Fracaso de la UE en sanciones a Rusia: Grecia y Malta bloquean el GNL y el petróleo

El bloqueo de Grecia y Malta a las restricciones al GNL y el transporte marítimo de crudo congela el precio máximo una semana. La división interna expone la dependencia energética de varios Estados miembros y la dificultad del bloque para mantener la presión sobre Moscú.

La Unión Europea fracasó este miércoles en su intento de acordar la vigésima primera ronda de sanciones contra Rusia tras tres días de negociaciones. Grecia, Malta y Bulgaria bloquearon las restricciones al gas natural licuado y al transporte marítimo de petróleo, en lo que supone el mayor desafío a la unidad del bloque desde el inicio de la guerra.

El nudo del desacuerdo: transporte marítimo y GNL

La propuesta de la Comisión Europea, que llevaba meses de trabajo, pretendía asestar un golpe doble a los ingresos energéticos de Moscú. Por un lado, sustituir el actual precio máximo del crudo ruso por una prohibición de facto de los servicios necesarios para transportar el petróleo. Por otro, iniciar una eliminación progresiva de las importaciones de gas natural licuado. Grecia y Malta, con potentes flotas mercantiles, se opusieron a la primera medida por el coste para sus navieras. Bulgaria, dependiente del suministro ruso, rechazó de plano el fin del GNL.

La fractura no es nueva, pero sí la escala. Según los recuentos que manejan en Bruselas, la UE importó un volumen récord de GNL del proyecto Yamal, el buque insignia gasístico ruso, durante el primer semestre de 2026. Esa inercia comercial hace que el bloque sea más vulnerable a las presiones de los Estados miembros cuyo modelo económico depende, directa o indirectamente, de ese flujo. “La unanimidad exigida por los Tratados convierte a las sanciones en un arma tan poderosa como frágil”, analizamos desde esta redacción. La oposición de Grecia y Malta se centra en en la supervivencia de su industria naviera, mientras Sofía considera que las restricciones resultarían más dañinas para las economías comunitarias que para Rusia.

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El paquete, además, incluía otros puntos conflictivos. Bruselas había tenido que retirar ya la prohibición de importar pescado ruso y suavizar las restricciones de visado para antiguos militares rusos ante las críticas de Francia e Italia. La inclusión del patriarca Kirill en la lista negra —junto a otras 250 personas y entidades— también fue bloqueada por Italia y Bulgaria.

Un precio del petróleo inflado por la crisis en Ormuz

El fracaso ha tenido un efecto inmediato: el precio máximo del crudo ruso se congela en 44,10 dólares por barril hasta el próximo 23 de julio, fecha en la que los embajadores volverán a reunirse. Mientras tanto, la tensión en el estrecho de Ormuz —donde Estados Unidos e Irán han vuelto a las hostilidades— ha disparado la cotización del barril de Urals de los 55 dólares de principios de mes hasta los casi 66 dólares. Si no hay acuerdo dentro de una semana, el tope podría elevarse hasta los 58 dólares, según fuentes citadas por Euractiv.

Para España, que no es importador relevante de crudo ruso pero sí un gran receptor de GNL —Rusia representó en 2025 cerca del 15% de las entregas de gas por barco—, el bloqueo introduce incertidumbre en los mercados globales de energía. Cada semana de desacuerdo abona la volatilidad de precios que, en plena temporada de llenado de reservas, se traduce en costes adicionales para hogares y empresas. Madrid, que tradicionalmente se alinea con la línea dura sancionadora, observa con preocupación cómo el frente interno comunitario se resquebraja justo cuando la presión energética debería ser máxima.

GNL ruso

Equilibrio de Poder

El bloqueo griego, maltés y búlgaro va más allá de un rifirrafe diplomático. Expone la erosión de la unidad europea en un momento en que Washington, bajo la administración Trump, exige a los socios del Viejo Continente que carguen con el peso del esfuerzo económico mientras la Casa Blanca centra su atención militar en Oriente Próximo. El Kremlin, previsiblemente, ha explotado la división: el portavoz Dmitri Peskov reiteró esta semana que las sanciones son “un arma de doble filo” que ahoga más a Europa que a Rusia, una narrativa que ahora gana tracción en las capitales del sur del continente.

En la lectura estratégica a cinco años, el episodio confirma un patrón que Moscú ha aprendido a explotar: la estructura de toma de decisiones de la UE es demasiado rígida para castigar de forma rápida y contundente cuando los intereses nacionales chocan. El precedente de 2022, cuando Hungría dilató durante semanas el embargo al petróleo ruso, se repite ahora con el GNL. La diferencia es que esta vez el reloj juega a favor de Moscú: una guerra en Ucrania estancada y una crisis en el Golfo que infla los precios del crudo reducen dramáticamente el margen de maniobra de Bruselas. A medio plazo, la incapacidad para cerrar esta ronda alimentará las voces que, como la del primer ministro eslovaco Robert Fico, piden rebajar la presión sancionadora.

Para España, la lección es doble. En el flanco económico, la dependencia del GNL global convierte cualquier turbulencia geopolítica en un riesgo inflacionario directo, lo que obligará al Gobierno a acelerar los contratos de suministro con proveedores alternativos —Argelia, Estados Unidos, Qatar— aunque sea a costa de tensiones diplomáticas con Marruecos o con los socios magrebíes. En el tablero institucional, la credibilidad de Moncloa como socio fiable en los debates de defensa y seguridad se medirá en su capacidad para forjar coaliciones con los países del sur que, sin romper la unidad, introduzcan flexibilidad en las sanciones energéticas. La próxima cumbre del Consejo Europeo, en septiembre, será el primer test real.

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La unanimidad exigida por los Tratados convierte a las sanciones en un arma tan poderosa como frágil.

El reloj avanza hacia el 23 de julio. Si los Veintisiete no alcanzan un acuerdo, el precio máximo del crudo subirá, las navieras griegas mantendrán sus contratos con Rusia y los barcos metaneros seguirán descargando GNL ruso en terminales europeas. La maquinaria sancionadora, concebida para ahogar fiscalmente a Moscú, se atasca precisamente en el punto donde más daño podría hacer: la energía. Y eso, en un verano marcado por la guerra en Ormuz y la presión de Trump, es un lujo estratégico que la UE ya no puede permitirse.