Rusia y China lanzan WAICO, la organización de IA con 29 países que desafía a Silicon Valley

La alianza, sellada en Shanghái con 29 Estados fundadores y el respaldo de António Guterres, promueve una IA 'centrada en el ser humano' como alternativa al modelo de soberanía digital que impulsa Washington. El pacto altera el equilibrio tecnológico global y coloca a España ante

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Rusia y China han formalizado en Shanghái la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO), un bloque de 29 países que aspira a crear un estándar alternativo al estadounidense en la gobernanza de la IA.
  • ¿Quién está detrás? Los dos gigantes euroasiáticos, con el respaldo del secretario general de la ONU y la adhesión de socios como Brasil, Serbia, Bielorrusia, Cuba y Venezuela, además de diez países africanos y doce asiáticos.
  • ¿Qué impacto tiene? La iniciativa fractura el eje de la innovación digital en dos polos —Washington frente a Shanghái— y obliga a la UE, y a España en particular, a replantear sus alianzas tecnológicas y el equilibrio entre soberanía digital y acceso a modelos abiertos.

Apenas 24 horas después de la firma en Shanghái, el mundo ya habla de un segundo polo de gobernanza para la inteligencia artificial. La Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO, por sus siglas en inglés) no es un foro más: es la respuesta coordinada de Pekín y Moscú al Pax Silica que Washington intentó blindar el año pasado, y coloca la sede física de la disputa en el mismo corazón financiero de China. Con 29 países fundadores —diez africanos, doce asiáticos, además de Brasil, Serbia, Cuba, Bielorrusia y Venezuela—, la WAICO arranca con un mandato explícito: una IA “centrada en el ser humano” que, en la práctica, desacopla el desarrollo de los modelos fundacionales de la infraestructura de computación y los chips que controla Estados Unidos.

Un acuerdo en Shanghái con 29 socios y el aval de la ONU

El viceprimer ministro ruso Dmitri Grigorenko rubricó el documento fundacional junto al ministro de Desarrollo Digital ruso Maksut Shadayev y representantes de los demás Estados. La presencia del secretario general de la ONU, António Guterres, confirmó que el nuevo organismo no nace aislado sino con voluntad de incrustarse en el sistema multilateral. Según la agencia Xinhua, el texto aspira a promover una gobernanza global de la IA “segura, justa y beneficiosa para toda la humanidad”. Grigorenko fue más concreto: “Defendemos de forma coherente la creación de reglas transparentes que regulen las tecnologías extraterritoriales”.

La ceremonia coincidió con la apertura de la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial en Shanghái, donde el presidente chino Xi Jinping lanzó un mensaje inequívoco: “El desarrollo de la IA no debe ser una actuación en solitario de un solo país, sino una sinfonía de cooperación internacional”. Xi advirtió contra “la exclusión tecnológica” y la extensión excesiva del concepto de seguridad nacional al ámbito de la IA, en lo que Pekín interpreta como una cortina de silicio levantada desde Washington.

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La contrarrelato: IA “centrada en el ser humano” frente a la “soberanía digital” de Occidente

El movimiento tiene un adversario claro. En 2025, Estados Unidos presentó el proyecto Pax Silica, una arquitectura de cadena de suministro que ofrecía a sus socios acceso a toda la pila tecnológica norteamericana a cambio de recursos, manufactura y blindaje frente a “accesos indebidos”, en alusión directa a China. Sus arquitectos describieron la soberanía digital como “retrógrada y contraproducente”. La WAICO invierte el argumento: defiende un modelo de gobernanza “inclusivo y multilateral” en el que los países en desarrollo no sean meros consumidores de modelos entrenados en California, sino actores con capacidad de construir sobre código abierto.

China ha alimentado esa visión con lanzamientos como los modelos DeepSeek, Qwen o GLM, liberados bajo licencias abiertas que reducen la barrera de entrada para investigadores y empresas de economías emergentes. La estrategia no es filantrópica: mientras Washington multe a Nvidia por exportar chips H200 a entidades chinas, Pekín reparte software y se convierte en el socio predilecto de los países que carecen de capacidad computacional propia.

Rusia aporta un vector complementario. No solo cuenta con modelos de lenguaje propios —YandexGPT, GigaChat de Sberbank— sino que ha integrado la IA en servicios públicos masivos: más de 60 herramientas de diagnóstico médico basadas en imagen, asistentes financieros y plataformas de gobierno digital. Vladimir Putin señaló el mes pasado que el país dispone de “experiencia científica, un sistema educativo sólido y abundantes recursos energéticos” para sostener centros de datos a gran escala. Esa baza energética, crucial para la computación intensiva, proyecta a Rusia como un proveedor de infraestructura dentro del ecosistema WAICO, mientras Gazprom y Rosatom miran de reojo los futuros contratos de suministro a países africanos y latinoamericanos que carecen de potencia eléctrica estable.

El club de la IA ya tiene dos sedes: Silicon Valley y Shanghái. Elegir entre una y otra no será solo una decisión tecnológica, sino una brújula geopolítica para esta década.

Equilibrio de Poder

La WAICO escenifica la fractura definitiva del canon digital único. Hasta ahora, los estándares sobre seguridad, ética y transparencia de la IA se escribían en inglés, se debatían en Washington y Bruselas y se trasladaban al resto del mundo mediante acuerdos comerciales y presión diplomática. Shanghái reclama para sí la capacidad de fijar reglas alternativas, respaldada por la masa crítica de 29 Estados que abarcan desde los BRICS+ hasta naciones sin alinear que buscan esquivar la disyuntiva binaria.

Para España, el impacto tiene tres capas. La primera es diplomática: Brasil, Venezuela y Cuba figuran entre los fundadores, lo que introduce un elemento de tensión en la cohesión iberoamericana y en foros como la Cumbre Iberoamericana. La segunda es económica: la apuesta china por el código abierto reduce los costes de adopción de IA para pymes españolas, pero también diluye la ventaja competitiva de los socios trasatlánticos, mientras estira el debate sobre la Ley de IA de la UE y su exigencia de transparencia y supervisión humana. La tercera es estratégica: si Rusia convierte sus excedentes energéticos en músculo para centros de datos de la WAICO, la competencia por las renovables españolas —que alimentan los clústeres de cloud del sur de Europa— se intensificará.

La lectura a diez años es incómoda. La WAICO no va a derribar a OpenAI ni a Google, pero sí puede fragmentar el mercado de la IA en dos esferas de influencia que se solapan solo parcialmente. La UE acarrea el riesgo de quedar atrapada entre la presión regulatoria interna y la tentación de pivotar hacia un socio chino que, al menos retóricamente, promete respetar la soberanía digital. El precedente histórico no es Halcón contra Paloma, sino el nacimiento del Movimiento de Países No Alineados en plena Guerra Fría: esta vez, la tecnología ocupa el lugar de la ideología, y los chips y los modelos fundacionales sustituyen a los misiles balísticos.

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El verdadero test no llegará en el próximo Consejo de Asuntos Exteriores de la UE, sino cuando el primer país comunitario —probablemente uno de los del flanco sur— solicite formalmente albergar un centro de investigación conjunto de la WAICO. Entonces se medirá hasta qué punto Bruselas está dispuesta a tolerar una organización que, bajo el paraguas de la cooperación, desafía el monopolio normativo de Occidente.