El déficit comercial de la Unión Europea con China alcanzó en 2025 los 1.000 millones de euros diarios, el doble que antes de la pandemia, y ha desatado un debate cada vez más agresivo en Bruselas sobre si Europa debe levantar barreras proteccionistas y con qué intensidad. La Comisión Europea ultima una respuesta que combina aranceles defensivos, política industrial y un posible uso del instrumento anti-coerción, mientras los líderes de los Veintisiete se preparan para una cumbre clave el próximo 18 de junio.
Un déficit que duplica las cifras prepandemia
Los datos macroeconómicos dibujan una brecha creciente. Según las estadísticas de Eurostat, el saldo negativo diario en bienes se duplicó respecto a los niveles de 2019, lastrado por la caída de las exportaciones alemanas y el aumento imparable de las importaciones desde el gigante asiático. En Alemania, la locomotora industrial europea, se perdieron 143.000 empleos industriales solo en 2025, un síntoma de la erosión que recorre fábricas y cadenas de suministro.
Desde la OCDE se ha constatado que las empresas chinas recibieron entre tres y ocho veces más subvenciones entre 2005 y 2024 que sus competidoras occidentales. Además, el 32% de las compañías industriales chinas registran pérdidas, lo que sugiere que sobreviven gracias al apoyo estatal. La moneda china, infravalorada entre un 15% y un 30%, abarata artificialmente sus exportaciones.
No obstante, el origen del superávit chino no es solo cambiario. El exceso de ahorro frente a la inversión interna genera una presión exportadora que el proteccionismo solo puede desviar, no eliminar. La ironía es que Alemania perfeccionó ese mismo modelo en la década de 2010 y aún hoy mantiene un superávit corriente cercano al 4,5% de su PIB, similar al chino.
Mientras, la situación política en Francia y Alemania añade presión: la ultraderecha lidera las encuestas y el malestar industrial se traduce en demanda de proteccionismo. El temor a represalias de Pekín frena a muchos gobiernos, pero el consenso de que “hacer frente a China será caro y esperar lo hará más caro” gana terreno.
Las herramientas de Bruselas: aranceles, subvenciones y el debate del ‘Buy European’

La UE ya ha activado varias palancas. El pasado 8 de junio se aprobaron aranceles al acero, y desde 2024 los vehículos eléctricos chinos soportan tarifas adicionales tras una investigación sobre subvenciones. Bruselas también bloqueó contratos públicos de dispositivos médicos chinos en represalia por la exclusión de empresas europeas del mercado chino.
Pero la caja de herramientas actual resulta insuficiente para muchos. Un funcionario comunitario comparó las medidas antisubvenciones —caso por caso, recurribles— con “sacar agua del barco con una cucharita”. La Comisión estudia ahora ampliar las investigaciones a grupos de productos más amplios e incluso invertir la carga de la prueba: cuando los datos macroeconómicos apunten a un exceso de subvenciones, la empresa afectada debería demostrar que no las ha recibido.
Otra vía es el llamado “instrumento contra la sobrecapacidad”, que se activaría ante producciones que superen toda justificación económica. El concepto es vago y puede resultar inviable, advierten los expertos. Mientras, el Centre for European Reform propone una versión europea de la Sección 301 estadounidense, que permite aranceles generales contra prácticas que perjudiquen el comercio.
A estas medidas defensivas se suma la política industrial. Bruselas ha introducido cláusulas de contenido local en la contratación pública y refuerza las cadenas de suministro de semiconductores. Los gobiernos nacionales añaden ayudas propias. “Esa combinación supone un cambio intelectual importante”, sostiene Shahin Vallée, del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores.
Europa se enfrenta a un dilema: acelerar el desacople para ganar margen de maniobra o tolerar represalias que paralicen sectores enteros.
El Eje del Poder Europeo
La fractura en el seno de la UE es conocida pero más compleja que el viejo eje norte-sur. Alemania, que ha pasado de la complacencia a una postura más firme frente a China, teme que las represalias dañen su industria automovilística y química. Los países frugales del norte insisten en mantener la disciplina fiscal y rechazan subvenciones masivas que distorsionen aún más el mercado único.
España adopta una posición matizada. Fuentes del Ejecutivo consultadas por Moncloa.com subrayan que el nuevo orden mundial debe dar cabida a una China poderosa y que las medidas deben dirigirse exclusivamente contra prácticas claramente desleales. Madrid aboga por no romper puentes comerciales que son vitales para sectores como el porcino o el vino, y recela de una escalada que perjudicará de manera asimétrica a los países del sur, más dependientes de la demanda china en algunos nichos.
El precedente de la guerra comercial entre EE. UU. y China invita a la cautela: los aranceles no frenaron el superávit chino y trasladaron el problema a otros mercados. En este escenario, la UE se juega más que una disputa comercial: está definiendo si mantiene su modelo de apertura regulada o se repliega hacia una autonomía estratégica que exigirá costes ingentes. La cumbre del 18 de junio será la primera prueba de fuego para medir hasta dónde quieren llegar los Veintisiete.

