En el programa The Ring de Euronews, dos eurodiputados de bandos opuestos han protagonizado un debate que resume como pocos la encrucijada económica de la Unión. Markus Ferber, del PPE alemán, y Pasquale Tridico, del Movimiento Cinco Estrellas italiano, han confrontado sus recetas para sacar a la Eurozona del estancamiento: deuda común europea o disciplina fiscal. El intercambio, recogido por Moncloa.com, se produce apenas semanas después de que España lanzara una propuesta para que Bruselas emita hasta 850.000 millones de euros al año en deuda compartida para financiar la competitividad.
El debate en ‘The Ring’: dos visiones de Europa
La sesión, moderada por Mared Gwyn, mostró las dos almas de la política económica comunitaria. Ferber, conservador y miembro de la comisión de Asuntos Económicos, defendió que más deuda común añadiría presión sobre unas finanzas públicas ya tensionadas y no resolvería las causas estructurales del bajo crecimiento. “Les deseo mucha suerte cuando vayan al mercado a pedir dinero”, ironizó, recordando que el plan de aplazar el reembolso de los fondos Next Generation ha generado desconfianza en los inversores.
En la otra esquina, Pasquale Tridico, economista y eurodiputado de izquierdas, calificó la deuda pública como “una de las herramientas más importantes para el crecimiento” y reclamó ampliar su uso sin complejos. “Tenemos que aceptar la deuda común. No es solo una cuestión de solidaridad, es una cuestión de una economía bien construida”, subrayó.
Un contexto explosivo: la propuesta española y el pulso Norte-Sur
El debate no surge de la nada. España, con el respaldo de Francia, ha reactivado la idea de mutualizar deuda para financiar la competitividad frente a China y Estados Unidos. Una iniciativa que choca con el muro de Berlín y de los países frugales del norte. Países Bajos, Austria, Dinamarca y Finlandia exigen más reformas del gasto antes que nuevos instrumentos de deuda conjunta. El recuerdo de las tensiones del verano de 2012 —cuando el entonces presidente del BCE, Mario Draghi, tuvo que pronunciar su famoso “whatever it takes” para salvar al euro— planea sobre un debate que, en el fondo, es sobre quién paga la factura de la globalización.
Ferber introdujo un argumento adicional: las barreras internas del Mercado Único equivalen, según sus datos, a un arancel del 45 % al comercio intracomunitario. “No estamos haciendo lo suficiente respecto a China porque no utilizamos el único activo que tenemos, que es el Mercado Único”, denunció. Una línea que, paradójicamente, podría acercarle a quienes defienden más integración, aunque por caminos distintos.
El Eje del Poder Europeo
En Moncloa.com observamos que la discusión sobre la deuda común va mucho más allá de una disputa contable: define los dos proyectos de Europa que conviven —y a menudo chocan— en el edificio Justus Lipsius. Por un lado, el eje franco-español e italiano apuesta por mutualizar riesgos para financiar la transición verde y la digitalización; por otro, el bloque frugal —con Alemania como referente intelectual— insiste en que la consolidación fiscal es condición previa para cualquier solidaridad financiera.
Para España, el pulso es existencial. La propuesta de 850.000 millones anuales, si bien simbólica, refleja la urgencia de un país que depende de los fondos Next Generation para modernizar su tejido productivo y que ve cómo el pacto de estabilidad renovado vuelve a poner el foco en la disciplina presupuestaria. El propio Ferber ha recordado que, tras el aplazamiento de los reembolsos de la deuda covid, los mercados “no confiarán en nosotros” para asumir más emisiones conjuntas. Un aviso que en Madrid se lee como una amenaza directa a la viabilidad del modelo de recuperación español.
El debate sobre la deuda común no es técnico: es el termómetro que mide si prevalece la Europa de la solidaridad o la de los acreedores.
Más allá de la anécdota de The Ring, lo que está en juego es la capacidad de la UE para responder a la competencia china sin desgarrarse por dentro. La Comisión Europea se ha dado hasta octubre para lograr avances “tangibles” en el diálogo con Pekín sobre el exceso de capacidad industrial. Pero sin una política fiscal común que acompañe a la política comercial, cada Estado miembro acabará defendiendo sus propios intereses nacionales, como ya ocurrió durante la crisis del euro.
Las posturas de Ferber y Tridico son, en esencia, la versión parlamentaria de la batalla que se libra en cada Consejo Europeo. Y mientras no se resuelva esa fractura, el estancamiento —esa sensación de que Europa avanza a medio gas— no hará sino agudizarse. Cabe recordar que el propio programa Next Generation, ideado como una excepción para la pandemia, ha abierto una senda que ni siquiera sus detractores pueden cerrar de golpe: la deuda común ya existe, aunque su ampliación esté bloqueada.
La próxima cumbre informal de líderes europeos en Granada, prevista para septiembre, podría ser el primer test serio. España, como anfitriona, intentará colocar este debate en la agenda. De momento, lo único cierto es que las recetas simplistas —más deuda o solo recortes— se estrellan contra una realidad tozuda: Europa necesita crecer, pero también necesita credibilidad ante los inversores internacionales. El arte, como siempre, estará en el equilibrio. Y ese equilibrio, hoy por hoy, no existe.
