La EPA deja en Cataluña el peor paro entre julio y septiembre desde 2012

El empleo queda prácticamente estancado y el paro sube más que en el conjunto de España. Foment del Treball reclama reforzar las políticas activas para absorber el crecimiento de la población activa.

El mercado laboral catalán pierde fuelle y la EPA del tercer trimestre de 2026 deja el peor registro de paro entre julio y septiembre desde 2012. Lo advierte Foment del Treball en su nota de coyuntura, que habla sin rodeos de señales de debilitamiento: el desempleo sube y la creación de empleo está prácticamente estancada.

Hay dos capas en el dato. La primera es el aumento del paro, el más elevado en un tercer trimestre desde 2020. La segunda es más incómoda: si se deja de lado el shock excepcional de la pandemia, hay que remontarse a 2012 para encontrar un incremento superior en Cataluña. Aquel ejercicio la economía española encadenaba su segunda recesión y el empleo se destruía a un ritmo que hoy no se repite. Lo que describe la encuesta no es una hecatombe, pero sí un frenazo que llega en el peor momento del calendario estadístico.

Un tercer trimestre que históricamente juega a favor

Entre julio y septiembre el mercado de trabajo catalán suele respirar. La temporada turística concentra contrataciones en la costa y en Barcelona, la hostelería y el comercio refuerzan plantillas y las cifras de la EPA acostumbran a salir mejor que en el resto del año. Que el paro suba en esa ventana no es un detalle metodológico: es la constatación de que el motor se ha quedado sin empuje justo cuando debería ir sobrado. La lectura que hacemos es sencilla. Si el mejor trimestre del calendario se cierra con más desempleo, el margen para el último tramo del año se estrecha.

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A eso se suma un matiz que la patronal pone encima de la mesa y que conviene no perder de vista: crece la población activa. Cada vez más personas buscan empleo, algo que en términos estructurales es una buena noticia —hay más gente disponible y más base fiscal potencial—, pero que tensiona el mercado cuando la demanda de mano de obra no acompaña. En la práctica, la cola del paro se alarga porque entran nuevos candidatos y no porque se destruyan puestos de trabajo a mansalva. El matiz importa, y mucho, a la hora de diseñar la respuesta.

Cataluña se desmarca de España

El comportamiento catalán es comparativamente peor que el del conjunto del Estado. Foment subraya dos diferencias. La primera es la intensidad del incremento trimestral del paro, mayor aquí. La segunda es el dinamismo de la ocupación, menor. Y hay una tercera que duele más: mientras en España la desocupación sigue bajando en términos interanuales, en Cataluña sube respecto al mismo periodo del año anterior. La comunidad no solo corre menos, sino que además se mueve en dirección contraria a la media. Ese desacople, con los datos de la EPA que publica el INE, rompe un patrón que se había mantenido durante buena parte de la recuperación posterior a la pandemia.

La divergencia obliga a revisar el peso relativo de la industria, el comercio y los servicios en la estructura productiva catalana, y también a preguntarse si las políticas activas de empleo están llegando a quien las necesita. No es una cuestión menor en un territorio donde el desempleo de larga duración y el juvenil siguen siendo la asignatura pendiente. La foto del tercer trimestre no explica por sí sola el fenómeno, pero sí marca el tono del otoño.

Un mercado laboral no se mide por el empleo que crea en temporada alta, sino por lo que hace con quienes se quedan fuera cuando termina.

El aviso de Foment y el calendario que viene

Foment no se queda en el diagnóstico. En su nota reclama ‘reforzar la capacidad de generación de oportunidades del tejido productivo’ y ‘muscular las políticas activas’ para poder absorber el crecimiento de la población activa. Traducido al terreno práctico: más orientación, más formación vinculada a lo que piden las empresas y menos distancia entre lo que ofrece el Servei d’Ocupació de Catalunya y lo que demanda el mercado. El mensaje va dirigido tanto al Govern como a los agentes sociales.

El momento no es casual. La advertencia llega cuando el Ejecutivo autonómico tiene pendiente fijar sus prioridades de gasto para 2027 y cuando el debate económico catalán vuelve a girar alrededor de la financiación y de la inversión en infraestructuras. Las políticas activas de empleo son, casi siempre, la primera partida que se queda corta en las cuentas públicas: cuestan dinero ahora y rinden a medio plazo, un perfil políticamente ingrato. Sin embargo, son el único instrumento que actúa sobre la brecha entre la gente que busca trabajo y los puestos que quedan vacíos.

Hay un riesgo evidente en la lectura catastrofista. Un trimestre malo no invalida la tendencia de fondo ni convierte a Cataluña en un caso perdido; la mayoría de los indicadores de coyuntura apunta en la misma dirección. Pero tampoco conviene despacharlo con un encogimiento de hombros. La comparación con 2012 y con 2020 no es retórica: sirve para medir la excepcionalidad del registro. Y el hecho de que España siga reduciendo el paro interanual mientras Cataluña lo aumenta debería encender alguna luz en el Palau de la Generalitat.

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La próxima entrega de la EPA, la del cuarto trimestre, se conocerá a finales de enero y servirá para confirmar si esto es un bache o el inicio de algo más serio. Hasta entonces, el mercado laboral catalán afronta los meses de menos contratación con la población activa al alza y el tejido productivo sin acelerar. La pelota está en el tejado de las políticas activas, y el reloj corre.