El 5 de agosto de 1435, frente a la isla de Ponza, la escuadra de Alfonso V de Aragón se deshizo. Las galeras de Génova, mandadas por Biagio Assereto, se echaron sobre las naves del rey a lo largo de aquella jornada y, cuando el combate terminó, dos reyes quedaron prisioneros: Alfonso y su hermano Juan, que reinaba en Navarra desde 1425.
La noticia cruzó el Tirreno en pocos días. En Barcelona, en Zaragoza y en Valencia, los oficiales de la Corona la recibieron como lo que era: la catástrofe de un rey que llevaba quince años gastando hombres y dinero en una aventura italiana que no acababa de cuajar. Alfonso había perdido la flota, la libertad y, sobre el papel, cualquier esperanza de reinar en Nápoles.
Sin embargo, de aquel desastre salió el reino. El cautiverio de Ponza acabó entregándole la alianza que necesitaba para tomar Nápoles, y la corte que fundó allí hizo de él algo que ningún otro rey de su casa había conseguido: un personaje europeo. Los humanistas italianos le pusieron el apodo con el que ha pasado a la historia. En España fue Alfonso V; en Nápoles, Alfonso I.
Capítulo I: El hijo del rey elegido en Caspe
Alfonso había nacido en Medina del Campo en 1396, el mayor de los hijos de Fernando de Antequera y de Leonor de Alburquerque. Su familia no tenía derechos claros sobre la Corona de Aragón. Los tuvo tras la muerte sin descendencia de Martín el Humano en 1410, cuando el compromiso de Caspe eligió rey a su padre en 1412. Cuatro años más tarde, en 1416, Fernando moría y el muchacho que había crecido en la frontera castellana ceñía las coronas de Aragón, Valencia, Mallorca, Sicilia y Cerdeña, y el condado de Barcelona.
Un año antes de heredar se había casado en Valencia con María de Castilla, hija de Enrique III de Castilla y hermana del rey castellano Juan II. El matrimonio no dio hijos, pero sí una pareja política que funcionaría a distancia durante décadas.
Alfonso miró hacia el Mediterráneo casi desde el primer día. En 1420 embarcó al frente de una armada con destino a Italia. Al año siguiente llegó a Nápoles llamado por la reina Juana II, que lo adoptó como heredero y lo convirtió en su hombre fuerte frente a la casa de Anjou. La operación se torció en 1423, cuando la reina cambió de opinión, nombró heredero a Luis III de Anjou y dejó a Alfonso sitiado en Nápoles. El rey resistió, pudo embarcar hacia Sicilia y regresó a la península con un reino perdido y una lección aprendida: en Italia no se podía fiar de nadie.
Capítulo II: El cautiverio que valió un reino
Durante los nueve años siguientes gobernó en Zaragoza, Barcelona y Valencia, convocó Cortes para costear sus proyectos y no dejó de mirar hacia el sur de Italia. Las Cortes de sus reinos le votaron subsidios para las empresas italianas, no sin arrancarle contrapartidas y privilegios. En 1432 volvió a embarcar. Esta vez no regresaría: Alfonso no volvió a pisar la península ibérica. Desde Sicilia y después desde Nápoles dirigió sus reinos por carta, con María de Castilla y su hermano Juan al frente de los asuntos peninsulares. Como resume el historiador británico Alan Ryder, autor de una de las biografías de referencia del rey (1990), el Magnánimo pasó la mayor parte de su reinado en Italia y gobernó sus estados ibéricos a través de lugartenientes.
En 1435, cuando acudía con su flota al reino de Nápoles, los genoveses lo interceptaron en Ponza. La derrota fue completa. Alfonso y su hermano Juan fueron llevados primero a Génova y después a Milán, donde los esperaba Filippo Maria Visconti. El duque tenía sus propios planes: necesitaba un aliado contra Venecia y Florencia, y un prisionero de sangre real era una pieza demasiado valiosa para maltratarla. Lo trató con honores y lo convirtió en socio. El rey salió de Milán sin rescate y con un aliado poderoso.
Los siete años siguientes los pasó guerreando por Nápoles. El papa Eugenio IV había reconocido como rey a René de Anjou, que se instaló en la ciudad y la defendió hasta el final. Alfonso fue ganando plazas, cortando caminos y cerrando suministros. En 1442, tras un asedio largo, Nápoles cayó en sus manos y René perdió el reino.

