El Pentágono estudia radares THAAD móviles tipo S-400 tras las pérdidas con Irán

La guerra con Irán ha destruido más de 3.000 millones de dólares en radares estadounidenses, incluidos dos AN/TPY-2 del sistema THAAD. El Pentágono busca ahora copiar la arquitectura de red rusa para separar sensores y lanzadores.

El Pentágono estudia dotar a los radares THAAD de una movilidad de tipo S-400 tras las pérdidas con Irán. La revista especializada Military Watch ha adelantado que los nuevos radares del sistema antimisiles estadounidense incorporarán una plataforma sensora móvil similar a la que Rusia integró desde el primer momento en sus sistemas S-300 y S-400. El programa responde, según la publicación, a la destrucción de más de 3.000 millones de dólares en radares de defensa aérea durante la primera semana de la guerra lanzada por Israel y Estados Unidos contra Irán a finales de febrero.

Por qué el Pentágono mira la defensa aérea rusa

Las pérdidas incluyen sistemas de menor valor como el radar AN/TPS-59, con un coste cercano a los 70 millones de dólares, y a la vez equipos de alto valor: un radar AN/FPS-132 y dos sistemas de radar de banda X AN/TPY-2, integrados en el sistema antimisiles THAAD y valorados en más de 1.000 millones de dólares cada uno. El golpe, según Military Watch, redujo de forma drástica la conciencia situacional de las fuerzas estadounidenses y de sus aliados en Oriente Próximo.

La respuesta doctrinal supone abandonar, al menos en parte, el concepto occidental de batería antiaérea autónoma. Según el informe, los radares pasarían a funcionar como nodos en redes más amplias: un sensor móvil detecta un objetivo, retransmite los datos a lanzadores remotos y permanece físicamente separado de los interceptores. La lógica coincide con la arquitectura de red de la defensa aérea rusa y con el sistema estadounidense IBCS, diseñado para conectar sensores y armas de distintos fabricantes.

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De la batería autónoma a los nodos de una red más amplia

S-400 Rusia

El episodio encaja en una campaña iraní de desgaste más amplia. Según The Wall Street Journal, los ataques iraníes han causado daños por valor de hasta 13.000 millones de dólares en activos e instalaciones militares estadounidenses en Oriente Próximo. Desde el inicio del conflicto, Teherán ha lanzado más de 2.000 ataques aéreos, con misiles y drones, y ha dañado al menos 20 emplazamientos en ocho países. La cifra incluye 42 aeronaves estadounidenses dañadas o destruidas, varias de ellas en sus propias bases. Además, la destrucción de los radares obligó a Washington y a Israel a apoyarse más en sensores embarcados y en un radar AN/TPY-2 desplegado en Turquía.

La lectura estratégica es directa: el Pentágono ya no asume, que un radar fijo puede sobrevivir a la primera oleada de un adversario con capacidad de precisión. La experiencia rusa con los S-300 y S-400 demuestra que los sensores desplegados en posiciones móviles, dispersos y redundantes, complican la tarea del atacante. Washington parece dispuesto a replicar esa resiliencia, aunque a cambio de una mayor complejidad logística y de comunicaciones.

La defensa aérea ya no se mide por el número de baterías, sino por la capacidad de ver sin ser visto y golpear desde otro punto.

El giro no parte de cero. El IBCS lleva años buscando una red única que integre radares, lanzadores y centros de mando, a la manera en que Moscú concibió la defensa de su espacio aéreo. La novedad es la velocidad: la destrucción de radares en Oriente Próximo ha convertido un programa de modernización en una urgencia operativa. Para los contratistas estadounidenses, desde RTX hasta Lockheed Martin, la adaptación de la familia THAAD abre un ciclo de pedidos que la OTAN observa con atención.

Equilibrio de Poder

Washington, Moscú y Bruselas leen el movimiento desde coordenadas distintas. Para Rusia, la convergencia doctrinal valida la arquitectura S-300/S-400 que exporta desde hace décadas. Para la OTAN, el episodio confirma la vulnerabilidad de los despliegues fijos y refuerza la tendencia hacia sistemas móviles y redes, incluida la interoperabilidad con el IBCS. Para la administración Trump, la prioridad sigue siendo la competición con Pekín en el Indo-Pacífico; el expediente iraní obliga ahora a gastar en defensa antimisiles que no estaba previsto.

Para España el cálculo es indirecto pero relevante. La base de Rota y los destructores AEGIS de la Armada forman parte del escudo antimisiles de la OTAN, y la lección sobre radares fijos alcanza también a los despliegues europeos en el flanco este. Además, el esfuerzo presupuestario en defensa que reclama Washington no se limita al 2% del PIB: la reconstrucción de la defensa aérea estadounidense tras las pérdidas con Irán puede acelerar los programas de IBCS y abrir oportunidades para la industria europea, incluida la española, en sensores y comunicaciones.

El precedente tiene nombre: la defensa aérea integrada que Moscú desarrolló durante la Guerra Fría dispersó radares y lanzadores precisamente para sobrevivir a un primer ataque. Washington abandonó en parte ese modelo por las baterías compactas Patriot y THAAD, más fáciles de exportar y gestionar. Las pérdidas sufridas frente a Irán devuelven ahora el péndulo hacia la red. Conviene, en todo caso, leer la información con las cautelas propias de una fuente como RT, medio estatal ruso que recoge el informe de Military Watch.

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Queda por ver si el Pentágono convierte el estudio en un programa dotado de fondos o si, como ocurrió con otros conceptos tras la retirada de Afganistán, el impulso se diluye cuando baje la intensidad del conflicto. La próxima cumbre de la OTAN y el debate presupuestario estadounidense del ejercicio fiscal 2027 marcarán la respuesta.