El gimnasio ya no es el único templo donde se persigue el cuerpo perfecto. Desde la primavera de 2026, una nueva obsesión ha aterrizado en redes sociales: el «vaginamaxxing», una tendencia que promete optimizar hasta el último rincón del cuerpo femenino, incluida la salud íntima. Todo empezó con un tuit que en 48 horas sumó más de 21 millones de visualizaciones.
Su autor, el multimillonario Bryan Johnson, conocido por gastar millones de dólares al año en su propio rejuvenecimiento biológico, publicó el informe del «microbioma vaginal» de su pareja con una puntuación de «100 sobre 100». La frase «top 1% de todas las vaginas» corrió como la pólvora y disparó una moda que ya inquieta a la comunidad médica.
El gimnasio del cuerpo entero, también por dentro
La lógica que ha triunfado en cualquier gimnasio de barrio —medir, optimizar, competir— ha saltado ahora a terrenos donde la ciencia advierte que no aplica igual. El término «vaginamaxxing» nace de la misma familia que «looksmaxxing» o «jawmaxxing»: la costumbre de las redes de convertir cualquier parte del cuerpo en un proyecto de mejora constante.
La doctora Ravina Bhanot, ginecóloga y fundadora de The One Labs, explicó a medios como Tyla que el término no tiene origen médico, sino puramente social. Según la especialista, agrupa desde geles reafirmantes hasta cremas blanqueantes, pasando por rutinas de higiene multipaso y suplementos alimenticios pensados para «perfeccionar» el aspecto, el olor o la sensación de la zona íntima.
Lo preocupante, insiste Bhanot, es que esta obsesión patologiza algo completamente normal. La anatomía femenina varía de forma natural en tamaño, color y forma, y ese mensaje se está perdiendo entre filtros y rankings virales.
Cuando el marketing se disfraza de biología
El gimnasio y el bienestar íntimo comparten ahora un mismo escaparate en redes, pero los expertos en microbioma alertan de que el negocio se sostiene sobre bases muy frágiles. Valentina Milanova, fundadora de la empresa de salud femenina Daye y autora de investigaciones revisadas por pares, fue clara al hablar del modelo de negocio que sostiene estos productos.
Milanova explicó que gran parte de esta industria se apoya en hacer sentir insegura a la mujer respecto a algo completamente biológico: el olor natural de la vagina varía según la fase del ciclo menstrual, y no es una «anomalía» que haya que enmascarar con productos. Esa variación, subraya, es fisiología pura, no un fallo a corregir.
El caso de Bryan Johnson ilustra bien el problema: convertir una medición bacteriana en un porcentaje de «perfección» es una operación de marketing tomada prestada de la cultura biohacker, no un hallazgo científico nuevo. Y esa lógica de puntuación, advierten los especialistas, es la que empuja a comprar tests caseros de dudosa fiabilidad.
Del steaming a los láseres: el catálogo de la «optimización»
El fenómeno no se limita a un tuit viral. El catálogo de prácticas asociadas al vaginamaxxing incluye desde el histórico vaginal steaming —una técnica de la medicina tradicional china que consiste en exponer la zona íntima al vapor de hierbas— hasta procedimientos mucho más invasivos como la labiaplastia o los tratamientos láser.
Organismos médicos como el Royal College of Obstetricians and Gynaecologists llevan años repitiendo el mismo mensaje: la vagina es un órgano autolimpiante. Introducir vapor, duchas o agentes de limpieza no solo es innecesario, sino que puede alterar el equilibrio bacteriano natural y aumentar el riesgo de infecciones, irritaciones e incluso quemaduras, como ya se ha documentado en varios casos clínicos.
La Cleveland Clinic añade una advertencia adicional: el equipo utilizado en el vaginal steaming, si no se desinfecta correctamente, puede introducir bacterias dañinas en una zona especialmente sensible. Ninguna de estas prácticas, insisten los especialistas, cuenta con respaldo científico sólido más allá de testimonios anecdóticos.
El precio real de perseguir la perfección íntima
Más allá del desembolso económico —algunos de estos test caseros y tratamientos alcanzan precios elevados sin garantía de resultados fiables—, el coste psicológico es el que más preocupa a las profesionales consultadas. La feminización de la lógica «maxxing» traslada a la salud íntima una presión estética que hasta ahora se había concentrado en el rostro o el cuerpo.
- Tests de microbioma vaginal: comercializados como diagnóstico, pero sin el respaldo de la comunidad médica como herramienta fiable de uso doméstico.
- Vaginal steaming: riesgo de quemaduras, infecciones y alteración del pH, según la Cleveland Clinic y el Royal College of Obstetricians and Gynaecologists.
- Geles y cremas «reafirmantes»: sin evidencia científica consistente que sustente sus promesas.
- Procedimientos estéticos invasivos: labiaplastia y tratamientos láser presentados como solución a una «imperfección» que, en la mayoría de los casos, es variación anatómica normal.
Los propios promotores de tests de microbioma reconocen que su valor reside en cerrar una brecha de información histórica, no en ofrecer un veredicto de perfección. Y ahí está la clave que los médicos repiten: la información puede ser útil si viene acompañada de contexto clínico, pero convertirla en un marcador de estatus, como ocurrió con el tuit de Johnson, distorsiona por completo su utilidad.
Hacia una relación más sana con el propio cuerpo
Lo positivo de esta controversia es que ha puesto sobre la mesa un debate que muchas ginecólogas llevaban años reclamando: hablar con naturalidad de la salud íntima femenina, sin tabúes pero también sin urgencia de perfección. La propia viralización del caso ha servido para que voces médicas expliquen, con datos, qué es normal y qué no lo es.
El consejo que repiten los especialistas es sencillo y realista: si existe una duda genuina sobre la salud íntima, la vía es la consulta con un profesional, no un test comprado por internet ni una tendencia de TikTok. Cada cuerpo tiene su propio equilibrio, y entenderlo —sin necesidad de compararlo con un ranking viral— sigue siendo la mejor forma de cuidarlo.

