Juan Navarro Moreno: obispo del siglo XVII entre legajos y silencios

Los repertorios episcopales del Seiscientos no permiten reconstruir con certeza la biografía de este prelado. Su rastro remite a la maquinaria de la Cámara de Castilla y a unos archivos diocesanos que el fuego y las desamortizaciones dispersaron.

Juan Navarro Moreno, el obispo del siglo XVII que se esconde entre legajos y silencios

La fila 153 del listado contiene cuatro palabras y ningún verbo: Juan Navarro Moreno. Ni diócesis, ni año de consagración, ni dignidad. Solo un nombre que alguien transcribió en una hoja de cálculo y que ahora exige un artículo. Detrás de esa fila no hay carpetilla con recortes, ni nota de archivo, ni el menor rastro de una semblanza impresa. Hay un hueco con forma de persona.

Escribir la vida de un obispo español del siglo XVII es, casi siempre, un ejercicio de fontanería. Se empieza por el nombre y se baja por la tubería: la consulta de la Cámara de Castilla, la bula romana, el expediente de limpieza de sangre, el libro de visitas de la diócesis, el testamento ante notario. Cuando la tubería está completa, el muerto revive con su letra, sus deudas y sus manías. Cuando falta un tramo, el agua se pierde y no hay manera de saber por dónde iba.

Con Juan Navarro Moreno, la tubería se corta a los pocos metros. Y ese corte, más que un obstáculo, es la historia.

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Capítulo I: Un nombre sin diócesis

Los repertorios episcopales con los que trabajo —las nóminas de prelados españoles que se han venido componiendo desde el siglo XVIII a partir de las series vaticanas y de las crónicas diocesanas— permiten identificar con precisión a centenares de obispos del Seiscientos. Apellidos, sedes, fechas de presentación, a veces hasta el día en que tomaron posesión por poderes. En esas nóminas, el nombre de Juan Navarro Moreno no aparece con una sede asociada.

Eso no significa que no existiera. Significa que, con los datos disponibles, no puedo escribir su biografía sin inventarla. Y una biografía inventada es la peor forma de honrar a un muerto: le pone palabras que nunca dijo y le atribuye decisiones que nunca tomó.

Conviene, por tanto, hacer otra cosa. Conviene explicar qué papeles habría dejado un obispo español del siglo XVII, dónde se guardan, por qué se pierden, y qué se puede y qué no se puede afirmar cuando solo queda un nombre. Porque la paradoja es esta: sabemos muchísimo del sistema que fabricaba obispos, y a veces muy poco de los obispos concretos que ese sistema produjo.

Capítulo II: Cómo se fabricaba un obispo

En la España de los Austrias, un obispado no se heredaba ni se compraba en el sentido vulgar del término, pero tampoco caía del cielo. El rey presentaba al candidato y Roma expedía las bulas. Entre una cosa y la otra se desplegaba una maquinaria administrativa de una lentitud proverbial, con el Consejo de la Cámara de Castilla como oficina de colocación de la monarquía. La Cámara elevaba al monarca una consulta con tres nombres —la terna— y el rey escogía. El elegido pasaba entonces al examen romano: los procesos consistoriales, custodiados en el Archivo Apostólico Vaticano (hasta 2019, Archivo Secreto Vaticano), conservan las declaraciones de testigos que respondían sobre la vida, costumbres y limpieza del candidato. Es una de las fuentes más jugosas que existen: los vecinos hablan sin demasiada piedad.

El Concilio de Trento había puesto puertas al campo. Clausurado en 1563, dejó un programa de reforma que en España se ejecutó con retraso y a trompicones: residencia obligatoria del prelado en su diócesis, visita pastoral periódica, celebración de sínodos y fundación de seminarios para formar clero. Los requisitos formales para ser obispo se endurecieron: se pedía haber nacido de legítimo matrimonio, contar con una edad mínima que rondaba la treintena y estar graduado en teología o en derecho canónico, aunque las dispensas pontificias hicieron que la norma tuviera más de orientación que de frontera.

Había, además, el asunto del dinero. Un obispado era una renta, y sobre esa renta pesaban cargas que hoy cuesta imaginar: el excusado, el subsidio de galeras y otras gracias que la Santa Sede había concedido a la Corona y que convertían al prelado en recaudador parcial de los gastos de la monarquía. Un obispo del XVII era, a la vez, pastor de almas, señor de vasallos en no pocas Diócesis, administrador de un patrimonio y pieza de una red clientelar que se extendía desde el palacio episcopal hasta el último corregidor.

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obispo del siglo XVII

Capítulo III: El rastro de papel

Si Juan Navarro Moreno fue obispo, dejó papeles. La pregunta es dónde.

El primer lugar es el Archivo Histórico Nacional, en Madrid, cuya sección de Consejos absorbió una parte considerable de los expedientes de la Cámara de Castilla. Allí se conservan consultas, informes reservados y memoriales de pretendientes que llevaban años esperando una mitra. Son documentos prolijos y a menudo decepcionantes: mucha súplica, pocos datos personales.

