Calderón de la Barca: dramaturgo y soldado del Siglo de Oro

Estuvo en el asedio de Breda con las lanzas del marqués de Spinola mientras el rey aplaudía sus primeras comedias. La vida del autor de 'La vida es sueño' fue tan convulsa como sus versos.

El 5 de junio de 1625, el frío de Flandes no daba tregua ni siquiera en la antesala del verano. Ante la puerta de la ciudadela de Breda, un gentío de soldados españoles, italianos, valones y alemanes observaba cómo el gobernador holandés, Justino de Nassau, tendía la llave de la plaza a un Ambrosio Spinola que lucía su armadura negra reluciente. Entre los tercios que habían asfixiado la ciudad durante nueve meses, un joven de veinticinco años apretaba la empuñadura del estoque y sentía que aquella rendición no era un final, sino el primer latigazo de una experiencia que, años después, vertería en una comedia que celebraría el poder del rey y la fragilidad de la fortuna.

Aquel soldado se llamaba Pedro Calderón de la Barca, y en ese instante no era todavía el autor de La vida es sueño, sino un hidalgo recién alistado en la compañía del capitán Diego de Ávila, ávido de gloria y escaso de real. La imagen de la entrega de la llave, congelada para siempre por el pincel de Velázquez en el lienzo de Las lanzas, tenía entre sus figurantes al futuro dramaturgo que iba a dar voz a los sueños de un imperio que ya empezaba a deshilacharse.

Capítulo I: La llave de Breda

El asedio a Breda, que se prolongó desde agosto de 1624 hasta junio de 1625, fue una lección de tenacidad. Calderón, destinado en una bandera de infantería, aprendió a dormir sobre el fango helado, a racionar el pan y a distinguir el silbido de una bala de mosquete del de una culebrina. Vio cómo los holandeses, hambrientos, se comían los caballos y acababan rindiendo la ciudad con una dignidad que conmovió al propio Spinola, quien permitió a los vencidos salir con las banderas desplegadas.

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Años después, en 1627, el dramaturgo convirtió aquella experiencia en El sitio de Breda, una comedia que se representó en el corral de la calle de la Cruz con toda la tramoya que el escenario permitía. La obra no era un mero panegírico: Calderón introdujo en ella los dilemas del soldado raso, la dureza del mando y la paradoja de que la gloria militar se levanta sobre montañas de muertos. El público, que acostumbraba a ver en el teatro el espejo de su época, aplaudió la osadía de aquel autor que se atrevía a mezclar la pólvora con la filosofía.

La vida es sueño

Capítulo II: Un hidalgo con vocación de verso

Pedro Calderón de la Barca había nacido en Madrid en 1600, en el seno de una familia hidalga pero sin fortuna. Su padre, Diego Calderón, era un escribano del Consejo de Hacienda de escasa salud y peor sueldo. Cuando murió en 1615, el muchacho ya estudiaba en el Colegio Imperial de los Jesuitas, donde aprendió retórica, latín y las primeras reglas del verso que luego dominaría como pocos.

Pronto sintió la llamada de la escena. En 1623, con apenas ventiséis años, estrenó su primera comedia conocida, Amor, honor y poder, en el palacio real. El joven Felipe IV, que acababa de subir al trono, vio en aquel texto un ingenio que merecía protección. Pero la nobleza exigía algo más que pluma: pedía espada. Así que Calderón, empujado por la necesidad de medrar, se alistó en 1625 en los tercios que partían hacia Flandes para aplastar la rebelión holandesa.

Fue entonces cuando el sitio de Breda le mostró el rostro más cruel del poder: el hambre, la pólvora, los cadáveres hinchados en las acequias heladas. El dramaturgo guardaría esas imágenes bajo la llave del recuerdo y, dos años después, las sacaría al tablado en su obra El sitio de Breda, que se representó por primera vez en 1627, probablemente en el corral de comedias de la calle del Príncipe, ante un público que aplaudió tanto la grandeza de los tercios como el tormento de los vencidos.

Capítulo III: La fábrica de sueños

Calderón no abandonó la milicia de inmediato. Sirvió en Italia hasta 1630 bajo las órdenes del conde de Monterey, y luego regresó a Madrid con un baúl lleno de borradores y una herida en el costado que le recordaría siempre que la guerra no era una comedia. Convertido ya en caballero de la Orden de Santiago —el hábito le fue concedido en 1636 tras un minucioso examen de limpieza de sangre—, su pluma empezó a volar sobre las tablas del Buen Retiro, el coliseo que Olivares había levantado para divertir al rey.

