Juana la Beltraneja, la heredera de Castilla que perdió ante Isabel

Acusada de ser hija del valido Beltrán de la Cueva, fue jurada heredera de Castilla recién nacida y apartada del trono en los Toros de Guisando. Perdió la guerra de sucesión contra su tía Isabel y murió en 1530 en un convento portugués.

El muñeco de paja que ocupaba el trono lucía corona, cetro y espada. Y lucía, sobre todo, un rostro: el de Enrique IV de Castilla. El 5 de junio de 1465, un grupo de nobles y prelados subió al cadalso levantado en una explanada a las afueras de Ávila y, ante una multitud de hombres armados, fue despojando a la efigie de los atributos de la realeza. Primero la corona. Después el cetro. Por último, la espada. Cuando el muñeco rodó por el suelo, los conjurados proclamaron rey al infante Alfonso, medio hermano del monarca. La historiografía bautizó aquello como la Farsa de Ávila. Quienes la presenciaron sabían que no se dirimía solo la corona de un rey, sino la legitimidad de una niña de tres años a la que sus enemigos habían puesto un apodo infamante: la Beltraneja.

Capítulo I: Una reina llamada Juana

Para entender cómo se había llegado hasta aquel cadalso hay que retroceder diez años, a 1455, cuando Enrique IV de Castilla contrajo matrimonio con Juana de Portugal. No era la primera esposa del monarca. Antes había estado casado con Blanca de Navarra, de quien se había separado con un argumento que envenenaría su biografía para siempre: que el matrimonio nunca se había consumado. El rey, decían sus detractores, era incapaz. De ahí el apodo que le quedó pegado a la piel: Enrique el Impotente.

Durante siete años, la nueva reina no dio hijos. Y cada año sin descendencia hacía más pesada la sombra sobre el trono. Cuando por fin, en 1462, nació una niña en Madrid, la corte respiró. Tenía nombre de reina, Juana, y una misión: cerrar la boca a cuantos habían puesto en duda la virilidad del rey. Apenas nacida, fue jurada como heredera de Castilla. Todo parecía encajar: el rey tenía sucesión, la dinastía quedaba a salvo y los nobles que llevaban años conspirando contra la corona perdían su mejor argumento.

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La tregua duró poco. La niña crecía en palacio, y con ella crecía un rumor que se susurraba en los corredores y se gritaba en las plazas. Que el padre no era el rey. Que el padre era otro.

El reinado de Enrique IV había sido, en efecto, un campo de batalla desde el primer día. La alta nobleza castellana, celosa de su poder y de sus rentas, veía en cada decisión del monarca una amenaza. Y el monarca, dubitativo y pródigo con unos y con otros, repartía mercedes para comprar lealtades que se le escapaban de las manos. En ese juego de favores y traiciones, la paternidad de la pequeña Juana se convirtió en un arma.

Capítulo II: El nombre del escándalo

Aquel otro tenía nombre y apellidos: Beltrán de la Cueva. Noble de linaje, favorito del rey, valido que gobernaba de hecho buena parte de lo que el monarca dejaba de gobernar. En 1464, Enrique IV le concedió el título de duque de Alburquerque, y con él una posición que la alta nobleza castellana contemplaba con creciente recelo. Para muchos de aquellos magnates, el poder del favorito era una afrenta. Y la niña que el rey había jurado como heredera, la prueba viva de esa afrenta.

De ahí el apodo. Beltraneja. La hija de Beltrán. Un solo nombre bastaba para destruir la legitimidad de una princesa, y la nobleza rebelde lo repitió hasta convertirlo en verdad oficiosa. Los cronistas de la época se dividieron: Alonso de Palencia, hostil a Enrique IV, dio pábulo a la acusación; Diego Enríquez del Castillo, cronista oficial del rey, sostuvo lo contrario. De aquella contradicción nunca se ha salido del todo, y hoy los historiadores siguen discutiendo si Juana fue hija del rey o de su valido. Lo que nadie discute es que la duda, cierta o falsa, resultó más útil que cualquier ejército.

Juana de Castilla

Capítulo III: La guerra civil

La farsa de Ávila no fue un gesto aislado. Detrás de aquel muñeco de paja había un conflicto abierto entre una parte de la nobleza y la corona, y el infante Alfonso, proclamado rey por los conjurados, se convirtió en el estandarte de los descontentos. Durante tres años, Castilla vivió partida: el rey legítimo en un bando, el rey de los nobles en el otro, y la pequeña Juana en medio, señalada como hija de la infamia.

No era una guerra de trincheras, sino de ciudades que se entregaban y se traicionaban, de juramentos que duraban lo que tardaba en llegar la siguiente oferta. Los nobles que habían aupado a Alfonso controlaban buena parte del norte y del centro del reino. Enrique IV resistía en el sur, en Toledo, en Sevilla, apoyado en los pocos aliados que no le habían vuelto la espalda. Y en medio de aquel tablero, la niña Juana pasaba de castillo en castillo, custodiada como un objeto precioso por unos y reclamada como rehén por otros.

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La guerra terminó en julio de 1468, con la muerte repentina del infante Alfonso. Su desaparición dejó huérfano al bando rebelde. Sin rey al que aupar, los conjurados buscaron un nuevo candidato y lo encontraron en la persona de Isabel, medio hermana de Enrique IV, que se había mantenido al margen del conflicto. Con ella firmaron una concordia junto a los Toros de Guisando, en tierras de Ávila.

