Elon Musk ha asegurado ante el G20 que en una década habrá 1.000 millones de robots humanoides que superarán la producción de toda la humanidad. La declaración, realizada este 2 de septiembre en una sesión virtual, resume su visión sobre el futuro de la inteligencia artificial y la robótica.
Musk abordó cuatro ejes: los límites energéticos de la IA, su potencial económico, la robótica humanoide y la regulación que necesitan las tecnologías emergentes. La verdadera transformación económica no vendrá del software, sino de una capa física de robots que reemplace el trabajo humano en las tareas productivas.
Las tres palancas de la revolución robótica
La utilidad de un robot humanoide, según Musk, depende de tres factores que están mejorando exponencialmente: el software de IA, el chip de IA integrado y la destreza electromecánica, especialmente en las manos. Una vez que los robots fabriquen otros robots, el crecimiento se vuelve recursivo: lento al principio, explosivo después.
El fundador de Tesla calificó su propia previsión de conservadora: más de 1.000 millones de robots, cada uno aproximadamente cinco veces más productivo que una persona. Combinados, superarán en producción a toda la humanidad. Es en esa capa física, no en la economía digital, donde espera que el producto económico global crezca por un factor de diez o más.
Cosas que pasan en 2026.
El cuello de botella energético y la apuesta por SpaceX
El gran límite de la IA no serán los chips, sino la electricidad. Musk citó una estimación de consenso: los chips de IA tendrán un déficit de al menos 15 gigavatios para 2027. La producción de chips sube entre el 40% y el 50% anual, pero la generación eléctrica fuera de China crecen entre el 10% y el 20% anual.
La respuesta empresarial ya está en marcha. Google y Anthropic están alquilando capacidad de computación a SpaceX, que construyó sus propias plantas eléctricas para conectar capacidad con rapidez. El consejo de Musk a los gobiernos es simple: construyan generación, alojen centros de datos de IA y luego cobren impuestos o tarifas por ello. China tiene electricidad abundante, pero las restricciones a la exportación de GPU le impiden importar los chips más avanzados.
La apuesta de Musk no es solo tecnológica: es una lectura económica que coloca la electricidad en el centro de la próxima década.
La Lógica de Washington
Desde Washington, las declaraciones de Musk no se escuchan como las de un empresario más. Su figura está entrelazada con la administración Trump a través del departamento de eficiencia gubernamental que lidera, y su voz tiene eco directo en la Casa Blanca. La lógica de la Casa Blanca es coherente con el discurso de Musk: regular la IA lo justo, acelerar la construcción de infraestructura energética y no ceder ventaja a China. En Washington, el cálculo es sencillo: si la IA y la robótica van a redefinir la economía global, más vale que la potencia que domine la regulación y la energía sea la americana.
El precedente americano no es nuevo: en los años sesenta, la carrera espacial impulsó inversiones públicas que el sector privado convirtió en innovación. Hoy, Washington repite el manual con la IA y la robótica: asume el riesgo tecnológico, liberaliza al máximo el marco regulatorio y presiona a los socios europeos para que no frenen a sus startups. Para España, miembro de la Unión Europea, el mensaje tiene doble filo. La regulación comunitaria, que Musk citó como ejemplo de freno sin éxito, condiciona la velocidad con la que las empresas españolas podrán competir en ese mercado de robots y electricidad.
El impacto para España es estratégico. La dependencia energética de la IA favorece a países con excedente y buenas redes, y España tiene posiciones en ambos. Iberdrola y Telefónica ya trabajan en infraestructuras de centros de datos. Sin embargo, la posición regulatoria europea, más restrictiva que la americana, puede ralentizar la inversión en un sector que Musk calcula en decenas de billones de euros anuales.
El pasado julio, Bruselas optó por un enfoque de supervisión estricta en la ley de inteligencia artificial. La posición de la Casa Blanca es la contraria: tratar la innovación como legal por defecto. Esa divergencia se convertirá en un frente comercial más en las próximas cumbres bilaterales.
La proyección es clara: Musk espera que la IA alcance el nivel de Stockfish (el motor de ajedrez de referencia) en 12 a 18 meses, y que cualquier tarea digital sin manipulación física de átomos esté resuelta a finales del próximo año. Para la próxima década, el juego ya no será el software: será quién fabrica robots y quién les da electricidad. Nadie en Washington quiere que ese ganador esté en Pekín.
Ficha del Caso
- El caso: Elon Musk presentó ante el G20 una previsión de 1.000 millones de robots humanoides superando la producción humana en una década, con el foco en IA, robótica, energía y regulación.
- Datos clave: Déficit eléctrico de 15 GW para chips de IA en 2027; producción de chips crece 40-50% anual, generación eléctrica fuera de China 10-20%; impacto económico de 20-30% del PIB global (20-30 billones de dólares al año); nivel de software equivalente a Stockfish en 12-18 meses.
- Para España: La carrera por centros de datos y generación eléctrica para IA abre oportunidades a empresas como Iberdrola o Telefónica, pero la regulación europea podría frenar el ritmo frente a EE. UU. y China.

