La mañana era fría, de esas que en Salamanca hielan las piedras de las fachadas platerescas. Dentro del paraninfo de la Universidad, sin embargo, el calor de los cuerpos apretujados en los bancos de madera generaba un ambiente denso. Estudiantes, profesores, algún fraile dominico y varios curiosos aguardaban en silencio a que el catedrático de Prima de Teología tomara la palabra. Era 1539. Francisco de Vitoria, un hombre de complexión robusta y mirada serena, se ajustó el hábito blanco y negro de los dominicos y empezó a hablar. Aquella lección, una de sus famosas relectiones, estaba destinada a cambiar la forma en que Europa entendía el mundo recién descubierto.
No hubo gestos teatrales ni adornos vacíos. La voz de Vitoria era pausada pero firme, y lo que dijo aquella mañana desmontaba siglos de argumentos: ni el Papa ni el Emperador tenían potestad para desposeer a los indios de sus tierras. La idea era tan sutil como explosiva. En aquella Reletio de Indis —con una ‘c’ silenciosa que la posteridad restituiría—, el dominico plantaba la semilla del moderno derecho de gentes.
Capítulo I: La palabra que estremeció el aula
Francisco de Vitoria no era un agitador, pero sus palabras inquietaban. Había llegado a la cátedra de Prima de Teología de Salamanca en 1526, tras un periplo europeo que lo había empapado de las corrientes más vivas del pensamiento escolástico y humanista. Para 1539, su autoridad era indiscutible. Se dice que el Emperador Carlos V le consultaba en los debates indianos, aunque la evidencia documental es esquiva.
El escenario de la relectio era un ritual universitario: una disertación pública donde el catedrático exponía un tema monográfico ante toda la escuela. La elegida aquel año se conoce como De Indis —o De los indios— y no era una mera cuestión teológica: España se repartía un continente a golpe de espada y requerimiento, y la conciencia de muchos, empezando por ciertos frailes misioneros, ya sangraba.
En la penumbra del paraninfo, el olor a cera y a tinta fresca se mezclaba con el de la lana húmeda. Los estudiantes, envueltos en sus capas, tomaban notas sobre tablillas de madera encerada. Vitoria habló en latín, como era norma, pero su razonamiento alcanzaba lo esencial: ¿con qué derecho los españoles se habían apoderado de aquellas tierras? No dio una respuesta cómoda. Negó el título universal del Papa sobre los infieles, negó que la simple donación de Alejandro VI en las bulas de 1493 bastase, y afirmó que los indios eran vere domini, verdaderos dueños de sus bienes, antes de la llegada de Colón.
La tesis era atrevida. No condenaba la conquista en bloque, pero sí le exigía un fundamento jurídico y moral que la simple codicia no podía ofrecer. El aula, según crónicas indirectas, quedó en un silencio de plomo. Ningún monarca ni virrey se esperaba aquello.
Capítulo II: De Burgos o Vitoria a los pies de París
La biografía de Vitoria está cosida con hilos borrosos. Se cree que nació en Burgos hacia 1483, aunque otras fuentes sitúan su cuna en la propia Vitoria alavesa. Lo cierto es que muy joven tomó el hábito de la Orden de Predicadores, los dominicos, y encaminó sus pasos al convento de San Pablo de Burgos, donde su talento para el silogismo medieval quedó pronto al descubierto.
A principios del siglo XVI, la formación de un teólogo de altura pasaba por París. Vitoria ingresó en el colegio de Saint-Jacques, la casa de los dominicos en la Sorbona, hacia 1507. Allí estudió bajo la luz del nominalismo y de los comentarios de Pedro Crockaert y Juan Maior, dos figuras que afilaban el método escolástico con los nuevos aires renacentistas. Obtuvo la licenciatura y el doctorado, y llegó a dictar cátedra en la propia Universidad de París.
En las aulas parisinas conoció los debates sobre los límites del poder temporal y espiritual que tanto le obsesionarían luego. Vio nacer, también, la influencia de los humanistas que releían a Cicerón y a Séneca buscando una moral laica. Con ese bagaje, regresó a Castilla en 1523.
Su primer destino fue el Colegio de San Gregorio de Valladolid, pero pronto le reclamó la más poderosa de las universidades peninsulares: Salamanca. Allí ocuparía, a partir de 1526, la cátedra de Prima de Teología, la más prestigiosa de la monarquía. Desde ese púlpito académico, su voz alcanzaría a juristas, confesores y consejeros reales.