El segundo es el Archivo General de Simancas, con sus series de Patronato Real y las secretarías provinciales, donde aparecen las provisiones de beneficios y las licencias de salida del reino. El tercero es Roma. Los procesos consistoriales y los registros de la Congregación Consistorial permiten fechar la confirmación de un prelado con una exactitud que ningún archivo español iguala.

Y luego está el archivo de la diócesis, que es donde un obispo se vuelve reconocible. Los libros de visitas pastorales registran por dónde anduvo y qué encontró: si la iglesia tenía el tejado hundido, si el cura sabía latín, si había una mancebía junto al cementerio. Las constituciones sinodales, impresas en talleres locales, llevan su impronta doctrinal. Los expedientes de órdenes y los libros parroquiales de defunciones completan el retrato. Y, por encima de todo, el testamento otorgado ante notario: ahí un prelado dice a quién deja sus libros, cuánto debía al mercader de paños y qué misas quería que se dijeran por su alma.

Con esos cinco mimbres se puede escribir una vida. Sin ellos, no.

Capítulo IV: Los nombres que se pierden

La primera causa de pérdida es la más tonta: la homonimia. Juan Navarro es un nombre común en el siglo XVII, y en los protocolos notariales de cualquier ciudad castellana conviven escribanos, plateros, músicos de capilla y clérigos de misa y olla con esa misma denominación. El segundo apellido, además, no funcionaba entonces con la rigidez burocrática de hoy: un mismo individuo aparecía como Juan Navarro, Juan Navarro Moreno o Juan Moreno Navarro según el humor del escribano, y añadía o quitaba un de delante del apellido familiar sin que nadie se lo reprochara.

La segunda causa es material. La desamortización de Mendizábal, en 1836, desmontó el mapa de la propiedad eclesiástica y con él buena parte de sus archivos: los papeles de conventos y obras pías acabaron en depósitos estatales, mezclados, sin inventario fino. Y en el verano de 1936 ardieron total o parcialmente los archivos diocesanos de Toledo, Cuenca, Sigüenza, Lérida y Barbastro, entre otros muchos. Un obispo del XVII cuya documentación estuviera en uno de esos depósitos puede haber desaparecido dos veces: como hombre y como papel.

obispo del siglo XVII

La tercera causa es la propia naturaleza del cargo. No todos los obispos fueron titulares de una diócesis con archivo propio. Muchos fueron obispos auxiliares o titulares de sedes orientales extintas —las llamadas in partibus infidelium—, con títulos sonoros y rentas modestas, que auxiliaban a un prelado anciano o a un cardenal absorbido por la corte. De esos hombres queda a veces un nombre en una lista de confirmaciones y poco más. La historiografía los ha llamado, con una expresión que no es cariñosa, obispos de papel.

Capítulo V: Lo que los archivos callan

El contraste sirve para medir la suerte. Juan de Palafox y Mendoza, obispo de Puebla de los Ángeles y después de Osma, muerto en 1659, dejó tal montaña de escritos, pleitos y memoriales —su enfrentamiento con la Compañía de Jesús en Nueva España llenó carpetas durante generaciones— que su biografía se puede reconstruir casi día a día. Su causa de beatificación añadió todavía más papel. Un prelado conflictivo y letrado es un prelado archivable.

El obispo silencioso, en cambio, es el que gobernó una diócesis pequeña, no escribió tratados, no se peleó con nadie digno de mención y murió a los setenta años tras dos décadas de visitas pastorales rutinarias. Ese hombre existió, administró sacramentos y firmó provisiones, y sin embargo su rastro se reduce a una firma en un folio suelto. La historia no es injusta; es selectiva, y selecciona por volumen de escritura.

Todo esto deja a Juan Navarro Moreno en un limbo incómodo. Es un nombre plausible, perfectamente posible en el episcopado español del Seiscientos, y al mismo tiempo un nombre que no puedo adjudicar a ninguna sede, a ningún año, a ningún epitafio. Cualquier párrafo que escribiera a continuación sobre su carácter, sus obras o sus virtudes sería ficción, y la ficción, en un trabajo de historia, se llama de otra manera.

Queda el método, que tampoco es poca cosa. Si un investigador quiere sacar a este hombre del limbo, tiene un camino trazado: cruzar los procesos consistoriales vaticanos con la sección de Consejos del Archivo Histórico Nacional, peinar después los libros de visitas de las diócesis candidatas y buscar el testamento en los protocolos notariales de la ciudad donde murió. Es un trabajo de meses, y a veces de años, para obtener una entrada de tres líneas en un diccionario biográfico.

Los archivos guardan silencios elocuentes. Este, de momento, es uno de ellos: cuatro palabras en la fila 153, sin diócesis y sin fecha, esperando a que alguien con más paciencia que yo abra el legajo correcto. Cuando lo abra, probablemente descubra a un hombre gris, cansado y devoto, muy distinto del personaje que sugiere un nombre en una lista. Y eso, aunque no lo parezca, será una buena noticia.