El presidente Donald Trump ha ejecutado un vaciamiento deliberado de la capacidad de análisis de inteligencia del Departamento de Estado, y el precio lo están pagando sus negociadores en Irán. Lo veo claramente: no es un recorte presupuestario, es una decisión de doctrina encubierta que ha dejado a Washington sin los ojos que necesita para leer a Teherán.
Desde julio de 2025, la Oficina de Inteligencia e Investigación (INR) del Departamento de Estado —ese pequeño servicio que históricamente ha acertado cuando la CIA fallaba— comenzó a despedir a sus analistas más experimentados en Rusia e Irán. David Abramson, analista sénior para Rusia y 25 años en la casa, dimitió porque la administración había arrinconado al Departamento de Estado como brazo de política exterior, según relató a The Steady State, una plataforma de exfuncionarios. Tres de sus colegas de carrera civil, que cubrían desde las relaciones bilaterales con Moscú hasta los vínculos entre Rusia, Irán y Oriente Medio, fueron purgados de la noche a la mañana. Uno era el único especialista en las relaciones Estados Unidos-Rusia en plena guerra de Ucrania; otro, con dos décadas de experiencia en la conexión ruso-iraní, clave justo cuando Washington se enreda en un conflicto con Irán; el tercero acababa de asumir la cartera de Ucrania tras años en otras zonas de la antigua Unión Soviética.
La lectura confidencial es otra. Trump no ha recortado burocracia; ha decapitado la capacidad de análisis independiente del INR sobre los dos adversarios que más le obsesionan. Y lo ha hecho entregando las negociaciones a operadores inmobiliarios como Steve Witkoff y Jared Kushner, que tratan la geopolítica como un contrato de compraventa. El secretario de Estado Marco Rubio, ya sobrecargado con el encargo de virrey virtual de Venezuela, apenas ha podido dedicar atención a Rusia, incluso cuando esta agita su arsenal nuclear. El resultado es un Estado que va a la mesa de negociación con los ojos vendados.
Ya advertí en El quinto elemento que “el próximo 11S empezará con un clic”, pero hoy esa ceguera no es tecnológica: es humana. Se han jubilado cerebros que llevaban décadas leyendo los códigos culturales del enemigo. Y sin ellos, la inteligencia se convierte en ruido.
El memorándum de entendimiento con Irán, ese papel que se desmoronó en junio de 2026, es la prueba del algodón. Cuando el vicepresidente JD Vance, Kushner y Witkoff se sentaron a negociar tras los bombardeos, pensaron que estaban cerrando un trato inmobiliario. Pero el régimen iraní no es un family office: es una teocracia revolucionaria que lleva 47 años definiéndose por su oposición a Estados Unidos. Cualquier analista con oficio se lo habría dicho.
Trump no ha creado una crisis de inteligencia; la ha ordenado a la medida de sus certezas. Y ahora negocia sobre un abismo sin saber qué hay debajo.
El error de cálculo recuerda peligrosamente a la peor ceguera del siglo XX. En 1941, Stalin desoyó más de ochenta advertencias de sus propios servicios sobre la inminente invasión alemana porque no le convenía políticamente. Hoy, Trump ha ignorado décadas de inteligencia que alertaban de que Irán estrangularía el estrecho de Ormuz si se sentía acorralado. Y también ha ignorado a los analistas que le podrían haber advertido de que los ayatolás no iban a rubricar un acuerdo que percibieran como una rendición.
La diferencia es que Stalin tuvo a sus mariscales para rectificar in extremis. Trump se ha quedado sin ese colchón. Los despedidos ya no están. Y consultar a demócratas que negociaron el pacto nuclear de 2015 —el mismo que él mismo dinamitó en 2017— le parece una traición. Así que ahora nadie en la administración sabe con certeza qué están tramando los iraníes, ni qué hará un presidente cada vez más errático.