Capítulo III: La entrada triunfal y las dos Sicilias
El 26 de febrero de 1443, Alfonso entró en Nápoles en triunfo. La ciudad que había resistido su cerco lo recibió como rey y él respondió con el gesto que sus cronistas repetirían durante siglos: juró guardar los privilegios y las costumbres de Nápoles. Pocos meses después, en junio, se firmó en Terracina el acuerdo con Eugenio IV. El mismo papa que había reconocido a los Anjou reconocía ahora a Alfonso como rey de Nápoles. El precio fue el de siempre: vasallaje a la Santa Sede, censo anual y compromiso de defender al pontífice con las armas del reino.
De aquel pacto nació un título que al rey le gustaba usar: el de rey de Sicilia a una y otra parte del faro, esto es, de la isla y del reino continental. Nápoles dejaba de ser una pretensión y se convertía en la segunda mitad de un mismo espacio político, con Palermo y Nápoles bajo la misma corona. Alfonso había pasado media vida persiguiendo aquel trono. Cuando lo tuvo, ya no era el mismo hombre: era un rey italiano que gobernaba aragoneses, catalanes, valencianos y mallorquines desde un castillo del golfo.
Capítulo IV: Valla, Beccadelli y la corte que lo llamó Magnánimo
Alfonso no escribía tratados, pero pagaba a quien los escribía. A su alrededor se reunió una de las concentraciones de humanistas más notables del siglo XV italiano. Lorenzo Valla, que había dejado Roma después de pelearse con medio Vaticano, entró al servicio del rey hacia 1435 y en 1440 lanzó su diatriba contra la donación de Constantino, el documento en el que la Iglesia apoyaba su poder temporal. El escrito servía de munición en el pleito entre Alfonso y el papado, y Valla lo redactó con una falta de respeto que escandalizó a media Europa.
El segundo nombre es el de Antonio Beccadelli, llamado il Panormita, que reunió los dichos y hechos del rey en un libro, De dictis et factis Alphonsi regis, publicado en Nápoles a mediados de siglo. En aquellas páginas el adjetivo magnánimo se le pegó al rey hasta sustituir a su nombre. Bartolomeo Facio, historiador oficial de la corte, escribió por encargo la crónica del reinado. Con ellos, Alfonso el Magnanimo pasó a la historia con un retrato construido a conciencia: clemente con los vencidos, generoso con los sabios y aficionado a los libros.
La biblioteca del Castel Nuovo fue creciendo con copias, traducciones y encargos. Alfonso compraba manuscritos, sostenía a copistas y traductores y hacía traer de Grecia y de Italia textos que luego prestaba o regalaba. La corte napolitana se convirtió en paso obligado para quien quisiera medrar con la pluma. También los libros servían para legitimar: quien paga la historia acaba apareciendo en ella con la cara que le conviene.

Capítulo V: El castillo, la piedra y el arco
En 1443, el mismo año de su entrada, el rey mandó reconstruir el Castel Nuovo, la fortaleza que domina el puerto de Nápoles. El maestro de obras fue el mallorquín Guillem Sagrera, que había trabajado en la Lonja de Palma y que murió en Nápoles en 1456, con las manos todavía manchadas de cal. Allí se instalaron la corte, la cancillería y la biblioteca.
En 1453 empezó a levantarse, adosado al castillo, el arco de triunfo que conmemora la entrada de 1443. Trabajaron en él maestros catalanes, lombardos y el escultor dálmata Francesco Laurana. Cuando Alfonso murió, la obra seguía sin terminar: el monumento que mejor lo representa es, en cierto modo, una obra en construcción.

Capítulo VI: Los barones, Lucrezia y el testamento
Reinar en Nápoles no era lo mismo que poseerla. Las grandes familias del reino, con Giovanni Antonio Orsini del Balzo, príncipe de Taranto, a la cabeza, aceptaban al rey cuando les convenía y le disputaban el terreno cuando podían. Alfonso gobernó quince años con esa tensión de fondo, entre pactos, matrimonios y castigos selectivos. En 1455 subió al trono de San Pedro un valenciano que había sido su hombre de confianza, Alfonso de Borja, que tomó el nombre de Calixto III. Tener a un viejo colaborador en Roma no le resolvió los problemas del reino, pero le dio aire.
En los últimos años lo acompañó Lucrezia d’Alagno, una noble napolitana que se convirtió en su compañera y en una figura incómoda para media corte. El rey tenía ya un heredero claro, aunque no legítimo: Ferrante, nacido hacia 1423 de Giraldona Carlino, al que había ido preparando para el gobierno.
Alfonso murió el 27 de junio de 1458 en el Castel dell’Ovo, con la ciudad a la vista y el reino en tensión. Su testamento repartió lo que había unido a base de barcos y dinero: Nápoles, con su corte y su biblioteca, fue para Ferrante; la Corona de Aragón, con Sicilia y Cerdeña, pasó a su hermano Juan, el mismo que había compartido el cautiverio de Ponza. La unión de Nápoles y Aragón bajo una sola mano, que había sido el sueño de su vida, duró lo que él. María de Castilla, que había gobernado sus reinos mientras él reinaba en Italia, murió también en 1458 sin haberlo vuelto a ver desde 1432.
Al año siguiente, en 1459, Juan de Anjou, hijo de René, desembarcó en el reino para reclamar la herencia, y los barones se levantaron contra Ferrante. La guerra que Alfonso había ganado en 1442 hubo de ganarla otra vez su hijo, y esta vez con menos recursos y peores aliados.
En Nápoles quedaron el castillo, el arco a medio hacer y una biblioteca que acabaría dispersándose tras la invasión francesa de 1495. En la Corona de Aragón quedaron los registros de su Cancillería, miles de cartas y provisiones que son el rastro de un gobierno a distancia: el de un rey que administró sus reinos durante más de un cuarto de siglo sin poner un pie en ellos. Alfonso murió a orillas del mar que lo había llevado a Italia. Nunca volvió a casa.
