El Niño y el cambio climático: los combustibles fósiles disparan el riesgo de hambre para 50 millones

El episodio apodado Godzilla alcanzará su pico a finales de 2026 y puede intensificar las sequías y las inundaciones en varias regiones. El estudio advierte de que el calentamiento causado por los combustibles fósiles amplifica un fenómeno que hasta ahora era natural.

Un nuevo estudio vincula la quema de combustibles fósiles con la intensidad de los grandes episodios de El Niño. El evento actual, apodado Godzilla, podría empujar a 50 millones de personas al hambre aguda antes de que acabe 2027.

El calentamiento fósil recarga un fenómeno natural

El Niño es un fenómeno natural que se produce cada dos a siete años. Las aguas del Pacífico tropical oriental se calientan y generan una cascada de impactos en todo el globo. La fase en curso, apodada Godzilla, alcanzará su pico a finales de 2026 y se perfila como la más fuerte de la memoria reciente.

Vamos al dato central. La novedad no es El Niño, sino su intensidad. El estudio señala que los grandes episodios de las últimas décadas han estado sobrealimentados por el recalentamiento del planeta que provoca la quema de combustibles fósiles. No se trata de un cambio de encendido y apagado, sino de un patrón con más energía disponible.

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El matiz es relevante. El fenómeno existiría sin actividad humana, pero el calor adicional altera la fuerza del sistema. El impacto de esta fase no es una hipótesis a largo plazo: el episodio en curso podría empujar a 50 millones de personas a la hambruna aguda antes del cierre de 2027. La cifra equivale prácticamente a la población de España y sitúa la crisis climática en el terreno de la seguridad alimentaria.

La letra pequeña del estudio: intensidad, no causa

Conviene leer la letra pequeña. El estudio no afirma que los combustibles fósiles provoquen El Niño, un fenómeno que la ciencia atribuye a la variabilidad natural del océano Pacífico. Lo que sostiene es que el calentamiento global amplifica su fuerza. El planeta recalentado entrega más calor al océano y a la atmósfera, y ese plus se traduce en sequías, lluvias torrenciales y perturbaciones de mayor alcance.

El Niño combustibles fósiles

El IPCC lleva años alertando de que cada fracción adicional de calentamiento intensifica los extremos climáticos. La quema de carbón, gas y petróleo no solo altera el clima de fondo: también modifica la magnitud de oscilaciones naturales que, a su vez, golpean la producción de alimentos. El hambre aguda es uno de los canales más rápidos por los que un El Niño extremo se convierte en crisis humanitaria.

El Niño no es nuevo; lo nuevo es la cantidad de energía que el sistema recibe de un planeta recalentado por los combustibles fósiles.

La cuenta es sencilla. Menos carbón y menos gas en el mix energético reducen la energía térmica añadida que amplifica estos episodios. La transición energética no es, por tanto, una agenda sectorial ni un lujo de economías ricas: es la variable que puede moderar la próxima fase de El Niño. Iberdrola, Acciona, Ørsted y el resto de actores de la generación limpia ya compiten en costes con las fuentes fósiles, pero lo que este estudio plantea es una urgencia distinta: descarbonizar antes de que la inercia del sistema se vuelva aún más destructiva.

El dato de los 50 millones de personas le da una escala humana a un debate que a menudo se lee en toneladas de CO2. La quema de combustibles fósiles no produce hambre en línea recta: primero calienta el océano, después recarga El Niño y finalmente golpea las cosechas y los precios de los alimentos. Es un efecto dominó en el que la decisión energética de hoy se siente en la cesta de la compra de mañana.

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La lección de fondo para la transición global

Las cumbres del clima y los marcos regulatorios europeos, desde el Acuerdo de París hasta el Pacto Verde, han puesto el foco en la reducción de emisiones. Este estudio añade una capa de concreción: no solo se trata de estabilizar la temperatura a final de siglo, sino de evitar picos de sufrimiento humano a corto plazo. La próxima gran fase de El Niño, si llega en un mundo con más CO2, será más violenta.

Europa ha legislado para que la letra pequeña de los planes climáticos no se quede en promesas. La taxonomía verde y la obligación de reportar la huella de carbono empujan a las empresas a explicar qué emisiones reducen de verdad. Este estudio recuerda por qué esa disciplina importa: el riesgo alimentario asociado a un El Niño recargado es un coste que no aparece en la cuenta de resultados, pero se paga con crisis humanitarias.

La Agencia Internacional de la Energía sostiene que la cuota de renovables en el mix global crece, pero el carbón y el gas siguen cubriendo buena parte de la generación. Ese desfase entre conciencia y acción es el terreno que abona los episodios extremos. Cada tonelada de CO2 que se evita hoy reduce la energía disponible para el próximo El Niño; cada retraso se convierte en una factura alimentaria.

Miremos atrás. Los precedentes de El Niño extremo, como el episodio de 1997-1998 o el de 2015-2016, coincidieron con sequías severas, incendios y tensiones en los mercados agrícolas. Aquellos eventos sucedieron antes de que el calentamiento global alcanzara los niveles actuales. La AIE y el IPCC insisten en que cada año de retraso en la descarbonización encarece la adaptación y amplía la brecha entre emisiones y objetivos. Sin embargo, el mensaje de este estudio es más incómodo: la próxima oscilación natural ya no se mide solo por hectáreas quemadas, sino por el riesgo directo de hambre para decenas de millones de personas.

En la redacción lo leemos como una vacuna contra la complacencia. La transición hacia renovables no puede esperar a que las curvas de coste sigan cayendo por sí solas; necesita una gobernanza que acelere el cierre del carbón, la electrificación de la demanda y la inversión en redes. De lo contrario, el próximo Godzilla no será una anécdota meteorológica: será la prueba de que el retraso climático tiene precio.

🌍 El Impacto Real para el Futuro

  • Beneficio medible: El estudio cuantifica el vínculo entre los combustibles fósiles y los episodios extremos de El Niño, evitando que el riesgo de 50 millones de personas quede sin escala científica.
  • Modelo que cambia: Refuerza la urgencia de abandonar el carbón, el gas y el petróleo en plazos compatibles con la seguridad alimentaria, no solo con los objetivos climáticos de fin de siglo.
  • Para las próximas generaciones: Descarbonizar la economía antes de la próxima fase de El Niño reduce la probabilidad de hambrunas agudas y deja un sistema con menos energía térmica acumulada.