Felipe V, el primer Borbón que reinó en España entre guerras y melancolía

Nieto de Luis XIV, heredó un trono en bancarrota y una guerra europea por su corona. Sus episodios de depresión marcaron un reinado de 46 años y dos abdicaciones.

El pliego de la abdicación estaba sobre la mesa, manchado de tinta fresca y salpicado de lacre. Felipe V lo apartó sin leerlo del todo. Aquella mañana del 10 de enero de 1724, el primer monarca de la dinastía Borbón en España se despojaba del trono con apenas cuarenta años. En los jardines del Alcázar, el invierno madrileño arañaba los cristales. Dentro, el rey parecía más hundido que aliviado. No era la primera vez que la melancolía le nublaba la cabeza, pero aquel gesto —firmar su renuncia como quien cierra un libro prestado— abriría uno de los episodios más singulares de la historia de la Corona.

Capítulo I: Un príncipe a la sombra de Versalles

Felipe de Borbón nació el 19 de diciembre de 1683 en el palacio de Versalles. Era el segundo hijo del Delfín Luis de Francia y de María Ana Victoria de Baviera, y nieto de Luis XIV, el Rey Sol que transformó una corte en un dios pagano. Su destino no apuntaba a reinar: con un hermano mayor llamado a ceñir la corona francesa y una genealogía que lo situaba lejos de los tronos, creció como duque de Anjou, un título de tercera fila con más ceremonia que poder.

La corte de Versalles lo moldeó como moldeaba el escultor a sus ninfas: con disciplina, liturgia y una dosis masiva de pompa. Aprendió esgrima, danza, equitación y una piedad católica que jamás abandonaría. Pero bajo aquella superficie de peluca empolvada y modales ensayados latía un temperamento introvertido, propenso a las crisis de abatimiento que décadas después marcarían su biografía. El cronista de la corte anotó que el joven Felipe «prefería la soledad de sus gabinetes al bullicio de los salones», y aquel rasgo de carácter sería, en tierra española, tanto un refugio como una condena.

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Capítulo II: El testamento del último Austria

El 1 de noviembre de 1700, Carlos II de España —el último Austria, apodado «el Hechizado» por sus dolencias y la superstición que las rodeaba— moría sin descendencia. Su agonía había sido una larga partida de ajedrez europeo en la que los gobiernos de París y Viena movían fichas desde hacía años. El testamento real, redactado con la esperanza de preservar intacta la Monarquía Hispánica, designó como heredero universal al duque de Anjou. La noticia llegó a Versalles como un cataclismo diplomático. Luis XIV, tras sopesar las consecuencias, aceptó la herencia para su nieto con una frase que resonaría en todas las cortes: «Ya no hay Pirineos».

Felipe partió hacia España en enero de 1701 y el 18 de febrero hizo su entrada en Madrid. Tenía diecisiete años y no hablaba una palabra de castellano. El cronista del ayuntamiento lo describió como un muchacho «de rostro grave, semblante melancólico y ademanes corteses». El pueblo lo recibió con arcos de triunfo y vivas, pero en las antecámaras de Palacio ya se tejían las conspiraciones. La llegada del Borbón significaba el fin del equilibrio europeo, y en cuestión de meses, el continente se incendió.

Capítulo III: La guerra por la herencia

La guerra de Sucesión española estalló en 1701 y duró trece largos años. Por un lado, la Gran Alianza de La Haya —con Austria, Inglaterra, las Provincias Unidas y Saboya— defendía al archiduque Carlos de Habsburgo. Por el otro, Francia y los reinos hispánicos fieles a Felipe luchaban por mantener la corona en manos borbónicas. La península se convirtió en un tablero sangriento: batallas campales, sitios de plazas fuertes, guerrillas en los caminos y traiciones de campanario.

Felipe V, que había asumido la corona con el nombre de Felipe V en señal de continuidad con los Austrias, demostró ser más tenaz de lo que su aspecto frágil prometía. Aunque no era un estratega militar, acompañó a sus ejércitos en varias campañas y soportó la presión de ver su trono amenazado en dos ocasiones, cuando las tropas enemigas tomaron Madrid en 1706 y de nuevo en 1710. La batalla de Almansa, en 1707, fue una victoria decisiva para las armas borbónicas comandadas por el duque de Berwick, y la de Villaviciosa, en 1710, terminó de inclinar la balanza.

Borbón

La paz llegó con el Tratado de Utrecht en 1713. Felipe fue reconocido como rey de España, pero a un precio altísimo: la Monarquía Hispánica perdió los Países Bajos, Nápoles, Milán, Cerdeña y, sobre todo, Gibraltar y Menorca, que pasaron a manos británicas. El imperio sobre el que nunca se ponía el sol empezaba a encogerse. Aquella mutilación territorial sería una herida que nunca cicatrizó del todo en la conciencia del monarca, y algunos de sus consejeros anotaron que, a partir de entonces, sus ausencias mentales se hicieron más frecuentes.

