Trump sopesa nombrar un ‘zar de la IA’ con rango de gabinete para pilotar la política tecnológica

El puesto no tiene aún competencias, presupuesto ni candidato confirmado. El descarte de Scott Bessent y el perfil de Michael Kratsios anticipan un mando único sobre la industria tecnológica americana.

La Casa Blanca estudia crear un ‘zar de la IA’ con rango de gabinete que supervise industria, tecnología y una ‘AI Force’.

Un cargo sin competencias definidas y una lista sin entusiastas

Donald Trump maneja una lista corta de candidatos para ese puesto, según las informaciones que han ido apareciendo en medios americanos y que recoge la columna de opinión publicada por Blaze Media. La Casa Blanca no ha concretado competencias, ni nombres, ni calendario. Tampoco ha aclarado si el cargo exigiría confirmación del Senado. Ese silencio, en Washington, no es un despiste: es margen de maniobra.

El nombre que el presidente ha puesto a la idea tampoco ayuda a medir su alcance: la ha bautizado como ‘AI Force’, un nombre que remite a la Fuerza Espacial (Space Force), el sexto cuerpo de las Fuerzas Armadas que Trump creó en su primer mandato. Washington suele levantar la estructura antes de definir sus funciones, y no al revés. El patrón se repite: primero la insignia, después el presupuesto.

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De la lista que circula hay un descarte que confirma la lógica del proceso: el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ya no está en consideración porque su responsabilidad actual —la deuda federal, los mercados, la política fiscal— pesa demasiado como para añadirle otra. Algo parecido se argumenta con Michael Kratsios, asesor científico y tecnológico de la Casa Blanca y responsable de la Oficina de Política Científica y Tecnológica, y con el resto de aspirantes. Nadie con un puesto serio parece tener prisa por mudarse a un cargo con rango de gabinete y fronteras sin dibujar.

De la Covid al DOGE: qué es de verdad un ‘zar’ en Washington

política IA EE.UU.

En el sistema americano, un ‘zar’ (czar) no es un cargo constitucional. Es una etiqueta que la prensa aplica a un responsable nombrado directamente por el presidente para coordinar un asunto que atraviesa varias agencias federales. No requiere confirmación del Senado —a diferencia de un secretario de gabinete, que sí la necesita— y responde únicamente ante el Despacho Oval. El modelo tendría un mando único que supervisaría en la práctica a la la industria, la tecnología y los datos que alimentan a ambas. Su fuerza es la proximidad al presidente; su debilidad, la falta de presupuesto propio.

Los precedentes son numerosos y casi siempre coyunturales. Hubo zar de la energía en los años setenta, zar de la frontera, zar del rescate financiero tras la crisis de 2008 y zar del coronavirus durante la pandemia. El DOGE (el Departamento de Eficiencia Gubernamental, la iniciativa que Elon Musk pilotó para recortar el gasto federal) funcionó con esa misma lógica: mando único, mandato difuso y dependencia absoluta del respaldo presidencial. Cuando ese respaldo se enfrió, el andamiaje se desinfló.

Washington no nombra zares para regular un sector: los nombra para coordinar una carrera que no admite esperas.

El debate sobre cuánto poder concentrar no es nuevo, y esta vez ha llegado desde una orilla inesperada. El senador Bernie Sanders y el congresista demócrata por Texas Greg Casar han planteado prohibir la superinteligencia artificial, pausar parte del desarrollo avanzado hasta que un nuevo regulador federal escriba las reglas de seguridad e imponer penas de hasta 20 años de prisión para determinados incumplimientos. El encaje de esa propuesta en el Capitolio actual es, como mínimo, complicado.

Las encuestas que cita la propia columna que ha destapado el asunto dibujan un país incómodo con sus instituciones: dos de cada tres americanos consideran muy importante que el gobierno sea elegido democráticamente, frente al 80% de hace cinco años, y casi la mitad de los menores de 30 resta importancia a esa condición. Es el caldo de cultivo en el que florecen los debates sobre tecnocracia y mando único.

La Lógica de Washington

Lo que se dirime en la Casa Blanca no es un organigrama, sino una carrera. Pekín ha convertido la inteligencia artificial en prioridad de Estado, con planes quinquenales, campeones nacionales y control del cómputo. Washington responde con el manual que ya usó con la Fuerza Espacial: crear una autoridad visible, con nombre presidencial, que ordene a decenas de agencias y lance una señal al mercado.

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La coalición que sostiene la jugada es doble. Por un lado, el ala tecnológica de Silicon Valley, que quiere un interlocutor único y menos fricción regulatoria. Por otro, el votante que compró el discurso de la soberanía tecnológica. El precedente más claro es de 1973: el primer zar energético americano nació con el embargo del petróleo y desapareció cuando la urgencia se diluyó. Los zares americanos duran lo que dura la crisis que los justifica.

Para España, el movimiento importa por una razón sencilla: Bruselas y Washington escriben dos reglas distintas para la misma tecnología. La mayor parte del Reglamento Europeo de IA es ya de aplicación desde el pasado 2 de agosto, y España cuenta con una agencia estatal de supervisión con sede en A Coruña. En paralelo, compañías como Telefónica o Santander despliegan modelos de IA en procesos críticos de atención al cliente, riesgo y red.

La infraestructura sobre la que corren esos modelos no es europea. Amazon ha levantado en Aragón uno de los mayores centros de datos del sur del continente, y ese detalle convierte a España en pieza relevante de la red. Si Washington concentra su política de IA en un solo despacho, las empresas españolas negociarán con un interlocutor único; si la dispersa, lo harán con cinco agencias y tres comités del Capitolio. Francia y Alemania llevan meses pidiendo aligerar la carga regulatoria europea.

El calendario empieza a apretar. El año fiscal federal 2027 arranca el 1 de octubre y, con él, la temporada de nombramientos y confirmaciones. Si el anuncio llega antes de que termine el año, la pregunta en Bruselas y en Madrid no será quién ocupa el cargo, sino qué puede hacer sin presupuesto propio. Ahí está el riesgo real del experimento: un zar sin dinero es un buen titular y un mal instrumento.

Queda una incógnita que la Casa Blanca no ha resuelto: si el elegido debe pisar al asesor tecnológico que ya trabaja en el Ala Oeste o si su función se limitará a coordinar lo que ya existe. Lo que observamos es que Washington repite un patrón antiguo: cuando la tecnología avanza más rápido que sus instituciones, inventa una figura nueva antes de reescribir las viejas.

Ficha del Caso

  • El caso: La Casa Blanca maneja una lista corta de candidatos para un ‘zar de la IA’ con rango de gabinete, un puesto sin competencias definidas y sin nombre confirmado.
  • Datos clave: El secretario del Tesoro, Scott Bessent, queda descartado; suena el asesor científico Michael Kratsios. El año fiscal federal 2027 arranca el 1 de octubre. Sanders y Casar proponen penas de hasta 20 años por incumplimientos en IA.
  • Para España: Con el Reglamento Europeo de IA ya aplicable, las empresas españolas se enfrentarían a dos marcos regulatorios y a un interlocutor único en Washington si el cargo sale adelante.