Miguel de Unamuno, el rector que desafió a Millán Astray en 1936

El 12 de octubre de 1936, en el Paraninfo de Salamanca, el filósofo se levantó contra el grito de «¡Muera la inteligencia!». Su réplica —«Venceréis, pero no convenceréis»— le costó el cargo y la v

El silencio en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca era denso como el plomo aquella mañana del 12 de octubre de 1936. Los asistentes, entre uniformes de gala, brazaletes de la Falange y togas académicas, acababan de escuchar un discurso exaltado del general José Millán Astray, fundador de la Legión y jefe de Prensa y Propaganda del bando sublevado. El ambiente olía a cera recién encerada de los bancos y a humedad de otoño castellano. Miguel de Unamuno, rector de la universidad, presidía el acto con la mirada baja y el rostro pálido. Nadie esperaba que aquella ceremonia del Día de la Raza se convirtiera en una de las escenas más memorables de la guerra civil española.

Capítulo I: El rugido del legionario

José Millán Astray no era un militar discreto. Había fundado la Legión Española en 1920 y llevaba consigo el lema «¡Viva la muerte!» como una bandera personal. Aquel día, ante un Paraninfo abarrotado de falangistas y jefes del alzamiento, se creció. Su intervención fue una soflama patriótica salpicada de insultos contra la intelectualidad, los separatistas y los rojos. Cuando alguien entre el público gritó «¡Viva la muerte!», él lo rubricó con el puño en alto y, según los testimonios, añadió: «¡Muera la inteligencia!» o, en otras versiones, «¡Mueran los intelectuales!». La frase cayó como una losa sobre los oídos de Unamuno.

El rector, que en julio había mostrado cierta simpatía por el alzamiento contra la República, llevaba meses horrorizado con la represión que sus colegas sufrían en toda la zona sublevada. Había visto cómo la universidad se llenaba de delatores, cómo varios de sus compañeros eran detenidos o fusilados. Aquella mañana, con las manos agarradas al bastón, sintió que el cáliz se había rebosado.

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rector de Salamanca

Capítulo II: La palabra frente al grito

Unamuno se puso en pie con la lentitud de quien ha decidido que no dará un paso atrás. A sus setenta y dos años, el filósofo bilbaíno era un gigante moral de la Generación del 98, autor de El sentimiento trágico de la vida y de Niebla, y había consagrado su existencia a la idea de que la inteligencia debía guiar la acción. Miró a Millán Astray y, en medio de un silencio que podía cortarse con un cuchillo, soltó la réplica que pasaría a la historia.

Según los relatos más difundidos, que recogen las crónicas de la época, el rector dijo: «Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha». El general, descompuesto, volvió a gritar «¡Muera la inteligencia!» y, acto seguido, «¡Abajo los intelectuales!». Fue entonces cuando Unamuno, elevando la voz, proclamó: «Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo retor. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto».

La última palabra, «retor», sonó extraña —quizá por un lapsus o por la emoción del momento los asistentes la registraron así—, pero nadie dudó del significado. Aquel hombre menudo y de gesto adusto se había convertido, en pocos segundos, en la conciencia de una España que se desangraba.

Capítulo III: La tensión que podía oler a pólvora

En el Paraninfo se desató un caos de insultos, puños en alto y brazaletes que se agitaban. Varios militares rodearon a Unamuno, que permanecía en pie sin apartar la mirada de su adversario. Algunos testigos contaron que Millán Astray llevó la mano a la pistola, aunque otros lo desmintieron. Lo cierto es que la intervención de Carmen Polo, esposa de Francisco Franco, resultó decisiva: se acercó al filósofo, le tomó del brazo y, con la excusa de acompañarlo a casa, lo condujo fuera del recinto mientras los suyos seguían coreando consignas.

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Esa misma tarde, Franco firmaba el cese del rector. La junta de la universidad, reunida bajo presión, no tardó en sustituirlo. Unamuno quedó confinado en su domicilio de la calle Bordadores, vigilado día y noche. Aislado del mundo, sin periódicos y sin visitas, supo que el silencio sería su prisión definitiva.

Capítulo IV: El precio de una frase

Miguel de Unamuno murió el 31 de diciembre de 1936, a las cinco y cuarto de la tarde, a causa de una hemorragia cerebral. Tenía setenta y dos años y no había vuelto a pisar la universidad desde aquel 12 de octubre. Sus últimos días los pasó escribiendo notas amargas y versos en los que se preguntaba por el sentido del sacrificio. La dictadura que siguió a la guerra sepultó su figura durante décadas, pero la frase «Venceréis, pero no convenceréis» atravesó el tiempo como un dardo silencioso.

La Generación del 98, de la que él había sido abanderado, había desafiado siempre la complacencia provinciana con una mirada crítica hacia la identidad española. Unamuno, precisamente, había convertido la duda en método y la paradoja en estilo. En sus obras —desde Niebla hasta San Manuel Bueno, mártir— había defendido que la vida era lucha y contradicción, no monólogo autoritario. Por eso, cuando se enfrentó al general de la Legión, no estaba improvisando: estaba culminando medio siglo de pensamiento.

Capítulo V: El eco de un vencido que no deja de convencer

Ochenta años después de aquella mañana de octubre, el Paraninfo de Salamanca sigue albergando los mismos retratos de antiguos rectores que contemplaron la escena. Las guías turísticas repiten la historia con un escalofrío de admiración, y la frase de Unamuno ha viajado más lejos de lo que él jamás imaginó: se ha convertido en emblema de la resistencia intelectual frente a la barbarie, en recordatorio de que la razón necesita valentía para alzarse cuando el ruido de las armas pretende acallarla.

No fue un combate de igual a igual: un anciano sin más escudo que las palabras frente a una sala repleta de uniformes prestos a la violencia. Y sin embargo, aquel día, el filósofo demostró que la palabra puede ser más contundente que un pelotón. Vencieron los generales, pero Unamuno, ahora lo sabemos, sigue convenciendo.