Europa se encuentra en una encrucijada existencial. Así lo plantea el último análisis de la revista Foreign Affairs, que diagnostica un continente asediado por tres potencias —Estados Unidos bajo Trump, Rusia y China— y por un auge populista que amenaza el proyecto de integración. La única salida, según el texto, es completar la unión política y militar con un salto federal, inspirado en las propuestas de Mario Draghi y liderado por Alemania.
El documento, que circula ya en círculos diplomáticos de Bruselas y Madrid expone que la OTAN podría quedar vaciada si Washington sigue reduciendo su compromiso. Los tambores de guerra en Irán, la crisis energética derivada y la presión migratoria no dejan margen para medias tintas.
La triple amenaza externa: Washington, Moscú y Pekín
La administración Trump ha dejado claro que la protección estadounidense no es un cheque en blanco. En diciembre de 2025, según revela el artículo, oficiales del Pentágono comunicaron a interlocutores europeos que la Alianza debe asumir el liderazgo para 2027, sugiriendo que la alianza transatlántica podría estar llegando a su fin. Al mismo tiempo, Washington lanzó una guerra contra Irán sin consultar a sus socios, desatando una crisis energética global que golpea de lleno a la industria europea.
Rusia, por su parte, intensifica su agresión más allá de Ucrania. Misiles y drones rusos han penetrado espacio aéreo de la UE, interrumpiendo operaciones en aeropuertos como los de Múnich y Copenhague. Las campañas de cibersabotaje del Kremlin son ya una constante. Y la creciente alineación de Moscú con Pekín, simbolizada por los ejercicios conjuntos chinos en Bielorrusia en 2024, dibuja un único desafío estratégico para Bruselas. En palabras del análisis, una posible colusión entre Trump, Putin y Xi podría desembocar en una nueva guerra de grandes potencias, un reparto de esferas de influencia al estilo de Yalta o un caos hobbesiano que disolvería el orden internacional.
La renovada agresividad de estas potencias no es solo militar. Pekín presiona con su músculo comercial y tecnológico, mientras Moscú utiliza la desinformación y la migración provocada como arma. La UE, fragmentada y dependiente de la unanimidad, carece de la agilidad necesaria para responder.
El riesgo no es una hipotética invasión rusa de los Bálticos, sino la lenta erosión de la voluntad colectiva europea que permita a Washington, Moscú y Pekín dictar las reglas del tablero.
El populismo que desgarra desde dentro
La amenaza interna no es menos grave. El artículo describe cómo la inseguridad económica y la inmigración están alimentando un nacionalismo populista que podría desmantelar el proyecto europeo. En Francia, Marine Le Pen y su Reagrupamiento Nacional lideran las encuestas, mientras el país ha consumido cinco primeros ministros en dos años. En Alemania, Alternativa para Alemania (AfD) empata con los democristianos en intención de voto, y por primera vez desde 1945 la extrema derecha podría alcanzar la cancillería en 2029. Italia, con Giorgia Meloni, muestra cierta estabilidad, pero la Liga de Matteo Salvini y el Movimiento 5 Estrellas amenazan con una coalición anti-UE impredecible.
La paradoja es letal: Europa necesita inmigración para paliar la crisis demográfica y sostener el crecimiento, pero la incapacidad para integrar a los recién llegados envenena el debate político y fortalece a los populistas. El plan Draghi elude momentáneamente este nudo gordiano y apuesta por reformas económicas y sociales que generen la prosperidad necesaria para abordar la migración en una fase posterior.
En el Reino Unido, Reform UK de Nigel Farage gana posiciones y podría arrebatar Downing Street a un gobierno laborista en apuros, deshaciendo los acuerdos de defensa y migración firmados con Bruselas.

Equilibrio de Poder
La propuesta de integración acelerada que plantea el influyente semanario no es un ejercicio académico. Coloca a la Unión Europea ante un espejo incómodo: o da el salto federal o se convierte en un espacio económico sin peso geopolítico. La clave está en las reformas que Mario Draghi presentó en 2024 a la Comisión Europea: un mercado único de energía, una política común de defensa, inversiones masivas en inteligencia artificial y la eliminación del derecho de veto en decisiones clave, incluyendo las de seguridad. Solo un liderazgo alemán decidido, encarnado por el canciller Friedrich Merz, puede forzar esa transformación. Merz, que ya ha medido fuerzas con Trump en Groenlandia e Irán, entiende el lenguaje del poder y comparte la urgencia. Sin embargo, la cuadratura del círculo pasa por convencer a socios como Francia, paralizado por su crisis política, y a Italia, reacia a ceder soberanía.
Para España, este rediseño del tablero tiene implicaciones inmediatas. Madrid siempre ha sido partidario de una mayor integración europea, pero el salto cualitativo que sugiere Foreign Affairs exigiría un incremento sustancial del gasto en defensa —más allá del 3% del PIB que ya se debate— y una revisión de su doctrina de seguridad. La base de Rota y el control de la frontera sur, con Marruecos como socio estratégico pero impredecible, convierten a España en un actor crucial para la autonomía estratégica de la UE. El flanco del Sahel, donde la influencia rusa crece a través de Wagner y sus sucesores, y el nexo energético con Argelia obligan a Madrid a asumir responsabilidades que hasta ahora delegaba en la OTAN liderada por Washington. Si el paraguas estadounidense se retira, la defensa del Estrecho y de las rutas marítimas atlánticas recaerá en una capacidad europea que aún no existe.
La lectura a 5-10 años es nítida. Europa se encamina hacia una bifurcación: consolidación federal o fragmentación bajo gobiernos nacional-populistas. El antecedente histórico más inquietante es la Conferencia de Yalta de 1945, donde las grandes potencias se repartieron el continente. Si Trump, Putin y Xi logran imponer una lógica similar, los países europeos quedarán convertidos en peones. La única vacuna, según Draghi y ahora refrendado por el análisis, es actuar cada vez más como un solo Estado. La próxima gran cita será la cumbre del Consejo Europeo de otoño, donde Merz deberá traducir esta ambición en propuestas concretas. Moncloa, entretanto, afina su posición: apoyará la integración, pero intentará modular el ritmo para que no descarrile la legislatura.

