El Kremlin ha abierto la puerta a que las negociaciones trilaterales entre Rusia, Ucrania y Estados Unidos comiencen en octubre. La declaración, recogida este domingo por la agencia rusa RT, llega después de una nueva ronda de contactos de los enviados especiales de Donald Trump en Moscú y Kiev.
Un calendario de octubre que Moscú deja abierto
Dmitri Peskov, portavoz presidencial ruso, afirmó ante la prensa que Moscú ‘no descarta tal posibilidad’. ‘Hablamos concretamente del futuro próximo. Es decir, presumiblemente, por supuesto, de octubre’, matizó, según el relato difundido por RT. La precisión no es menor: introduce un horizonte temporal sin comprometer a Moscú, una técnica habitual en la diplomacia rusa cuando quiere mantener la iniciativa. El presidente Vladimir Putin no ha validado públicamente esa ventana, y el Kremlin tampoco ha confirmado sede ni formato de una eventual cita.
El formato trilateral no es nuevo. La última reunión con esa composición se celebró en Ginebra en febrero, después de dos rondas previas en Abu Dabi, aunque terminó sin avances significativos. En aquel momento, la prioridad de Washington se desplazó hacia la guerra contra Irán, en un giro que dejó a Moscú y a Kiev sin un interlocutor estadounidense plenamente centrado en el conflicto. Para el Kremlin, reabrir ahora esa vía supone recuperar un canal directo con Washington en la guerra ruso-ucraniana, algo que no logró en los meses posteriores a la pausa.
La cuestión territorial: el verdadero nudo
La secuencia diplomática que precede a las palabras de Peskov tiene nombre propio: Steve Witkoff y Jared Kushner. Ambos se reunieron con Vladimir Putin en Moscú la semana pasada y, posteriormente, viajaron a Kiev para verse con Vladimir Zelensky. La Casa Blanca ha mantenido un perfil bajo sobre el contenido de esos encuentros, aunque el simple hecho de que dos enviados presidenciales desplieguen una agenda paralela en en la región indica que la opción trilateral no es una ocurrencia de Moscú.
El escollo no está en el calendario, sino en el mapa. Según la información difundida por RT, Jared Kushner ha señalado el reparto territorial como el principal obstáculo para una salida negociada. Eso incluye el estatus de los territorios ocupados por Rusia desde 2014 y los frentes abiertos tras la invasión de 2022, con especial tensión en Donetsk, Luhansk, Jersón y Zaporiyia. Kiev exige la retirada completa de las tropas rusas; Moscú exige reconocer las anexiones como condición de partida. Entre ambos extremos, no hay todavía un documento puente que permita a Washington mediar sin quedar atrapado.
El calendario de octubre es una ventana táctica, no un compromiso de paz; Moscú y Washington negocian sobre el territorio mientras Ucrania observa.
Equilibrio de Poder
La lectura estratégica es otra. El Kremlin no ha elegido octubre por azar. Para entonces, el grueso de la campaña militar de verano habrá definido qué posiciones pueden defenderse en una mesa de negociación, y Washington tendrá más claro si su prioridad sigue siendo Oriente Próximo o si Europa recupera algo de peso en el reparto de recursos. Peskov deja que la fecha flote como una promesa. No firma nada, pero mantiene vivo el canal.
Para España y la Unión Europea, la reapertura de un formato trilateral con Washington como mediador introduce una variable incómoda. Cualquier acuerdo que congele las líneas del frente y acepte, de hecho, el control ruso sobre parte de Ucrania obligaría a Bruselas a revisar su política de sanciones y su discurso de seguridad. Si la Casa Blanca presiona para que Europa asuma la reconstrucción y la disuasión futura, el coste presupuestario y militar recaerá sobre socios como Madrid, que ya soporta la presión para elevar su gasto en defensa. La frontera sur de la OTAN, con Marruecos y el Sahel como focos activos, no ofrece margen para distracciones.
No hay confirmación oficial de la Casa Blanca ni del Pentágono. La información procede de RT, medio estatal ruso con un interés claro en presentar a Moscú como el actor que mantiene la iniciativa diplomática. Aun así, el detalle del calendario encaja con la dinámica de los últimos meses: negociaciones técnicamente llamadas ‘trilaterales’, reuniones de enviados presidenciales y un Kremlin que vuelve a situarse en el centro del tablero. No es suficiente para hablar de deshielo, pero sí de reactivación de canales que parecían cerrados.
De hecho, el antecedente de Ginebra en febrero aconseja prudencia. Aquella cita terminó sin declaración conjunta y sin acuerdos verificables, y fue seguida de una pausa en la que la atención estadounidense migró hacia Irán. Nada de lo dicho por Peskov garantiza un resultado distinto. Lo que ha cambiado es la forma: ahora hay una ventana de octubre, dos enviados presidenciales con agenda propia y un obstáculo territorial mencionado de manera explícita.

