Macron y Merz negocian el futuro de la defensa europea tras el colapso del FCAS

El presidente francés y el canciller alemán exploran en Colonia un nuevo modelo de cooperación militar que incluye la disuasión nuclear extendida. España, socia del FCAS y del Eurodrone, se juega buena parte de su futuro industrial en el desenlace de estas conversaciones.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Macron y Merz celebran una cumbre de defensa en Colonia para relanzar la cooperación industrial tras el fin del programa FCAS y evaluar la propuesta francesa de disuasión nuclear extendida.
  • ¿Quién está detrás? El Elíseo y la Cancillería alemana, con sus ministros de Defensa y Exteriores, en un momento de presión de Washington para que Europa se rearme.
  • ¿Qué impacto tiene? Para España, el colapso del FCAS pone en riesgo su apuesta por un caza europeo de sexta generación y el Eurodrone, mientras que el debate nuclear redibuja la arquitectura de seguridad de la UE.

El presidente francés y el canciller alemán se reúnen en Colonia para reconstruir la cooperación militar tras el colapso del caza europeo FCAS. La cumbre bilateral, que ha arrancado este jueves, pretende suturar las heridas abiertas por la cancelación del programa estrella de la defensa aérea continental y explorar vías para una disuasión nuclear compartida —una oferta envenenada que París lanzó en marzo y que ahora Berlín parece dispuesto a probar—.

La cita trasciende el mero apretón de manos. Francia y Alemania negocian la arquitectura de seguridad europea de la próxima década, con o sin Estados Unidos como socio fiable. Y en ese tablero, España se juega buena parte de su futuro industrial y su posición en las cadenas de suministro de la OTAN.

Un divorcio industrial que amenaza la autonomía estratégica europea

El Future Combat Air System (FCAS) —el proyecto de caza de sexta generación que debía sustituir al Rafale y al Eurofighter a partir de 2040— ha saltado por los aires. Las rivalidades industriales entre Dassault y Airbus, las discrepancias sobre el reparto de carga de trabajo y la propiedad intelectual han hecho imposible mantener el consorcio. El Elíseo y la Cancillería admiten ya que el programa, tal y como estaba concebido, «no es recuperable». Oficialmente, se intentarán preservar algunos desarrollos: el enlace de datos entre aeronaves y la llamada «nube de combate», el software que permitiría a los futuros aviones compartir información en tiempo real.

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El colapso del FCAS arrastra consecuencias para el conjunto de la Base Industrial y Tecnológica de Defensa europea. España, que entró en el programa en 2020 de la mano de Indra y Airbus España, ve ahora desvanecerse una baza industrial con la que aspiraba a mantener capacidades de diseño y producción de alto valor añadido. La industria española ya había empezado a dimensionar sus inversiones en aviónica, sistemas de misión y materiales compuestos para el futuro caza. Sin FCAS, el riesgo de descuelgue tecnológico es real.

Más allá del caza, la cumbre de Colonia aborda otros frentes abiertos: el tanque de nueva generación franco-alemán (MGCS), que acumula retrasos, y el Eurodrone, el vehículo aéreo no tripulado multinacional que lleva años de retraso y sobrecostes y del que España es socio principal. La cooperación en el espacio, con la constelación segura IRIS², también está sobre la mesa, aunque Berlín compite con su propio proyecto de satélites militares.

La disuasión nuclear francesa y el viraje de Berlín

El otro plato fuerte de la cumbre es la propuesta de Macron de extender un «paraguas nuclear» a sus socios europeos. La iniciativa, bautizada como dissuasion nucléaire avancée (disuasión nuclear avanzada), permitiría a países como Alemania participar en ejercicios de fuerza nuclear francesa e, incluso, alojar temporalmente activos atómicos galos en su territorio. Un gesto de soberanía compartida que supondría un giro copernicano en la cultura estratégica alemana.

