La cumbre UE-Canadá de Montreal se atasca: varios Estados bloquean el término «miembro asociado»

El procedimiento de silencio expiró sin acuerdo: Berlín y al menos otras tres capitales exigen borrar el término del texto que debía firmarse en Montreal. Los embajadores vuelven a reunirse este miércoles, un día antes de la cumbre.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Al menos cuatro Estados miembros han roto el procedimiento de silencio y han impedido que la declaración de la cumbre UE-Canadá de Montreal incluya el término ‘miembro asociado’. Alemania lidera la poda del texto.
  • ¿Quién está detrás? La etiqueta la lanzó Ursula von der Leyen en su discurso sobre el estado de la Unión; António Costa y Kaja Kallas encabezan la delegación que viaja a Canadá junto a una nutrida representación de comisarios.
  • ¿Qué impacto tiene? La cumbre del 29 y el 30 de octubre arranca sin declaración política cerrada y deja abierto un pulso entre la Comisión y las capitales sobre quién fija el vocabulario exterior de la UE.

La cumbre UE-Canadá llega a Montreal sin declaración: cuatro capitales bloquean el término ‘miembro asociado’. Los embajadores de los Veintisiete vuelven a reunirse este miércoles, un día antes de que aterrice la delegación europea.

El mecanismo que ha saltado por los aires es procedimental, pero el alcance es político. Se llama procedimiento de silencio: un texto se entiende adoptado si ninguna capital presenta objeción antes de la hora fijada, sin reunión formal ni votación de por medio. El lunes, los embajadores lo intentaron por la vía ordinaria y no hubo manera de pactar la redacción.

El martes se activó el atajo. El plazo vencía a mediodía en Bruselas y, antes de que expirara, Alemania y al menos otras tres capitales habían presentado objeción, según las dos fuentes diplomáticas citadas por POLITICO. Berlín encabeza la ofensiva para que la expresión desaparezca por completo del texto. No lo consiguió el lunes. Tampoco lo ha conseguido todavía.

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Cómo se bloquea una declaración de cumbre en 48 horas

El resultado es una cumbre que arranca el jueves 29 con el papel en el aire. Los embajadores del Consejo de la UE vuelven a reunirse este miércoles, un día antes de que la delegación europea aterrice en Canadá. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen; el presidente del Consejo Europeo, António Costa; la Alta Representante, Kaja Kallas, y una nutrida representación de comisarios se verán el jueves y el viernes con el primer ministro canadiense, Mark Carney. Sobre la mesa: comercio, energía, educación y Ártico.

La etiqueta no nació en Ottawa. Von der Leyen la ofreció el mes pasado, durante su discurso sobre el estado de la Unión pronunciado en el hemiciclo de Estrasburgo. Cuatro diplomáticos europeos dijeron entonces a POLITICO que la presidenta de la Comisión no había consultado a las capitales antes de airear la idea. Ese es el origen del cortocircuito.

Conviene precisar qué es un ‘miembro asociado’: hoy, nada. Los Tratados no contemplan esa categoría. El artículo 217 del TFUE permite cerrar acuerdos de asociación —ahí están el acuerdo con Ucrania o el Espacio Económico Europeo que integra a Noruega, Islandia y Liechtenstein—, pero ninguno de esos marcos usa esa denominación ni concede asiento en las instituciones. Un ‘miembro asociado’ sería, por ahora, una etiqueta política sin articulado detrás.

Nadie discute en Bruselas el valor jurídico de la etiqueta, sino el mensaje que envía a Kiev, a los Balcanes y a Londres.

Por eso pesa tanto la objeción alemana. Nuestra lectura es que Berlín no discute el fondo de la relación con Canadá —país del G7, democracia consolidada, socio comercial—, sino la costumbre de la Comisión de repartir categorías nuevas sin pasar por el Consejo. Cada etiqueta improvisada se convierte después en referencia para Ucrania, Moldavia o los Balcanes Occidentales, que llevan años esperando algo parecido.

Lo que España se juega en una cumbre que no sale en los titulares

miembro asociado

La parte económica es la que sí puede cerrarse. Bruselas y Ottawa firmaron en 2016 una asociación estratégica en materias primas críticas, y el CETA se aplica de forma provisional desde 2017 mientras espera la ratificación de varios parlamentos nacionales. Todo lo que sea profundizar en reglas de origen, acceso a minerales críticos y cooperación energética tiene recorrido aunque la declaración política naufrague.

Para España, el interés es indirecto y de doble filo. Indirecto, porque Ottawa no está entre los primeros socios comerciales de Madrid y el negocio bilateral se concentra en constructoras, energéticas, y bienes de equipo con presencia en el mercado canadiense. De doble filo, porque cada vez que Bruselas inventa una categoría de asociación sin respaldo jurídico, Moncloa pierde un argumento ante sus socios: si la UE puede ofrecer un estatus intermedio a un país del G7, la promesa de adhesión a los candidatos del este queda un escalón más barata.

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España no figura entre las capitales señaladas por las filtraciones de esta semana, y en esta redacción no hemos podido confirmar la posición que defenderá la Representación Permanente en la cita del miércoles. La lógica de Madrid apunta a respaldar cualquier lenguaje que no comprometa el calendario de ampliación ni abra un debate sobre categorías intermedias antes de la próxima cumbre del Consejo Europeo.

El Eje del Poder Europeo

El pulso tiene tres frentes. El primero es institucional: la Comisión lanzó la propuesta en el discurso más solemne del año europeo y las capitales responden con el único instrumento que tienen a mano, romper el silencio. El segundo es de geometría variable: Berlín encabeza la poda, pero POLITICO no identifica al resto de las capitales díscolas. Sin esa lista, cualquier lectura por bloques —frugales del norte, sur, Visegrado— sería especulación. Lo verificable es que al menos cuatro Estados han coincidido.

Hay precedente. En 2018, el Reino Unido de Theresa May acuñó su propio lenguaje de ‘asociación’ para la relación posterior al Brexit y Bruselas lo desmontó en cuestión de horas. En 1992, el Espacio Económico Europeo necesitó un tratado entero, dos años de negociación y un referéndum en Suiza que lo tumbó en las urnas. La lección se repite: la UE negocia etiquetas con la misma seriedad con la que negocia aranceles, y nunca al revés.

La lectura a medio plazo es que el vocabulario exterior se ha convertido en moneda de cambio, y que quien controla la palabra controla la agenda. Si la Comisión puede ofrecer un estatus nuevo sin respaldo previo del Consejo, el siguiente paso será definir por su cuenta qué significa ‘miembro asociado’ en un comunicado. Ahí las capitales no piensan ceder. El pulso, además, llega en el peor momento posible: con la ampliación abierta, con el debate sobre la arquitectura de la defensa común y con un comercio global reordenado por aranceles.

El miércoles por la mañana, los embajadores volverán a la sala. Si no hay acuerdo, Montreal se cerrará con entregables sectoriales y sin declaración política, o con un texto descafeinado que elimine la expresión maldita. Esa es la próxima ventana crítica. Después, el avión de Costa y von der Leyen aterrizará en Canadá con la carpeta abierta y una pregunta incómoda sobre la mesa: quién escribe el lenguaje con el que Europa nombra a sus amigos.