El BCE ultima el euro digital y abre el debate sobre privacidad y seguridad en los pagos

La negociación entre la Eurocámara y el Consejo busca un acuerdo político antes de fin de año. El BCE mantiene 2029 como horizonte para una primera emisión, siempre condicionada al marco legislativo.

El euro digital entra en su tramo decisivo: el Parlamento Europeo y el Consejo negocian ya el marco jurídico de la moneda, mientras el Banco Central Europeo ultima un diseño que reabre el debate sobre la privacidad de los pagos.

Un calendario condicionado que se decide entre Bruselas y Fráncfort

Las negociaciones entre la Eurocámara y el Consejo de la UE arrancaron el pasado 13 de julio —el trílogo, esa negociación a tres entre Comisión, Consejo y Parlamento que fija la versión definitiva de cada ley europea— con un objetivo declarado: cerrar un acuerdo político antes de que termine el año. La decisión última sobre si la moneda llega a emitirse queda en manos del BCE, que se ha reservado esa prerrogativa.

El proyecto no es una simple actualización tecnológica. El euro digital sería una forma electrónica de dinero de banco central accesible a ciudadanos y empresas, apta para pagos en comercios, en internet y entre particulares, también sin conexión. Su diseño lo plantea como complemento del efectivo y de los medios de pago privados, nunca como sustituto. La libertad real de elección exigirá preservar los billetes y monedas, evitar la exclusión de quienes tienen menos competencias digitales y garantizar una experiencia sencilla.

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El punto de partida formal se remonta al 28 de junio de 2023, cuando la Comisión Europea presentó sendas propuestas sobre el marco jurídico del euro digital y sobre el curso legal del efectivo. Desde entonces el calendario se ha desgranado por fases: la de desarrollo del piloto arranca este tercer trimestre de 2026, y en el segundo semestre de 2027 comenzaría un programa piloto de doce meses para probar pagos entre particulares, compras cotidianas y operaciones en línea en escenarios reales.

Ese piloto movilizará a 36 proveedores de servicios de pago y contará con personal del BCE y de 19 bancos centrales nacionales, entre ellos el Banco de España. El objetivo confeso es estar técnicamente preparado para una primera emisión en 2029, siempre que el marco legislativo europeo esté aprobado. Hablamos, por tanto, de una previsión condicionada y no de una fecha de lanzamiento confirmada, tal y como recoge la página oficial del BCE.

El BCE vende el euro digital como soberanía tecnológica; el ciudadano solo pregunta quién verá sus pagos y a qué precio.

El pulso por la privacidad y el fantasma de la fuga de depósitos

El gran obstáculo para la aceptación ciudadana no es técnico, es político. El diseño prevé un nivel elevado de protección de datos y pagos sin conexión con características próximas al efectivo, pero debe compatibilizar esa privacidad con la prevención del fraude, el blanqueo de capitales y la financiación del terrorismo. El equilibrio entre ambas exigencias será el campo de batalla del trílogo.

BCE

El segundo frente es bancario. La introducción del euro digital obligaría a adaptar infraestructuras, procesos y modelos de relación con los clientes. Los bancos tendrían un papel central en su distribución, pero afrontarían costes de implantación,, y un nuevo escenario competitivo en los pagos. El mayor temor es el traslado masivo de depósitos hacia dinero de banco central en momentos de tensión financiera, un riesgo que ya se estudió durante la crisis del euro de 2010-2012.

Para limitar ese riesgo, el diseño contempla límites de tenencia y mecanismos automáticos que permitirían pagar por encima del saldo disponible conectando la cartera digital con una cuenta bancaria. En España, la gran banca sigue el expediente con cautela: sería distribuidora obligada y, al mismo tiempo, competiría con una infraestructura pública que podría recortarle margen en comisiones.

El Eje del Poder Europeo

El pulso de fondo enfrenta dos concepciones de la moneda. París y el BCE empujan el euro digital como pieza de la autonomía estratégica europea, convencidos de que una infraestructura paneuropea reduce la dependencia de esquemas de pago no europeos: Visa y Mastercard siguen canalizando la mayoría de las compras con tarjeta en la zona euro. Berlín, con el Bundesbank a la cabeza, mantiene reservas y teme por la privacidad y por la estabilidad de los depósitos. Es una desconfianza que ya se vio cuando el BCE abrió el debate de las monedas digitales de banco central a partir de 2020, tras el proyecto Libra de Facebook.

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España llega a este debate en una posición peculiar. El Banco de España es uno de los 19 bancos centrales nacionales implicados en el piloto, lo que sitúa al país en el núcleo técnico del proyecto. La banca española, en cambio, comparte los recelos alemanes sobre la fuga de depósitos, y los supervisores del sur temen que un mal diseño penalice a los países con sistemas bancarios más fragmentados.

La lectura a cinco años es clara. Si el euro digital sale adelante, la UE habrá dado el paso más ambicioso en materia monetaria desde la puesta en circulación física del euro en 2002. Si se bloquea —por el Parlamento, por los Estados o por el propio BCE—, la dependencia de infraestructuras de pago ajenas y la fragmentación del mercado minorista seguirán creciendo. El riesgo real no es una moneda digital fallida, sino una Europa sin moneda digital mientras China y Estados Unidos avanzan con sus propios modelos.

El próximo hito es una fecha que nadie firma todavía: el acuerdo político antes de fin de año. Si el trílogo se cierra, el piloto de 2027 tomará velocidad; si se atasca, la primera emisión de 2029 se alejará. En juego no está solo un nuevo medio de pago, sino qué tipo de soberanía monetaria quiere ser Europa en la próxima década.