Berlín aceptará que sus tropas participen en un ejercicio nuclear francés este otoño, según confirmó un alto funcionario alemán antes del encuentro. Es un paso pequeño pero cargado de simbolismo. Alemania, que durante décadas ha descansado bajo el paraguas nuclear estadounidense, empieza a considerar seriamente una alternativa europea. La desconfianza hacia la fiabilidad de Washington —alimentada por la administración Trump— acelera un debate que hasta hace un año era tabú en el Bundestag.

El Elíseo quiere ir más allá: aspira a que la nueva arquitectura de defensa europea pivote sobre capacidades soberanas, desde la alerta temprana hasta los misiles de largo alcance, pasando por la defensa antimisiles. «En defensa contra misiles balísticos, siempre hemos defendido ante Alemania la importancia de lo que es soberano», ha subrayado un portavoz del palacio presidencial.

Lo que se negocia en Colonia no es solo un acuerdo de defensa: es una redefinición del vínculo transatlántico y de la dependencia europea de la tecnología estadounidense.

Macron disuasión nuclear

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Equilibrio de Poder

El colapso del FCAS y la cumbre de Colonia reabren la eterna pregunta: ¿puede Europa defenderse por sí misma? La fractura del programa estrella de la aviación de combate continental es un síntoma de una enfermedad más profunda: la incapacidad de los Veintisiete para alinear intereses industriales y estratégicos cuando el dinero aprieta. Francia, con su tradición gaullista de autonomía, ve en cada retraso del caza europeo un argumento para seguir confiando en Dassault. Alemania, más pragmática, coquetea con el F-35 estadounidense y ahora, con el Tempest británico-italiano-japonés como alternativas.

Para España, el desenlace de estas negociaciones condicionará la viabilidad de sus programas de defensa más ambiciosos. El FCAS era la apuesta de futuro del Ejército del Aire y del Espacio para reemplazar a los Eurofighter y a los F-18 más allá de 2040. Su desaparición obligaría a Moncloa a buscar un plan B, bien integrándose en el programa Tempest —lo que exigiría renegociar los acuerdos industriales con Londres y Roma—, bien adquiriendo cazas de quinta generación estadounidenses, con el coste político y económico que eso supone. El Eurodrone, por su parte, enfrenta ahora un horizonte de nuevos retrasos que podrían hacer descarrilar las necesidades del Ejército de Tierra de contar con un sistema aéreo no tripulado de vigilancia armada para finales de esta década.

El precedente histórico es claro: la cancelación del proyecto Future Offensive Air System (FOAS) en los años 2000 fragmentó el mercado europeo y dejó a Reino Unido en solitario con el Tempest. Hoy, sin un programa común, el riesgo de que Europa pierda definitivamente la capacidad de diseñar y fabricar cazas de última generación es real. La dependencia del F-35 y de la tecnología estadounidense se convertiría en estructural, con implicaciones para la soberanía operativa y para la industria de defensa española, que perdería el tren de la innovación.

El debate sobre la disuasión nuclear compartida introduce una variable aún más delicada. Si Alemania acepta finalmente un esquema de disuasión extendido francés, el centro de gravedad de la seguridad europea se desplazaría de Washington a París. Para España, que alberga las bases de Rota y Morón —dos piezas clave del paraguas nuclear estadounidense en el Mediterráneo—, la ecuación se complica. Un acercamiento al nuevo modelo francés requeriría un reequilibrio de alianzas y un debate político interno sobre el papel de las fuerzas nucleares en territorio nacional, algo que ningún Gobierno español ha abierto de forma explícita.

La lectura en clave española es de incertidumbre estratégica. El fin del FCAS y los retrasos del Eurodrone golpean a una industria que aspiraba a ser tractor de la defensa continental. Mientras París y Berlín cocinan a fuego lento el nuevo menú, en Moncloa y en el Ministerio de Defensa se sigue con atención cada palabra de las declaraciones conjuntas. La próxima fecha en el calendario es la cumbre de la OTAN de otoño, donde Donald Trump volverá a exigir el 5% del PIB en defensa. Para entonces, la suerte del programa industrial europeo podría estar echada.