Capítulo IV: Los Toros de Guisando

La Concordia de los Toros de Guisando, firmada el 19 de septiembre de 1468, fue el golpe más duro que Juana recibió en su infancia. En aquel documento, Enrique IV reconocía a su medio hermana Isabel como heredera de Castilla y apartaba a su propia hija de la sucesión. El texto no se atrevía a declarar a Juana bastarda, pero dejaba flotando la sospecha con la habilidad suficiente para que nadie pudiera ignorarla. La niña tenía seis años.

Isabel aceptó el trato con una condición que revelaba hasta qué punto calculaba sus pasos: su matrimonio requeriría el consentimiento del rey. Porque el matrimonio era, en aquella Castilla, la pieza decisiva del tablero. Un año después, sin embargo, Isabel contravino el pacto al casarse en Valladolid con Fernando, heredero de la corona de Aragón, sin contar con el consentimiento de Enrique. El rey se sintió burlado y volvió a reclamar para Juana el título de heredera. Castilla entró de nuevo en un tira y afloja de juramentos, pactos y traiciones que consumió los últimos años del reinado.

Juana de Castilla

Capítulo V: El trono partido

Enrique IV murió el 11 de diciembre de 1474 en Madrid. Dos días después, el 13 de diciembre, Isabel se hacía proclamar reina de Castilla en Segovia. Al trono que ella reclamaba le salió de inmediato un competidor. En Portugal, Juana tenía su propio partido, sus propias ciudades y un ejército dispuesto a pelear por ella. Nadie podía acusarla de no tener argumentos: su padre la había jurado heredera al nacer y, en sus últimos años, había vuelto a reconocerla como sucesora legítima.

No le faltaban apoyos. Buena parte de la nobleza que había combatido a Enrique IV la veía ahora como el instrumento perfecto para frenar a Isabel y Fernando. Y al otro lado de la frontera, el rey de Portugal, Alfonso V, hermano de la madre de Juana, se convirtió en su aliado y en su marido. La boda se celebró en 1475, el mismo año en que murió Juana de Portugal, la madre de la novia. Ella había nacido en 1462; él, en 1432. De aquella unión nacía una causa: la de una reina de Castilla que, de momento, reinaba solo en el papel.

Capítulo VI: Toro

La guerra se decidió en el campo de batalla. El 1 de marzo de 1476, los ejércitos de Isabel y Fernando se enfrentaron a las tropas de Alfonso V y de su hijo, el príncipe Juan, en los alrededores de Toro. La batalla fue confusa, larga y disputada, y ambos bandos se atribuyeron la victoria. Pero en el terreno de la política el resultado fue inequívoco: a partir de Toro, la causa de Juana empezó a deshilacharse. Ciudades que habían dudado se pasaron al bando isabelino. Nobles que habían coqueteado con Portugal bolvieron a jurar fidelidad a la reina de Segovia.

Alfonso V partió entonces en busca de una alianza con Francia que nunca llegó a cuajar. A su regreso, la guerra se había enfriado en los campos y se cocía en los despachos. Portugal, agotado, negociaba la paz. Y en las negociaciones, el destino de la reina sin trono era una pieza más que se podía intercambiar.

Juana de Castilla

Capítulo VII: La Excelente Señora

La guerra se cerró con un tratado, no con una batalla. El 4 de septiembre de 1479, en Alcáçovas, en el Alentejo portugués, los representantes de Castilla y Portugal firmaron la paz. En aquel documento, Juana renunciaba a todos sus derechos al trono de Castilla, y Portugal reconocía a Isabel y Fernando como legítimos reyes. La historia de la Beltraneja como pretendiente terminaba ahí.

Aquel fue el pacto que la historiografía conoce como el tratado de Alcáçovas, y en él quedaba escrito que Juana no volvería a reclamar un trono que había llegado a tener a un paso. No hubo proceso público, ni sentencia, ni declaración formal de bastardía. Solo un silencio pactado entre dos coronas, que borraba de la historia oficial a la hija de Enrique IV.

Le quedaban, sin embargo, más de cinco décadas por delante. Juana se retiró al convento de Santa Clara de Coimbra, donde tomó el hábito. En el claustro, entre rezos y silencio, vivió el ascenso de los Reyes Católicos, la toma de Granada, la expulsión de los judíos, el viaje de Colón, la muerte de Isabel y la llegada al trono de otra Juana, la hija de los reyes, a la que el destino reservaría un segundo apodo cruel: la Loca. Nada de aquello le concernía ya.

El debate sobre su origen nunca se cerró. Para los cronistas del bando isabelino, Juana fue siempre la hija del valido. Para los defensores de Enrique IV, la verdadera hija del rey. La documentación de la época no permite zanjar la cuestión, y buena parte de los historiadores actuales considera que la acusación de bastardía fue, ante todo, un instrumento de guerra. Quienes la lanzaron no necesitaban que fuera verdad. Bastaba con que fuera creída.

La historiografía la ha tratado con una mezcla de lástima y desdén, y no siempre con justicia. Juana no eligió ninguno de los papeles que le tocaron: ni el de hija legítima, ni el de pretendiente, ni el de monja. Le tocó nacer en el momento equivocado, con el apellido equivocado y a la sombra de una tía que, además de ganar la guerra, ganó también el relato.

Juana la Beltraneja murió en 1530, más de seis décadas después de que unos nobles levantaran un muñeco de paja en las afueras de Ávila para despojar a un rey. La niña que había sido jurada heredera de Castilla y luego borrada de la sucesión terminó sus días en un convento portugués, con un título que sonaba más a consuelo que a dignidad: la Excelente Señora. Nunca reclamó nada. Nunca se casó de nuevo. Nunca volvió a Castilla.