El desafío de inteligencia para Europa ha dejado de ser hipotético. La lección la escriben conflictos recientes con letra de plomo: Estados Unidos sigue siendo el actor militar más poderoso del sistema de alianzas occidental, pero sus límites estratégicos han quedado expuestos y ya no son una especulación. Para los servicios europeos, esto impone una redefinición de su doctrina, sus prioridades operativas y su encaje dentro de la OTAN, como subraya un análisis de intelNews.org fechado hoy 5 de mayo.
Lo he escrito en más de una ocasión desde esta tribuna: la planificación de defensa europea ha vivido durante décadas bajo el paraguas cómodo de la inteligencia estadounidense. La CIA, la NSA y el ODNI eran los que proporcionaban el grueso de la evaluación de amenazas a largo plazo. Ahora ese modelo cruje. Y no es un simple ajuste presupuestario, sino un cambio tectónico en el equilibrio de la alianza.
Si usted ha seguido de cerca la evolución de los frentes abiertos —desde Ucrania hasta el mar Rojo— habrá notado la fatiga de material y la dispersión de la atención de Washington. El Pentágono ya no puede garantizar la cobertura de inteligencia simultánea en todos los teatros; el pivote hacia el Indo-Pacífico consume recursos que antes se destinaban a la vigilancia del flanco oriental europeo. Le pongo un ejemplo concreto: la dependencia de los satélites y del análisis SIGINT estadounidense para monitorizar los movimientos rusos en el Báltico ha quedado en entredicho tras las carencias que evidenció la campaña de invierno de 2024.
Una realidad incómoda: los límites operativos del Pentágono
Los informes internos que circulan en Bruselas y en los cuarteles generales de las agencias europeas lo plantean sin matices: el coloso militar sigue siéndolo, pero la multiplicación de crisis simultáneas ha desnudado su cadena de suministro de inteligencia. Europa no solo debe prepararse para defenderse, sino para entender por sí misma las amenazas. La dependencia del paquete de petición —donde los servicios europeos solicitaban análisis a sus homólogos estadounidenses— está dando paso a un esfuerzo de autonomía en el ciclo completo: recolección, análisis y acción.
Me consta por fuentes cercanas al Comité de Inteligencia de la OTAN que la cuestión ya no es si Europa debe asumir el relevo, sino cómo articularlo sin romper la interoperabilidad con el sistema Five Eyes. El desafío de inteligencia Europa es, en el fondo, un desafío de soberanía informativa. Porque quien controla la narrativa de la amenaza, controla la decisión de defensa.
Durante décadas las capitales europeas delegaron la mirada larga en Washington. Ha llegado el momento de levantar la vista y ver con sus propios ojos.
A eso se suma la urgencia de una bipolaridad estratégica —no ideológica, sino operativa— en la que Moscú y Pekín actúan como disruptores que explotan las costuras de la alianza. El Concepto Estratégico de la OTAN aprobado en Madrid en 2022 ya advertía del solapamiento de amenazas, pero no anticipó la velocidad del deterioro. Si usted cree que esta es solo una discusión de salón, permítame que le recuerde lo que supuso para Berlín, París y Roma la constatación de que su servicio exterior carecía de fuentes propias en el Donbás durante la primera fase de la invasión rusa.
El historial de dependencia que Europa arrastra desde la Guerra Fría

Esta no es la primera vez que se abre el debate. Ya en 1956, durante la crisis de Suez, la negativa de Washington a compartir inteligencia con Londres y París evidenció que la alianza no era un cheque en blanco. Sin embargo, la Guerra Fría posterior enterró la lección porque la amenaza soviética cohesionaba a todos. Hoy la desconfianza se cuela por las grietas de un sistema que ya no es unipolar ni en lo militar. Y los servicios de inteligencia europeos arrían la bandera de la subordinación técnica a regañadientes.
En aquellos años, la doctrina de la OTAN asignaba a cada miembro un papel de colección especializado: el BND alemán en contrainteligencia en el Este, el DGSE francés en África, el AISE italiano en el Mediterráneo. Pero la evaluación estratégica la cosía Langley. Ese modelo se rompe ahora porque los europeos descubren que los intereses de Washington no siempre coinciden con los suyos. La anexión de Crimea en 2014 ya fue un campanazo, pero la guerra a gran escala del 2022 convirtió la alerta en doctrina.
Quienes conocen los pasillos de la Comisión me confirman que la futura Brújula Estratégica revisada —prevista para la cumbre de La Haya de 2026— incluirá por primera vez una célula de fusión de inteligencia genuinamente europea, no un simple enlace con el Joint Analysis Centre de la OTAN en Molesworth. El reto no es menor: implica armonizar estándares de clasificación entre veintisiete servicios nacionales y renunciar a la comodidad de la línea directa con la NSA.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
Lo que estamos presenciando no es un mero reajuste administrativo. Estamos ante una recomposición del tablero de la inteligencia occidental con consecuencias de largo alcance para la seguridad europea. Y en esta casa lo analizamos desde la experiencia del oficio, sin ataduras institucionales.
El vector de amenaza que subyace a esta doctrina es polimórfico: no es un ciberataque ni una infiltración HUMINT al uso, sino una erosión de la confianza estratégica que deja a los aliados continentales sin la profundidad analítica que necesitan. Si tuviera que etiquetarlo, diría que es una reconfiguración doctrinal del reparto de cargas de inteligencia. Las agencias implicadas son, en primera línea, los servicios europeos que deben asumir el relevo —BND, DGSE, AISE, CNI, MI6— mientras la CIA y la NSA pasan de proveedoras únicas a socias en un sistema más simétrico. Los terceros que observan con indisimulada atención son el SVR y el GRU rusos, así como el MSS chino, cuyo objetivo desde hace años es profundizar las fracturas dentro de la Alianza Atlántica.
A juzgar por la naturaleza de las discusiones en curso y el nivel de los documentos que circulan en el Consejo de la OTAN, estimo que el material involucrado roza la clasificación de Secreto en la mayoría de los países. No hablamos de filtraciones operativas, sino de un debate doctrinal que toca la médula de la estructura de mando y control de la inteligencia aliada. El precedente histórico que mejor ilumina este momento es el de la Operación Gladio y los acuerdos bilaterales secretos que, durante décadas, permitieron a Washington mantener redes clandestinas en suelo europeo. La diferencia crucial es que ahora son las democracias europeas las que buscan su propio espacio de autonomía, aun a costa de tensiones con el único aliado que puede proyectar fuerza global.
Mi posición editorial es clara: el desafío de inteligencia para Europa es el precio de una adultez geoestratégica largamente pospuesta. Reconozco, sin embargo, que el camino está minado. La aritmética presupuestaria de los Veintisiete no acompaña, y la tentación de seguir confiando en el colchón estadounidense para el análisis de amenazas asimétricas —desde el terrorismo yihadista hasta los ataques híbridos del GRU— es muy fuerte. El riesgo de una atribución sesgada cuando Europa carezca de sus propias capacidades SIGINT y HUMINT de primer nivel es real. Por eso, el hito que realmente marcará el futuro no será la cumbre de La Haya, sino el próximo informe de capacidades del Centro de Inteligencia y Situación de la UE (INTCEN) previsto para finales de 2026. Allí se medirán las vergüenzas.
Nadie en La Moncloa lo dice en voz alta. Pero el CNI lo sabe bien: si este vuelco doctrinal se materializa, la exigencia de resultados sobre los hombroś de los servicios nacionales se multiplicará. España tendrá que decidir cuánto peso real quiere en ese nuevo tablero, y dejarse de brindis al sol.
