McFaul sostiene en Foreign Affairs que la estrategia de Putin en Ucrania ya funciona y que Trump puede consumarla antes de desaparecer del tablero.
El exembajador de Estados Unidos en Moscú no describe un accidente ni una torpeza diplomática. Describe cuatro palancas que la Casa Blanca ha accionado en apenas unas semanas: alivio de sanciones, recorte de la ayuda militar y económica, interrupción de la cooperación de inteligencia y presión directa sobre Volodímir Zelenski para que acepte las condiciones del Kremlin. El resultado, escribe, es que la anexión efectiva de una parte sustancial del territorio ucraniano y el control sobre las decisiones futuras de Kiev son hoy más probables que en cualquier momento desde febrero de 2022.
El Kremlin convirtió una campaña de décadas en política oficial de Washington
Conviene recordar el recorrido. Rusia arrancó la invasión con ventaja y perdió impulso en el otoño de 2022, cuando las fuerzas ucranianas recuperaron tanto terreno que Washington llegó a temer un uso ruso del arma nuclear para congelar el avance. Después llegó el desgaste, la guerra de trincheras y los balances de metros cuadrados. La primavera pasada la iniciativa volvió a Kiev gracias a los misiles de largo alcance, a los drones de alcance medio que golpean las rutas logísticas en el territorio ocupado y a los interceptores que protegían las ciudades. Sobre el papel, Putin no podía avanzar.
La respuesta rusa fue el cambio de objetivo: menos frente, más castigo sobre la sociedad. Ataques con misiles balísticos y drones contra la red eléctrica y el suministro de agua, con la esperanza de que una población exhausta empuje a Zelenski a capitular. El salto cualitativo tiene nombre propio: el Geran-5, un dron con motor cohete de origen chino que, según McFaul, las defensas antiaéreas ucranianas no consiguen interceptar. Más tropas, más capacidad de producción y un arma nueva que aún no tiene contramedida desplegada. Con ese cóctel, el Kremlin cree que puede permitirse aguantar aunque la línea del frente no se mueva.
Lo que ha cambiado en las últimas semanas es la posición estadounidense. Trump autorizó la venta de diésel ruso al levantar sanciones, firmó una orden ejecutiva que suspende la aplicación de la Ley de Sanciones a Rusia e Irán de Lindsey Graham —texto que él mismo había refrendado semanas antes—, se han producido nuevas interrupciones en el intercambio de inteligencia que solo Washington puede suministrar y Ucrania ha visto cortes en el acceso a Starlink y Starshield, los sistemas de comunicaciones de SpaceX. El efecto medido: más drones rusos alcanzando objetivos, más material desplazándose hacia el frente y más aparatos ucranianos cayendo al vacío.
Putin no ha ganado la guerra en el campo de batalla: la está ganando en el despacho de un presidente que llegará antes al final de su mandato que él.
La intrahistoria que cuenta McFaul es la de una paciencia de manual del KGB. Antes de que Trump fuera candidato, emisarios próximos al Kremlin tanteaban negocios con el magnate inmobiliario; en 2013 llegó el certamen de Miss Universo en Moscú con los Agalarov de por medio. En 2016, la interferencia rusa para favorecerle y perjudicar a Hillary Clinton. En 2018, la cumbre de Helsinki, donde Trump puso en duda el juicio de su propia comunidad de inteligencia y dio por buena la negativa de Putin. Aun así, en su primer mandato el efecto fue más atmosférico que real: McMaster, Mattis y Pompeo frenaron el giro.
El segundo mandato rompió ese dique. Trump cerró la ayuda directa militar y económica, vetó de facto el ingreso ucraniano en la OTAN, recibió a Putin con alfombra en la cumbre de Alaska del año pasado y volvió a la carga con el lenguaje del insulto: en el despacho oval, en febrero de 2025, le espetó a Zelenski que no tenía cartas que jugar. Su última fórmula pública es una frase que suena a traducción literal del ruso: es hora de que Ucrania tenga otro presidente. En paralelo, los equipos negocian compras de activos de Lukoil por inversores estadounidenses, la venta del gasoducto Nord Stream 2 y hasta inversiones rusas discretas en un proyecto de gas natural licuado en Alaska.
