Ramiro de Maeztu, el escritor del 98 fusilado en Madrid en 1936

El periodista vizcaíno pasó de exigir la europeización de España a defender la Hispanidad como un ideal espiritual. Su trayectoria terminó contra la tapia del cementerio de Aravaca en la madrugada del 29 de octubre de 1936, a los sesenta y dos años.

Ramiro de Maeztu tenía sesenta y dos años, un sillón vacante en la Real Academia Española y un discurso de ingreso guardado en un cajón la madrugada del 28 de octubre de 1936, cuando lo sacaron de su celda en la cárcel de Ventas. No era un militar, ni un miliciano, ni un dirigente de partido. Era un escritor. Y le bastó para terminar contra una tapia de Aravaca.

La biografía de Maeztu cabe en una frase, pero no termina de explicarse con ella. Aquel hombre de acento vizcaíno y prosa cortante había empezado en el otro extremo: pidiendo otra España, más europea, más moderna, más industrial.

Capítulo I: La calle y la pluma

Ramiro de Maeztu y Whitney nació en Vitoria el 4 de mayo de 1874. La familia se sostenía gracias a doña Juana Whitney, su madre, una mujer de ascendencia británica que dirigía una academia de idiomas. De ahí salieron Ramiro y su hermana María, que con el tiempo se convertiría en una pedagoga de referencia y en directora de la Residencia de Señoritas.

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Bilbao fue su escuela. Allí conoció los muelles, la siderurgia y las casas de empeños. No fue un universitario: fue un autodidacta que aprendió literatura en los periódicos y economía en los almacenes. Probó el trabajo manual y el despacho antes de decidir que su futuro estaba en las redacciones.

Llegó a Madrid en plena crisis de fin de siglo, cuando las colonias se perdían y la palabra «regeneración» estaba en boca de todos. Maeztu no la pronunciaba como un tópico: la exigía a golpe de artículo. Compartió cafés, redacciones y disputas con Azorín y Pío Baroja, con quienes firmó en 1901 un manifiesto que la posteridad conoció como el de «los tres». Aquel Maeztu todavía pedía juventud, trabajo y un país que se mirase sin lentes de hidalgo.

En 1899 había publicado Hacia otra España, un conjunto de artículos donde la obsesión era una sola: sacar al país del atraso. La receta pasaba por la industria, la escuela y una clase media con mentalidad europea. No pedía mártires ni quijotes; pedía ingenieros, maestros y empresarios.

Capítulo II: El giro de un corresponsal

El paisaje de Londres, donde pasó largas temporadas como corresponsal, le cambió la mirada. El espectáculo de la maquinaria británica, que había admirado de joven, empezó a parecerle un camino sin alma. El cambio no fue una conversión súbita ni una moda. Fueron años de lectura, de decepción con la política liberal y de un catolicismo que pasó de ser herencia familiar a ser estructura intelectual.

Cuando publicó La crisis del humanismo en 1919, ya no confiaba en que la técnica redimiera al hombre por sí sola. En sus páginas convivían el diagnóstico frío y la apelación moral. Por eso sus admiradores lo consideraban un pensador, y sus críticos, un predicador. Él no hacía fácil la convivencia.

Después vinieron Don Quijote, Don Juan y la Celestina (1926) y la embajada en Buenos Aires, que ocupó entre 1928 y 1930. En Argentina vio de cerca la potencia de una república hispánica y cerró su tránsito hacia la defensa de una comunidad espiritual.

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En Defensa de la Hispanidad (1934) sostiene que el vínculo entre España y América no es de mercado ni de lujo, sino de religión y de tradición. El dinero, escribe en esas páginas, no puede ser el horizonte de una nación. La técnica, sin un sentido moral, solo multiplica la prisa.