El vaciamiento del INR: una decisión política con coste estratégico
Quienes conocen la historia de la inteligencia estadounidense saben que el INR siempre fue el contrapunto lúcido frente a los excesos de la CIA. Fue el INR el que en 2002 advirtió de que Irak no tenía armas de destrucción masiva activas, mientras Langley fabricaba certezas. Aquella independencia se basaba en un plantel reducido pero muy cualificado, capaz de digerir fuentes abiertas y diplomáticas sin el sesgo de las operaciones encubiertas. Por eso, purgarlo ahora —con la excusa del tamaño del gobierno— es amputar justo el nervio que más se necesita.
La operación de descabezamiento responde a un patrón que he seguido de cerca: en su primer mandato, Trump ya prefería a Putin antes que a sus propios analistas, como demostró en la rueda de prensa de Helsinki en 2018. Pero entonces había contrapesos institucionales. Ahora, en 2026, con los presupuestos orientados a la eficiencia y la diversidad racial y de género borrada como prioridad, la purga ha sido quirúrgica. La administración ha despedido a los que podían contradecir la narrativa de que el régimen iraní se doblegaría con la combinación de bombas y cheques.
La analogía con Stalin: negociar a ciegas tras ignorar todas las alertas
Permítame una digresión histórica. En 1940, la inteligencia soviética tenía sobre la mesa informes de decenas de agentes —desde Richard Sorge en Tokio hasta desertores alemanes— que detallaban el plan Barbarroja. Stalin los calificó de “provocaciones”. Su fe en su propio juicio mató a millones. La gestión Trump de Irán me trae el mismo aroma: desechar el conocimiento acumulado porque no encaja con el guion político.
De hecho, fuentes consultadas por esta redacción —y me consta que no son las únicas— apuntan a que los negociadores enviados por Vance y Kushner llegaron a la mesa sin un análisis de inteligencia actualizado sobre las facciones internas del régimen iraní. Creían que los halcones de Teherán se moverían por el incentivo económico, cuando en realidad su supervivencia política depende de humillar a Estados Unidos. Sin los analistas del INR, la sala estaba vacía de contexto.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
En esta redacción seguimos de cerca los movimientos sísmicos de las grandes agencias, y este episodio tiene tres capas que debo desgranar.
El vector de amenaza es una degradación deliberada de la capacidad HUMINT y OSINT del Departamento de Estado. No hablo de un ciberataque ni de una infiltración, sino de una decisión de la Casa Blanca que equivale a una ceguera autoinfligida. Al eliminar a los analistas que dominaban los matices de la política rusa e iraní, se ha creado un agujero negro interpretativo que los servicios técnicos —NSA, NRO— no pueden tapar, porque las señales no se traducen solas: necesitan a quien sepa leerlas.
En cuanto a las agencias implicadas, el atacante es la propia administración Trump, que ha politizado los despidos. La defensora, el INR, que ha perdido músculo en un momento crítico. Como terceros interesados, señalo a la CIA y al ODNI, que observan cómo se desmantela a su primo pequeño —con el que a menudo chocaban— mientras pierden un contrapeso que en el pasado les salvó de errores monumentales. Los servicios del Five Eyes también miran con alarma: si Washington se queda ciego, la alianza pierde agudeza colectiva.
El nivel de clasificación estimado del material que manejaban estos analistas no era siempre alto —gran parte trabajaba con fuentes abiertas y diplomáticas— pero su valor residía en el análisis, no en el secreto. Aun así, su vaciado compromete la cadena de decisión. El precedente histórico que lo envuelve todo no es solo Stalin; es también la CIA anterior al 11-S, cuando la rivalidad burocrática y los recortes dejaron a Estados Unidos sin capacidad de conectar los puntos.
Si algo tengo claro es que este vaciamiento del INR es el preludio de un fallo de inteligencia de libro. Lo que ocurra en los próximos meses en el estrecho de Ormuz o en la mesa de negociación con Irán lo escribirá la ausencia de esos analistas. Confío en que el próximo informe del Inspector General del Departamento de Estado, previsto para septiembre, ponga cifras a este desastre, aunque sospecho que para entonces ya será tarde.

