EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El New York Times reveló que Washington advirtió a Teherán sobre un plan israelí para asesinar al presidente del Parlamento iraní, Mohammad Ghalibaf, y al ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, con el fin de descarrilar las negociaciones de paz.
- ¿Quién está detrás? Israel, que ve a los negociadores como obstáculo para una solución diplomática, mientras Estados Unidos intenta frenar la escalada y proteger el proceso de paz.
- ¿Qué impacto tiene? La revelación tensa aún más la frágil tregua y el memorando de entendimiento alcanzado el 17 de junio, con Irán amenazando con cerrar el estrecho de Ormuz si Israel continúa su ofensiva en Líbano.
El New York Times ha desvelado un complot israelí para asesinar al presidente del Parlamento iraní, Mohammad Ghalibaf, y al ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, los dos principales rostros del diálogo entre Teherán y Washington. Según el diario, la inteligencia estadounidense alertó a Irán a través de aliados regionales para evitar que Israel dinamitara unas negociaciones que la Casa Blanca considera su principal apuesta en Oriente Próximo.
La trama, revelada el jueves por el NYT citando a funcionarios anónimos, muestra una fractura sin precedentes entre el Pentágono y el ministerio de Defensa israelí. Mientras Donald Trump busca un acuerdo de paz que le dé rédito político antes de las elecciones de noviembre, Israel persigue la eliminación sistemática de la cúpula negociadora iraní.
El complot desvelado: objetivos, contexto e intrahistoria
Ghalibaf y Araghchi asumieron la interlocución con Estados Unidos después de que Israel liquidara en ataques selectivos al anterior jefe del equipo negociador, Ali Larijani, y al exministro de Asuntos Exteriores Kamal Kharazi. Ambos murieron durante la oleada inicial de bombardeos que, a finales de febrero de 2026, acabó también con la vida del ayatolá Alí Jamenei y otros altos mandos militares.
En aquel momento, la administración estadounidense participó en los bombardeos contra la República Islámica. Pero apenas unas semanas después, según el NYT, los objetivos de Washington y Tel Aviv “divergieron de forma radical”: la Casa Blanca quiere cerrar el capítulo bélico; Israel, sin embargo, insiste en prolongar los ataques.
Ghalibaf y Araghchi lograron en abril un primer alto el fuego temporal con Estados Unidos, y el 17 de junio firmaron un memorando de entendimiento que abría un período de negociación de 60 días para alcanzar un acuerdo definitivo. Esa ventana de oportunidad es la que Israel habría tratado de cerrar eliminando a los negociadores.
Divergencia de estrategias: Washington frena a Jerusalén
Fuentes del diario neoyorquino aseguran que la Casa Blanca llegó al extremo de pedir a varios países de la región —entre ellos algunos del Golfo— que transmitieran a Irán la advertencia sobre la operación israelí. Una decisión insólita que refleja hasta qué punto Washington considera contraproducente cualquier nuevo magnicidio en este momento.
Los contactos continúan a pesar del intercambio de fuego de la semana pasada en el estrecho de Ormuz, donde las fuerzas iraníes dispararon contra buques comerciales en protesta por la ofensiva israelí en Líbano. El propio Trump reaccionó a aquel incidente con una amenaza directa a Ghalibaf y Araghchi durante una entrevista telefónica con Fox News: “No llegaréis ni a vuestro p*** país”, les espetó, según la transcripción del canal.
Mientras, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, declaró el lunes que el nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Jamenei —hijo del ayatolá fallecido—, también está “marcado para morir”. La respuesta de Teherán no se hizo esperar: Araghchi advirtió de una respuesta “inmediata y contundente” a cualquier ataque contra dirigentes o población civil iraní.

Equilibrio de Poder
La revelación del complot traslada el conflicto a un terreno inexplorado: el sabotaje directo de la diplomacia por parte de un aliado militar de Estados Unidos. No es la primera vez que Israel ejecuta operaciones contra científicos y militares iraníes, pero planear el asesinato de los jefes negociadores cuando se ha firmado un memorando de paz rompe todos los códigos.
La administración Trump se encuentra atrapada. Necesita mostrar resultados tangibles antes de noviembre y, al mismo tiempo, no puede permitirse que Israel dinamite su legado en Oriente Medio. La advertencia a Irán es un mensaje a Tel Aviv tanto o más que a Teherán: Washington no tolerará un sabotaje a sus propios intereses.
Para Irán, el episodio refuerza la narrativa interna de que cualquier concesión a Occidente es una trampa. La muerte de Jamenei y de su equipo original de negociación ya había colocado a Ghalibaf y Araghchi en una posición delicada ante los sectores más radicales del régimen. Ahora, la confirmación de que estaban en el punto de mira israelí puede alimentar el discurso de quienes nunca quisieron dialogar.
La ceremonia fúnebre por Alí Jamenei, prevista entre el sábado y el jueves próximos, añade una capa de riesgo adicional. Teherán ha calificado de “grave error de cálculo” cualquier ataque durante esos días. La gran pregunta es si Israel aprovechará la concentración de altas autoridades para un nuevo golpe, forzando a Washington a reaccionar.
La lectura a corto plazo es que el memorando del 17 de junio, por frágil que sea, sigue en pie. Las dos partes han continuado negociando incluso tras los incidentes en Ormuz, y la Casa Blanca ha demostrado con su alerta que prefiere mil veces un mal acuerdo que una guerra abierta con Irán. El precedente histórico —la gestión israelí de los intentos de acuerdo nuclear de 2015— ya advertía de una oposición frontal de Tel Aviv a cualquier compromiso con Teherán. Esta vez, sin embargo, el desmarque estadounidense es público y notorio, y coloca al gobierno de Netanyahu en una posición de aislamiento estratégico inédita.
Israel planeó matar a los diplomáticos iraníes que negociaban la paz con Trump, y fue la propia Casa Blanca la que avisó a Teherán.
Lo que ocurra en los próximos días, con las exequias de Jamenei como telón de fondo, determinará si este intento de sabotaje se convierte en el detonante de una nueva escalada o en la confirmación de que la vía diplomática, por primera vez en décadas, cuenta con un respaldo real de Washington.

