liga de los descontentos
En 1464, un grupo de nobles formó una liga y presentó al rey un pliego de exigencias. Querían que apartase de su lado a los favoritos, que gobernase con el consejo de los grandes y que aclarase de una vez quién iba a heredar. Encabezaban el movimiento dos hombres que el propio Enrique IV había encumbrado: Juan Pacheco, marqués de Villena, y Alfonso Carrillo de Acuña, arzobispo de Toledo. A ellos se fueron sumando otros nombres ilustres del reino, entre ellos Pedro Girón, maestre de la Orden de Calatrava, y varios Zúñiga y Pimentel.
Lo que pedían no era una reforma abstracta. Querían, sobre todo, poder. El marqués de Villena había sido durante años el hombre fuerte de la corte y había caído en desgracia. El arzobispo de Toledo aspiraba a recuperar la influencia que la mitra toledana había tenido en tiempos de Juan II. Detrás de la retórica del buen gobierno había cuentas pendientes, ambiciones rotas y un cálculo que nadie formulaba en voz alta: si el rey no podía tener hijos, no había razón para esperar a que muriese.
El rey cedió en lo accesorio y negoció. Pero la liga no se deshizo. Fue endureciéndose hasta que los conjurados decidieron que no había manera de corregir a Enrique IV sin apartarlo. La pregunta era cómo. La respuesta, tramada en Ávila, resultó tan teatral como eficaz.

Capítulo III: El cadalso y el muñeco
El 5 de junio de 1465, los conjurados hicieron levantar un cadalso en Ávila. Sobre él colocaron la efigie del rey: un muñeco de paja, vestido con telas ricas, sentado en un trono y adornado con los atributos de la majestad. La escenografía no era un capricho. En la Castilla del siglo XV, el poder se mostraba a través de objetos que cualquiera podía reconocer: la corona, el cetro, la espada de la justicia, el trono. Quien poseía esos símbolos, reinaba. Quien se los quitaba a otro, lo estaba destronando.
Ávila era, además, un escenario bien elegido: ciudad amurallada, con catedral y casas fuertes, y con buena parte de su nobleza alineada con los conjurados. Los promotores invitaron a cuantos pudieron a presenciar el acto. Cuantos más testigos, más sólida sería la versión de los hechos que saldría de allí.
Ante la efigie se dio lectura a un manifiesto con los cargos contra Enrique IV. La lista repetía lo que se murmuraba desde años atrás: la nulidad del primer matrimonio, la supuesta impotencia, la paternidad dudosa de la niña Juana, el gobierno en manos de favoritos y la entrega de cargos y rentas a quienes no lo merecían. Según varias crónicas, el texto terminaba proclamando rey a Alfonso, medio hermano de Enrique. El muchacho tenía por entonces unos doce años.
El acto no era una simple pantomima. La liga estaba escenificando algo muy concreto para el público que llenaba la plaza: que Enrique IV había perdido la legitimidad y que su hermano era, desde ese momento, el rey verdadero. La política de la época se representaba. Y aquella tarde se representó con una claridad que ningún documento notarial habría igualado.
Capítulo IV: Los símbolos, uno a uno
Vino después la parte que las crónicas recuerdan con más detalle. Los conjurados fueron despojando al muñeco de sus atributos, uno a uno, y cada gesto significaba algo: la corona era el reino; la espada, la facultad de impartir justicia; el cetro, el mando sobre los hombres. Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, fue quien le arrancó la corona, según coinciden las crónicas. Al final, el muñeco quedó reducido a lo que era: trapos y paja.
Entonces, según el relato que transmitieron los cronistas, lo arrojaron del tablado. Las fuentes no coinciden en las palabras exactas del grito, pero todas recogen el mismo gesto de escarnio: la efigie cayó al suelo entre insultos y con ella, simbólicamente, el reinado de Enrique IV. Acto seguido, los conjurados aclamaron rey a Alfonso. En la plaza quedó un muñeco roto y un trono vacío; en Castilla, dos reyes.

Capítulo V: Dos reyes para un solo trono
La farsa de Ávila no depuso a nadie de verdad. Enrique IV siguió reinando, sentado en su trono de carne y hueso, y Castilla entró en una guerra civil larga y desgastante. Los partidarios de Alfonso le dieron el nombre de Alfonso XII. Los de Enrique mantuvieron el control de buena parte del sur y de las ciudades más ricas. Ninguno de los dos bandos logró imponerse.
El choque más serio llegó el 20 de agosto de 1467, en la batalla de Olmedo. El resultado fue tan ambiguo que ambos bandos se retiraron convencidos de haber ganado. La guerra siguió, hecha más de asedios, correrías y cambios de bando que de grandes enfrentamientos. Y entonces, de golpe, se rompió el tablero: el 5 de julio de 1468 murió Alfonso, que aun no había cumplido los quince años.
Sin candidato, la liga se quedó sin proyecto y lo buscó en otra parte: en Isabel, medio hermana de Enrique y de Alfonso, que llevaba años apartada de la corte. Los nobles que habían destronado a un rey en efigie se aprestaron a coronar a una mujer de diecisiete años. La política castellana del siglo XV no tenía nada de sentimental, y aquel giro lo demostraba.
Capítulo VI: El pacto de Guisando y el final
El 19 de septiembre de 1468, en el paraje de los Toros de Guisando, Enrique IV y su hermana Isabel firmaron un acuerdo. El rey reconocía a Isabel como heredera de la corona y ella, a cambio, aceptaba someterse a su autoridad. Juana, la niña a la que media Castilla llamaba Beltraneja, quedaba fuera de la sucesión.
El pacto duró poco. Hacia 1470, Enrique IV volvió sobre sus pasos y reclamó de nuevo los derechos de su hija. La corte se rompió otra vez y la guerra pareció regresar. La muerte zanjó el asunto por la vía más expeditiva: el 11 de diciembre de 1474, Enrique IV falleció en Madrid. Dos días después, Isabel se hizo proclamar reina en Segovia, sin esperar a nadie.
Lo que vino después no lo canceló la farsa de Ávila, pero sí lo decidió. Entre 1475 y 1479, Castilla y Portugal se enfrentaron en la guerra de Sucesión: Isabel contra Juana, que contaba con el apoyo de su tío y esposo, el rey Alfonso V de Portugal. El conflicto no fue un asunto menor: Portugal se jugaba su influencia en Castilla y la nobleza castellana volvió a dividirse. La paz se selló en 1479 con el tratado de Alcáçovas, por el que Juana renunciaba al trono y quedaba recluida en un monasterio portugués, con el título de reina y sin reino.

La farsa de Ávila pasó a la historia como una de las extravagancias más célebres del siglo XV castellano. Se ha dicho de ella que fue una representación teatral, una payasada de nobles despechados. Y en parte lo fue. Pero también fue un acto político de una precisión quirúrgica: en una sociedad que vivía de signos, los conjurados supieron que arrancarle la corona a un muñeco era la manera de arrancársela a un rey. No le costó el trono a Enrique IV en 1465. Le costó, a la larga, la memoria: la imagen del monarca humillado en efigie es la que ha llegado hasta nosotros y casi la única que, cinco siglos y medio después, sigue asociada a su nombre.