El diésel ruso, Starlink y los interceptores: la letra pequeña del giro

La pieza más rentable para Moscú es la energética. El levantamiento de las sanciones sobre sobre el diésel ruso inyecta a las arcas federales un flujo que McFaul cifra en miles de millones de dólares destinados a financiar la operación militar. El importe exacto del pacto no está verificado y ninguna de las partes ha publicado el detalle contractual, lo que obliga a tratar la cifra como estimación del autor. En Washington, el senador Mitch McConnell ha cargado contra la operación con el argumento de que es una transferencia directa de caja a la industria de guerra rusa. No es una objeción moral: es contable.
El asunto de Starlink es más opaco y más grave. Ucrania necesita esas terminales para guiar sus propios drones y para detectar y derribar los rusos. No está claro si la orden de interrupción salió del Gobierno o de Elon Musk, aliado de Trump y exalto cargo de su administración. Ahí se abre un problema de control civil sobre infraestructura privada que ninguna cancillería europea quiere mirar de frente y que la OTAN deberá abordar antes o después.
El tercer eslabón es el más silencioso: los interceptores para los sistemas Patriot. Escasean, en parte porque Estados Unidos ha consumido enormes cantidades en su propia campaña contra Irán. Sin munición interceptora, el invierno que viene será el más duro para la población ucraniana desde el inicio de la invasión. Es una resta de inventario, no una decisión ideológica, pero el efecto estratégico es idéntico.
El contrapeso existe. Según los sondeos que cita McFaul, una mayoría sólida de ucranianos sigue apostando por combatir, y Europa ha cubierto el hueco estadounidense con más voluntad de la que el Kremlin calculó. La industria de defensa ucraniana trabaja contrarreloj en interceptores para balística y para el Geran-5. En paralelo, los datos de SIPRI ya reflejan un desplazamiento del gasto militar hacia el continente europeo que se consolida año tras año.
Equilibrio de Poder
La elección de medio mandato estadounidense del 3 de noviembre es el nudo de la ecuación y se celebra dentro de una semana. Si los demócratas recuperan una o las dos cámaras, McFaul anticipa investigaciones sobre los negocios ruso-estadounidenses, legislación para reanudar la ayuda y para prohibir los cortes de Starlink, y herramientas para obligar a aplicar sanciones ya aprobadas. A partir de ahí, Trump entra como pato cojo y su capacidad de moldear la política hacia Rusia se desinfla durante dos años. La lectura que hacemos desde aquí es que Moscú está exprimiendo una ventana que se cierra sola.
Para España el encaje es incómodo por tres vías. La primera es el flanco sur: cada punto de atención y de munición que Washington desvía a Ucrania, al Indo-Pacífico o al Golfo deja menos margen para el Sahel y el Magreb, donde Rabat, Argel y las juntas del Sahel siguen moviendo fichas con actores rusos y chinos. La segunda es el inventario: las baterías Patriot del Ejército de Tierra y los NASAMS comprometidos con la OTAN dependen de una cadena de suministro estadounidense que se ha vuelto impredecible. La tercera es la energía: si el diésel ruso vuelve a fluir con descuento, las refinerías mediterráneas y el precio del carburante en España acaban notándolo, para bien del bolsillo y para mal de la política de sanciones de Bruselas.
La perspectiva a cinco o diez años invita a la cautela. El propio McFaul lo escribe: ningún presidente futuro, demócrata o republicano, sostendrá esta política. Ya ocurrió con Ronald Reagan, que llegó a Reikiavik en 1986 a negociar con Gorbachov después de años de retórica maximalista; el Kremlin supo entonces que los giros personales no son tratados. Eso sí, hay una incertidumbre que no conviene disimular: si la administración decide mantener el pulso con Kiev, los mecanismos de presión legislativa tardan meses en producir efecto, y el invierno no espera. Seguimos de cerca el último informe del ISW, que ya sitúa la campaña rusa contra la red eléctrica como eje principal del esfuerzo de guerra.
La próxima cita para medirlo es doble: la reunión de ministros de Defensa de la OTAN en Bruselas y el recuento del 3 de noviembre. Si el Congreso cambia de color, la estrategia de Putin en Ucrania entra en cuenta atrás. Si no cambia, el invierno hará el trabajo sucio por él.