Capítulo III: La pregunta que nadie se atrevía a formular
El siglo XVI era un tablero de contradicciones. Los reyes de Castilla se proclamaban defensores de la fe, pero las noticias que llegaban de las Indias eran estremecedoras. El sistema de encomiendas diezmaba a la población nativa; el requerimiento —un documento leído a los indígenas sin intérprete— pretendía salvar las apariencias jurídicas. Fray Bartolomé de las Casas clamaba en el desierto. Y en Roma, el Papa permanecía en silencio.
Vitoria no podía ignorar esa realidad. Sus lecciones ordinarias ya rozaban los temas escabrosos. Pero fue en la Relectio de Indis donde expuso, ante una audiencia que incluía a juristas consejeros del Rey, la pregunta incómoda: ¿era legítima la presencia española en América?
La respuesta la despiezó en varios artículos. Descartó que la simple donación papal concediera soberanía. El Papa, sostenía, no tenía potestad temporal sobre los infieles, porque el poder espiritual no confería jurisdicción civil. Tampoco aceptaba el argumento de la infidelidad: el pecado no privaba del dominio, como no se le arrebata la casa a un hereje europeo. La misma lógica se aplicaba al Emperador: tampoco Carlos V era señor del orbe por derecho divino. Veinte años antes, la Junta de Burgos de 1512 había elucubrado algo parecido, pero ahora Vitoria lo sentaba con el peso de la cátedra de Salamanca.
Pero no se quedó en la negación. Pasó a enumerar los títulos legítimos que podrían justificar la presencia española. El más citado: el derecho a predicar el Evangelio sin impedimentos, siempre que la evangelización se hiciera pacíficamente. Otros: el ius peregrinandi —el derecho de todo hombre a viajar y comerciar—, la defensa de inocentes ante prácticas abominables como los sacrificios humanos, o la alianza con pueblos que voluntariamente desearan someterse al Rey de Castilla. Eran títulos estrechos, siempre subordinados al principio del bien común y sin excusa para la violencia desmedida.
Capítulo IV: La relectio que desestabilizó un imperio
El impacto fue inmediato y silencioso a la vez. Inmediato porque las copias manuscritas de la Relectio de Indis circularon con rapidez por las cancillerías; silencioso porque a ningún monarca le convenía airear unas tesis que cuestionaban la legitimidad de media Corona. El Emperador, según la tradición, hizo llegar a Vitoria una carta —no conservada— en la que se quejaba de que tales ideas envalentonaran a los conquistadores díscolos y confundieran la labor de evangelización.
En el texto, Vitoria se movía con la precisión de un cirujano. Había leído a Tomás de Aquino, a Aristóteles, a los juristas del derecho romano y a los nominalistas. Conocía las crónicas de Indias, probablemente las de Gonzalo Fernández de Oviedo y las cartas de los primeros misioneros. Y con ese arsenal, desmontaba uno a uno los argumentos que durante cuarenta años habían sostenido la expansión atlántica.
Lo más revolucionario no era la condena de los abusos —eso ya lo hacían otros—, sino la afirmación del dominium indígena. Si los indios eran verdaderos dueños de sus tierras y bienes, entonces todo acto de expropiación sin causa justa era hurto. Si tenían gobernantes legítimos, deponerlos por la fuerza constituía tiranía. Vitoria, sin quererlo —tampoco lo deseaba—, les otorgaba a los pueblos americanos una personalidad jurídica que el derecho europeo les negaba.

No era un pacifista absoluto. Dejaba abierta la puerta a la guerra justa, pero con candados. Precisamente, en la Relectio de jure belli, dictada quizá el mismo año o el siguiente, afinó los criterios.
Capítulo V: Los resortes de la guerra justa
La guerra, para Vitoria, no era un instrumento de ambición. Debía reunir tres condiciones: autoridad legítima, causa justa y recta intención. Y añadía, con un rigor que hoy llamaríamos «proporcionalidad» o «último recurso», que la guerra solo se justifica si el daño infligido es menor que el bien que se busca, y cuando no cabe otro medio.
En el contexto de las Indias, esto limitaba cualquier avance militar. Si los indios no atacaban primero, si no impedían a los predicadores el paso o si no violaban la ley natural de forma flagrante, la guerra contra ellos era ilícita. Incluso cuando la guerra era justa, la conducción debía ser moderada: se prohibía matar a inocentes, se obligaba a restituir los bienes usurpados y se debía perseguir la paz y no el aniquilamiento.
Muchos colegas de la Escuela de Salamanca —Domingo de Soto, Melchor Cano— siguieron su estela. Hugo Grotius, medio siglo después, bebió de sus escritos para construir un derecho de gentes secularizado. Pero en vida de Vitoria, sus lecciones no se imprimieron; circularon como manuscritos, copiados a veces al dictado, con glosas y errores. No fue hasta 1557, once años después de su muerte, cuando sus Relectiones theologicae vieron la luz en Lyon.
Capítulo VI: El legado silencioso
Francisco de Vitoria murió en Salamanca el 12 de agosto de 1546. Tenía alrededor de sesenta y tres años y una obra dispersa en legajos que los estudiantes de medio mundo se rifaban. Su funeral reunió a la flor del claustro universitario, y los cronistas recogen que su sencillez de fraile contrastaba con la magnitud de lo perdido.
El siglo siguiente le hizo sombra. El debate indiano se trasladó a otros escenarios y los teóricos de la razón de Estado, como Maquiavelo o Bodin, marcaron el paso. Sin embargo, en las aulas salmantinas quedó poso. Los jesuitas, hasta su expulsión, continuaron sus lecciones sobre la guerra justa. Y en el siglo XX, cuando tras la Segunda Guerra Mundial se erigieron los tribunales internacionales, muchos volvieron la vista a aquel dominico que, en un paraninfo helado, ya había exigido que la conciencia rigiera sobre la fuerza.

Las fuentes primarias están desperdigadas. Los manuscritos originales de las relectiones desaparecieron, y solo quedan copias tardías. El Archivo de la Universidad de Salamanca custodia algunos apuntes de sus discípulos, y la Biblioteca Nacional conserva ejemplares de las ediciones lionesas. No hay una carta autógrafa del Emperador que le reprochara su atrevimiento; la anécdota, repetida desde el siglo XVII, quizá sea leyenda. Pero lo que sí quedan son sus palabras, reproducidas sin la contundencia del latín oral pero con una solidez que aún interpela: el poder no tiene derecho a todo.
Desde Moncloa.com nos preguntamos cuántas lecciones de 1539 aguardan en los archivos, aún sin descifrar.

