Bill Pulte planea recortes masivos en la ODNI y siembra el caos en la inteligencia de EE.UU.

El nuevo director interino solicita la lista de empleados para evaluar despidos y eliminará 300 puestos en el Centro Nacional de Lucha contra el Terrorismo. La medida desencadena alarmas bipartidistas y críticas de John Sipher, ex alto cargo de la CIA.

El 18 de junio, Bill Pulte se presentó un día antes de lo previsto en Liberty Crossing, la sede de la Oficina Nacional de Inteligencia (ODNI), y pidió la lista completa de empleados para decidir a quién despedir. Dos fuentes consultadas por CNN confirmaron que el nuevo director interino —sin experiencia en el oficio ni la habilitación de seguridad pertinente— tiene previsto eliminar 300 puestos del Centro Nacional de Lucha contra el Terrorismo (NCTC) en las próximas semanas. Esos recortes masivos han encendido las alarmas bipartidistas en Washington, hasta el punto de que el Congreso se niega a renovar un programa de vigilancia electrónica antiterrorista mientras Pulte esté al frente del espionaje estadounidense.

Un director sin oficio y sin habilitación: Pulte aterriza en Liberty Crossing

Lo veo como un terremoto, no como un simple cambio de cromos. Pulte, un leal a Trump sin recorrido alguno en el oficio, compagina la dirección interina de la ODNI con la presidencia de la Agencia Federal de Vivienda (FHFA), desde donde ha investigado las finanzas personales de figuras incluidas en la lista de enemigos del presidente. Entre sus primeras demandas en Liberty Crossing estuvieron llevarse a casa el President’s Daily Brief —el informe de inteligencia más clasificado—, un equipo de protección personal y un avión gubernamental propio, según fuentes de CNN. Un mando de inteligencia con décadas a sus espaldas me lo resumió con crudeza: «Es como poner al dentista a pilotar un portaaviones». Le pongo en antecedentes: un director de inteligencia sin habilitación y más preocupado por la logística de sus desplazamientos que por el análisis de amenazas es, a todos los efectos, un boquete en el sistema de clasificación.

No es solo otro nombramiento desafortunado, escribió el ex alto ejecutivo de operaciones de la CIA John Sipher en un artículo de opinión en The New York Times recogido por SpyTalk. «Es una advertencia sobre cómo esta administración ve la inteligencia: no como un instrumento sobrio de seguridad nacional, sino como un almacén de secretos inconexos que pueden ser seleccionados, despojados de contexto y utilizados contra los enemigos del presidente», tradujo Sipher. Tengo claro que esa descripción encaja con la doctrina que Trump muestra desde su primera presidencia, cuando despidió al director del FBI James Comey por no profesarle lealtad. Ya advertí en El quinto elemento que la politización de los servicios de inteligencia es la antesala del desastre.

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El coste político: el Congreso bloquea y la comunidad se desangra

Bill Pulte

El coste inmediato de este nombramiento se ha materializado en el Capitolio. Los legisladores, con una inusual unanimidad bipartidista, han vinculado la prórroga de un programa de vigilancia electrónica antiterrorista —que ya arrastraba problemas legales— a la salida de Pulte de la ODNI. La parálisis no solo afecta a una herramienta técnica; lanza un mensaje a los aliados: Washington está poniendo en cuarentena a su propia comunidad de inteligencia. La ODNI coordina a dieciocho agencias que producen el flujo diario de alertas para el presidente y para los socios del Five Eyes. Sin ese flujo la arquitectura de seguridad colectiva se tambalea.

Este caos no es un hecho aislado. La anterior directora, Tulsi Gabbard, aprovechó sus últimas horas para desclasificar documentos recortados sobre el doctor Anthony Fauci y resucitar la vieja desinformación rusa sobre los laboratorios biológicos en Ucrania, según informó el periodista Jason Leopold y la propia ODNI. Mientras tanto, el FBI pierde a más de 3.500 agentes desde el regreso de Trump, muchos forzados a dimitir por razones partidistas. La purga alcanza todos los escalones de la maquinaria de inteligencia, y los más veteranos temen que los programas más sensibles acaben expuestos por puro desgaste institucional.