Defensa de la Hispanidad

Capítulo III: Acción Española y la trinchera doctrinal

La proclamación de la Segunda República en 1931 aceleró la definición política. Maeztu se convirtió en uno de los nombres de referencia de Acción Española, una sociedad cultural con revista, biblioteca y conferencias. No fue un hombre de partido: fue un hombre de pluma al servicio de una idea. Su firma apareció junto a la de otros intelectuales que veían en la República un peligro para la unidad católica de España.

Allí maduró la fórmula que le haría célebre y sospechoso a la vez: la Hispanidad como un ideal, no como un recuerdo. Maeztu no se limitaba a lamentar la pérdida de Cuba o Filipinas; pedía rearmar moralmente a los pueblos de lengua española. En su lectura, la Hispanidad era una cruzada civilizatoria, no una simple palabra de discurso.

Su ruptura con los viejos compañeros del 98 fue total. Azorín y Baroja quedaron lejos; Maeztu se veía a sí mismo como un soldado de la Hispanidad. A esas alturas, escribir era ya una forma de tomar partido en la que los matices estorbaban.

Capítulo IV: La cárcel de Ventas

El 30 de julio de 1936, pocos días después del golpe militar que dividió España, milicianos detuvieron a Ramiro de Maeztu en Madrid. Lo condujeron a la cárcel de Ventas, una prisión que la guerra había destinado a reclusos masculinos. Allí pasó el verano y el otoño.

No hay un sumario transparente que explique los cargos. La acusación real era su pluma: los artículos, las conferencias, la revista. Maeztu no disparó un tiro, no organizó una partida, no dio una orden. En la lógica de la retaguardia madrileña de 1936, su prosa fue considerada munición.

La cárcel de Ventas era ya un lugar de hacinamiento y miedo. Los presos compartían galerías y sabían que de noche podían salir pases de saca. El nombre de Maeztu figuraba en la lista de intelectuales que la retaguardia consideraba irrecuperables.

Defensa de la Hispanidad

En la Real Academia Española quedó pendiente su discurso de ingreso. Había sido elegido en 1935 para el sillón L y no llegó a tomar posesión. El sillón vacío esperaba a un académico que iba a ser fusilado antes de leer su trabajo.

Capítulo V: Aravaca, antes del alba

En la madrugada del 29 de octubre de 1936, Maeztu fue sacado de la celda. Lo llevaron a Aravaca y lo fusilaron contra la tapia del cementerio. Tenía sesenta y dos años. El cuerpo quedó en una fosa común.

Los relatos de aquella noche no coinciden en los detalles. Unos dicen que mantuvo la calma; otros, que no dijo una palabra. No se conservan últimas cartas ni frases lapidarias. La muerte fue rápida y administrativa: un nombre tachado de una lista, un camión, una descarga. El ruido se apagó antes del amanecer.

Defensa de la Hispanidad

Aravaca era entonces un pueblo al noroeste de Madrid, no el barrio residencial que vino después. El cementerio estaba a las afueras, cerca de la carretera, y sus fosas comunes se tragaron decenas de víctimas de la represión en zona republicana y del azar de la guerra.

La ciudad no se detuvo por él. Ninguna ciudad se detiene por un escritor cuando la guerra manda.

Capítulo VI: La herencia incómoda

La posteridad no ha sido amable ni unánime con Ramiro de Maeztu. Para unos, es el intelectual que diagnosticó con crudeza la debilidad de España y la defendió frente al materialismo. Para otros, es un precursor de la derecha autoritaria que acabó engullido por la violencia de 1936. Ambas imágenes caben en el mismo hombre.

Su obra se ha seguido editando y discutiendo. Defensa de la Hispanidad es hoy un texto de referencia para el pensamiento conservador español e hispanoamericano. Los artículos de Hacia otra España se leen como el mapa de un país que no llegó a existir. Y el discurso de la Real Academia Española, si se conserva, sigue sin leerse.

De la Generación del 98, que pidió otra España, Maeztu terminó defendiendo la España que cabía en un catecismo. El paredón de 1936 convirtió su trayectoria en una pregunta que todavía no se ha cerrado.