EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Un grupo yihadista asaltó el aeropuerto Diori Hamani de Niamey el pasado jueves 18 de junio, matando a 13 personas, de ellas 11 militares.
- ¿Quién está detrás? La filial de Al Qaeda en el Sahel, JNIM, reivindicó el ataque. La Alianza de Estados del Sahel (AES) acusa a “patrocinadores estatales extranjeros” sin dar nombres.
- ¿Qué impacto tiene? Escala la tensión en la región, enfrenta a la AES con Francia y sus aliados, y consolida el vínculo con Rusia, que ya ha mostrado su respaldo.
El asalto al principal aeropuerto de Níger ha reabierto la crisis de seguridad en el corazón del Sahel. El pasado jueves, un comando armado irrumpió en la terminal internacional Diori Hamani, en Niamey, desatando un tiroteo que se saldó con 13 víctimas mortales. Según el Ministerio de Defensa nigerino, entre los fallecidos se cuentan 11 efectivos de las fuerzas de seguridad y dos civiles. Otros cuatro resultaron heridos y al menos dos decenas de asaltantes fueron abatidos durante la respuesta.
Diori Hamani es, además de la puerta aérea del país, una base militar que ya había sufrido un ataque similar en enero, cuando combatientes del Estado Islámico intentaron tomar las instalaciones y veinte milicianos perdieron la vida en un intercambio de fuego. En aquella ocasión, las fuerzas rusas desplegadas en Níger ayudaron a repeler la agresión.
El grupo Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), vinculado a Al Qaeda, ha reivindicado la autoría de este último ataque, según reportó la cadena RT. Su objetivo, de acuerdo con el comunicado de la organización, era debilitar a las fuerzas armadas nigerinas y revertir lo que consideran una derrota en el campo de batalla contra los yihadistas en la región.
La acusación de Traoré: ‘patrocinadores extranjeros’ y el respaldo ruso
El presidente de la Alianza de Estados del Sahel, Ibrahim Traoré, reaccionó con contundencia. En una declaración publicada el sábado, calificó el asalto de “agresión cobarde y pérfida” y acusó directamente a “patrocinadores estatales extranjeros” de estar detrás del intento de toma del aeropuerto. Aunque no mencionó a ningún país por su nombre, Traoré subrayó que estos ataques “dirigidos a distancia” fortalecen la unión de la AES “en su lucha por preservar la integridad territorial, proteger a las poblaciones y garantizar una paz duradera en el espacio del Sahel”.
Las palabras de Traoré se alinean con las del líder nigerino, el general Abdourahamane Tchiani, quien en enero acusó a Francia y a los vecinos Benín y Costa de Marfil de patrocinar la violencia. Aunque Benín ha negado sistemáticamente servir de centro logístico para operativos respaldados por París, la desconfianza entre los países sigue enquistada.
Rusia no tardó en sumarse a la condena. La portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, expresó el sábado la solidaridad de Moscú con Niamey y denunció el ataque como un intento de “minar la estabilidad de la Alianza de Estados del Sahel”. La declaración refleja la creciente influencia de Moscú en la región, donde soldados rusos ya colaboran con las fuerzas locales desde que la junta militar expulsó a las tropas francesas.
La AES no da nombres, pero la trayectoria de acusaciones contra Francia y sus aliados deja poco margen a la ambigüedad.

Equilibrio de Poder
El ataque del 18 de junio se produce en un tablero donde los equilibrios geopolíticos del Sahel se han transformado en apenas tres años. La formación de la AES en 2023, impulsada por Níger, Mali y Burkina Faso, enterró la arquitectura de seguridad liderada por Francia y la CEDEAO, y abrió paso a nuevos socios militares. El más visible es Rusia, pero también asoman China y Turquía. Mientras tanto, Washington observa desde la distancia, preocupado por la expansión del yihadismo pero sin voluntad de implicarse directamente.
Para España este conflicto no es lejano. La inestabilidad en el Sahel alimenta las rutas migratorias hacia el norte, que presionan sobre Marruecos y, en último término, sobre las costas españolas. Además, la frontera sur de la UE tiene en esta región una de sus principales amenazas terroristas. Cualquier vacío de poder en el Sahel lo llenan actores no alineados con Europa. Lo vimos en Mali, donde la llegada de Wagner —hoy rebautizado como Africa Corps— coincidió con un deterioro de la seguridad y un aumento de los abusos contra civiles.
El riesgo inmediato es que los patrocinadores extranjeros, reales o percibidos, alimenten una guerra por delegación. Si JNIM y otros grupos yihadistas consiguen golpear la capital de Níger con este nivel de audacia, la AES se verá empujada a cerrar aún más su espacio aéreo y a profundizar la cooperación militar con Rusia. Eso, a su vez, puede aislar todavía más a estos países de la comunidad internacional y de los programas de cooperación al desarrollo de la UE, que son una fuente de estabilidad. La cumbre de la AES prevista para julio será el termómetro de hasta dónde están dispuestos a llegar.
En el triángulo Washington-Moscú-Bruselas, Moscú capitaliza cada atentado como una prueba del fracaso occidental. La Casa Blanca, centrada en el Indo-Pacífico y en una Europa del Este más tensa, apenas dedica recursos al Sahel. Bruselas, por su parte, sigue tratando de mantener canales abiertos mientras ve cómo su influencia se evapora. En Moncloa, la lectura es que la seguridad del flanco sur debe seguir siendo prioritaria, aunque las últimas cumbres de la OTAN no logran traducir esa urgencia en recursos concretos.
Mientras tanto, las familias de las 13 víctimas reclaman respuestas. La AES promete justicia, pero sin pruebas los patrocinadores permanecen en la sombra.