La reforma que se está aplicando en Washington no es tal; es un desguace interno, y el ruido de los martillazos solo lo oyen los aliados que dependen de sus informes.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra

En el plano del oficio, lo que está ocurriendo en la ODNI es una infiltración política con mayúsculas. El vector de amenaza no es un cero-day ni un agente durmiente, sino la captura del aparato de inteligencia por parte del poder ejecutivo para fines partidistas. Ese riesgo, que los manuales de contrainteligencia tratan como “insider amenaza desde la cúpula”, se materializa cuando el máximo responsable decide qué secretos se cocinan, qué informes se alteran y qué personal se purga. Si usted ha seguido la trayectoria de Trump, sabrá que no es la primera vez: ya en 2019 presionó para que se rebajara la precisión del huracán Dorian en los mapas de la NOAA; ahora, la inteligencia es el nuevo campo de juego.

Cuando un servicio de inteligencia se convierte en una agencia de colocación de leales, el enemigo exterior deja de necesitar espías: le basta con leer los despidos.

El servicio atacante, en este caso, es la propia Administración Trump utilizando a un hombre sin escrúpulos técnicos pero con lealtad probada. El servicio defensor es la comunidad de inteligencia profesional, el cuerpo de analistas y operativos que llevan décadas generando producto bajo estándares rigurosos. El tercer actor —quien observa con verdadera atención— no es solo Moscú o Pekín, sino los aliados del Five Eyes: Londres, Canberra, Ottawa y Wellington. Ellos confían en que el material de la ODNI no esté contaminado por intereses políticos. Si pierden esa confianza, empezarán a compartir menos y a filtrar más.

He consultado a fuentes próximas al CNI, y me confirman que la inquietud es real. España recibe una porción significativa de su inteligencia antiterrorista y sobre el Magreb a través de los canales de cooperación con Estados Unidos. Si Washington empieza a introducir sesgo partidista en sus informes —o simplemente deja de producirlos con la calidad anterior—, la seguridad del flanco sur, con Marruecos como actor clave, se resiente. No es ciencia ficción: ya ocurrió en 2003 con los informes sobre Irak cocinados a la carta de la Casa Blanca, y las consecuencias las pagó la credibilidad de todos los servicios occidentales.

El nivel de clasificación estimado de este desastre es, en sí mismo, de compartimentación máxima. El President’s Daily Brief, que Pulte quería llevarse a casa, contiene inteligencia de fuentes y métodos que un solo descuido podría quemar. Si el personal que genera ese material es despedido sin protocolo, el riesgo de filtración —o de pérdida de conocimiento corporativo— se multiplica. Un ex oficial de la CIA consultado por The Wall Street Journal advierte que, si se exponen programas secretos legítimos, “empezarás a ver cosas que no deberían discutirse, cosas reales y verdaderamente sensibles”.

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Me remito a un precedente que todo veterano del oficio recuerda: la guerra de Irak. Entonces, las presiones políticas deformaron las estimaciones de inteligencia y el mundo pagó un precio alto. Aquel episodio, con un Estamento de Inteligencia Nacional (NIE, en sus siglas en inglés) que dibujó amenazas inexistentes para satisfacer a la Casa Blanca, fue el pecado original que erosionó la confianza global en la inteligencia estadounidense. Ahora, con un director interino que desconoce el oficio y que pregunta por su avión antes que por la estructura de amenazas, el riesgo de que la ODNI se convierta en una agencia al servicio electoral es real. Si los aliados empiezan a tratar los informes de Washington con la misma desconfianza que dedican a los de Moscú, habremos entrado en una nueva era de incertidumbre estratégica.

Permítame un cierre nada tranquilizador: el próximo informe de daños de esta crisis va a depender de cuánto tarde el Senado en exigir un director con habilitación de seguridad y trayectoria acreditada. Hasta entonces, la ODNI seguirá siendo un barco sin capitán en medio de una tormenta de despidos. Desde esta tribuna lo he dicho y lo repito: la inteligencia no es un botín de guerra, es el colchón que evita que la guerra llegue a nuestras calles. Y ahora, ese colchón se está descosiendo.