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En 1635, mientras el valido del rey tejía sus últimas redes de poder, Calderón estrenó la obra que lo convertiría en inmortal: La vida es sueño. El argumento, del que se había servido ya en otras piezas, condensaba toda su experiencia de soldado y cortesano: un príncipe encerrado por su padre en una torre porque un horóscopo le vaticinó que sería un tirano; un monarca que duda si sus actos son realidad o delirio; una reflexión sobre el libre albedrío que, sin embargo, se representaba en un teatro sostenido por un Estado autoritario. La paradoja era tan aguda como el filo de un puñal.

«¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.»

Calderón no se limitó a escribir para el palacio. Compuso también decenas de autos sacramentales, piezas alegóricas de una sola jornada que se representaban en las plazas públicas durante el Corpus. Obras como El gran teatro del mundo (1633) o La cena del rey Baltasar (1634) utilizaban el andamiaje simbólico de la religión para transmitir una teología política: el mundo es un escenario donde Dios es el autor y cada cual debe representar su papel con humildad. Aquellas funciones, sufragadas por los ayuntamientos, congregaban a miles de personas y se cerraban con una danza de esqueletos que recordaba la fugacidad del poder terreno —un mensaje que Olivares no dejaba de leer con inquietud.

La vida es sueño

Capítulo IV: La corte como laberinto

Calderón, entretanto, se convirtió en el dramaturgo oficial de la corona. Entre 1635 y 1640, año de la rebelión catalana, escribió decenas de autos sacramentales y comedias para el palacio. La maquinaria escénica del Buen Retiro, diseñada por el ingeniero Cosme Lotti, le permitió representar batallas navales en un tablado que parecía tragarse el mar. Era la ilusión elevada a doctrina: un reino en bancarrota que se embriagaba con los fastos del teatro mientras los tercios se desangraban en Rocroi.

Pero la lealtad de Calderón al rey nunca flaqueó. En 1640, cuando Cataluña se levantó en armas (el llamado Corpus de Sangre), el dramaturgo no dudó en volver a vestir el coleto de soldado y acudir a la campaña. Sirvió como capitán de un tercio de caballería y, según cuentan los cronistas, estuvo a punto de perder la vida en la batalla de Montblanc. La guerra le arrebató a su hermano José, muerto en combate, y un año después a Diego, en la cárcel por deudas. De toda su familia sólo le quedó una hermana, que tomó los hábitos y se refugió en el convento de las Trinitarias.

En 1651, con cincuenta y un años, Calderón colgó la espada para siempre y tomó el hábito de sacerdote. La muerte, la pérdida y el hastío de una corte corroída por las conjuras le habían empujado a buscar refugio en la religión. Felipe IV, aún necesitado de sus versos, le nombró capellán de honor de la Capilla Real de los Reyes Nuevos de Toledo, un destino que le permitía seguir escribiendo. Así, desde su celda, y luego desde una casa en la madrileña calle de las Infantas, compondría los más de sesenta autos sacramentales que le consagraron como el teólogo del Barroco, un místico que predicaba con los pies de palo de los actores y los juegos de luces del escenario.

La vida es sueño

Capítulo V: El último telón

Calderón vivió otras tres décadas como sacerdote y dramaturgo, presenciando la agonía del imperio que había cantado. Vio morir a Felipe IV en 1665, y durante la minoridad de Carlos II, el último Austria, todavía tuvo fuerzas para firmar algunas comedias. Pero su vista se nublaba y los censores empezaban a recelar de un teatro que, bajo el ropaje de la alegoría, siempre escondía un juicio sobre el poder.

En 1681, el 25 de mayo, Pedro Calderón de la Barca murió en Madrid, en su casa de la calle de las Infantas, y fue enterrado en la capilla de la parroquia de San Salvador. Atrás quedaban cerca de ciento veinte comedias, ochenta autos sacramentales y un puñado de entremeses que recogían, como espejos rotos, los sueños y las pesadillas de una España que se despedía de su siglo de oro.

El legado de Calderón no fue solo literario. Fue un testimonio de cómo un hombre podía blandir la pluma y la espada sin que una traicionara a la otra. Los manuscritos autógrafos, conservados en la Biblioteca Nacional de España y en el Archivo Histórico Nacional, guardan silencios elocuentes. Quién sabe cuántos secretos de aquellos tercios y de aquella corte esperan aún entre los bastidores de sus comedias.