Capítulo IV: La melancolía del rey

Los testimonios de la época describen al Felipe V maduro como un rey que pasaba largas temporadas encerrado en sus aposentos, con las persianas bajadas y sin permitir que le cambiaran la ropa. Apenas probaba bocado. A ratos lloraba, a ratos permanecía mudo durante horas. Los médicos de la corte diagnosticaron vapores, melancolía hipocondríaca y, en algún momento, «efectos de una bilis negra que le oprimía el cerebro». La historiografía moderna ha apuntado a un posible trastorno depresivo mayor o a un cuadro bipolar, acentuado por las presiones del trono y quizá por una herencia genética nada halagüeña.

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La entrada en escena de su segunda esposa, Isabel de Farnesio, cambió la dinámica palaciega. La reina, de carácter fuerte y ambiciones políticas muy definidas, supo manejar los periodos de postración del rey con una mezcla de mano izquierda, inteligencia y, según algunos cronistas, una impaciencia mal disimulada. Bajo su influencia, la diplomacia española recuperó impulso y se lanzó a la recuperación de territorios italianos para los hijos del matrimonio. Pero a cambio, el rey delegó cada vez más en ella las riendas del gobierno, hasta el punto de que los embajadores extranjeros despachaban antes con la reina que con el monarca.

Para huir de la etiqueta palatina y de sus propios demonios, Felipe V ordenó en 1721 la construcción de un palacio en la falda de la sierra de Guadarrama, inspirado en Versalles y en los gustos franceses que nunca abandonó. Allí, en el Real Sitio de La Granja de San Ildefonso, el rey encontraba cierta paz entre fuentes, jardines y el rumor del agua. Las obras de La Granja comenzaron bajo la dirección del arquitecto Teodoro Ardemans y se prolongaron durante décadas. La constucción del palacio se convirtió en el refugio de un alma atormentada, pero también en un pozo sin fondo para las arcas de la Corona.

Capítulo V: La abdicación y el regreso trágico

El 10 de enero de 1724, Felipe V firmó su abdicación en favor de su hijo Luis, un muchacho de dieciséis años formado en la corte española. Las razones que adujo ante el Consejo de Estado fueron una mezcla de piedad religiosa (quería prepararse para la muerte) y agotamiento físico y mental. Lo cierto es que llevaba meses sumido en una de sus crisis más profundas. El acto, que se celebró con toda la solemnidad del protocolo borbónico, asombró a Europa. Un rey que renunciaba voluntariamente a la corona resultaba casi una blasfemia política.

Luis I reinó apenas 229 días. El 31 de agosto de 1724, la viruela fulminó al joven monarca. Felipe, que se había retirado a Valsaín junto a Isabel de Farnesio, recibió la noticia como un mazazo que lo devolvió a la realidad. La reina, temerosa de perder la influencia, maniobró con rapidez: se anularon las disposiciones testamentarias y Felipe volvió a ceñir la corona el 6 de septiembre. Aquella sucesión de golpes —la renuncia, la muerte del hijo, el retorno— golpeó todavía más su psique. Durante los años siguientes, los periodos de melancolía se volvieron más intensos y prolongados.

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Capítulo VI: Los últimos años

La segunda etapa de su reinado, entre 1724 y 1746, estuvo marcada por la política exterior agresiva que lideró Isabel de Farnesio. Se sucedieron las guerras con Gran Bretaña, los pactos de familia con Francia y las campañas en Italia que lograron colocar a sus hijos Carlos y Felipe en los tronos de Nápoles y Parma. Felipe V, cada vez más recluido en La Granja o en el palacio de Riofrío, seguía las noticias de las batallas como quien escucha una vieja canción a lo lejos. Apenas salía de sus estancias; las audiencias con los ministros se reducían a encuentros breves y, a menudo, el monarca delegaba por escrito decisiones que antes habría discutido cara a cara.

Su salud mental fluctuaba peligrosamente. En 1727, un ataque de furia incontrolada lo llevó a destruir parte del mobiliario de su dormitorio. Los embajadores extranjeros informaban a sus cortes de que «el rey padece del juicio y pasa los días sin articular palabra». Aun así, su reinado consiguió cierta estabilidad financiera —los Decretos de Nueva Planta habían uniformizado la administración y recortado privilegios forales— y se iniciaron tímidas reformas económicas. España empezaba a parecerse, a trancas y barrancas, al modelo centralista francés que tanto admiraba su primer Borbón.

Felipe V murió el 9 de julio de 1746 en el Palacio del Buen Retiro, a los sesenta y dos años. Sus últimas palabras, recogidas por el confesor, fueron una súplica a Dios para que le concediera «el descanso que en vida nunca tuvo». Lo enterraron con todos los honores en el panteón de los reyes del monasterio de El Escorial, pero su legado era un país agotado, una dinastía recién asentada y una melancolía que, como un eco, perseguiría a varios de sus descendientes.

Borbón

La figura de Felipe V sigue siendo, tres siglos después, un espejo roto. No fue un rey ilustrado, ni un guerrero, ni un administrador brillante. Fue, sobre todo, un hombre frágil al que la historia lanzó a un tablero demasiado grande. Los archivos de Simancas y los diarios de sus médicos guardan todavía silencios elocuentes sobre la trastienda de aquella alma herida. Y en las fuentes de La Granja, el rumor del agua sigue acompañando la memoria del monarca que buscó, entre jardines y batallas, un refugio contra su propia sombra.