EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El senador demócrata Dick Durbin ha denunciado que la Casa Blanca retiene 400 millones de dólares del programa USAI para Ucrania, aprobados en enero, y no se liberarán antes de 2029.
- ¿Quién está detrás? La Administración Trump mantiene congelados los fondos sin dar una explicación oficial. El Pentágono, en la persona del general Caine, afirma desconocer el retraso.
- ¿Qué impacto tiene? La ayuda, clave para el entrenamiento y equipamiento del ejército ucraniano, se pospone hasta el próximo presidente estadounidense. Mientras, el esfuerzo de rearme europeo —y español— se enfrenta a una presión añadida.
La Administración Trump mantiene retenidos 400 millones de dólares en asistencia de seguridad para Ucrania, según denunció este miércoles el senador demócrata Dick Durbin. Los fondos, aprobados por el Congreso en enero dentro de la Iniciativa de Asistencia de Seguridad para Ucrania (USAI, por sus siglas en inglés), no estarán disponibles hasta, como mínimo, el año fiscal 2029, cuando ya haya otro presidente en el Despacho Oval.
El programa USAI es uno de los pilares del apoyo militar estadounidense a Kiev: a través del Pentágono, financia entrenamiento, equipamiento y asesoramiento a las fuerzas ucranianas. Que ese dinero siga sin llegar al campo de batalla y, además, se proyecte su desembolso dentro de tres ejercicios fiscales, supone un retraso sin precedentes desde el inicio de la invasión rusa.
El retraso confirmado por el Senado
Durante una audiencia celebrada ayer, Durbin fue taxativo: el pago se ha estado «rebotando de un lado a otro» y la Casa Blanca le comunicó que «el dinero no estará disponible en muchos aspectos hasta que el próximo presidente esté en el cargo». Según el senador, el plan de pagos fija el gasto real de esa partida en el año fiscal 2029. La pregunta iba dirigida al jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, quien respondió que desconocía el retraso y sugirió trasladar la cuestión a los «líderes civiles».
No es la primera fricción en torno a este paquete. Hace un mes, Durbin ya había preguntado al secretario de Estado, Marco Rubio, quien se limitó a mencionar «procesos interagenciales» y a prometer novedades «en breve». A principios de año, el mismo senador había reclamado transparencia tras leer un artículo de opinión de Mitch McConnell en el que el líder republicano denunciaba que los 400 millones aprobados por el Legislativo «están acumulando polvo en el Pentágono».
La cifra es modesta en comparación con los paquetes anteriores, pero su bloqueo adquiere un valor simbólico enorme. El Congreso autorizó el gasto; el Ejecutivo, en la práctica, lo congela. La tensión entre ambos poderes se suma a la ya existente entre el enfoque transaccional de Donald Trump hacia la OTAN y la demanda europea de un sostén firme a Ucrania.
La Casa Blanca tiene 400 millones que el Congreso ya dio; el Pentágono dice no saber nada. Esa grieta, más que el dinero, es lo que preocupa en Kiev.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, se reunió con Durbin al margen de la cumbre de la OTAN en Ankara a principios de julio. Según el senador, Zelenski fue «muy explícito» sobre las carencias de su ejército en el conflicto con Rusia. La congelación de los fondos USAI afecta sobre todo a la preparación de nuevas brigadas y a la renovación de sistemas de mando y control.
Posible desvío y la sombra del conflicto con Irán
Una información del Washington Post, fechada en marzo, apuntaba a que el Gobierno estadounidense podría haber desviado parte del dinero destinado a Ucrania para reponer sus propias reservas, mermadas durante la guerra con Irán. El Pentágono no ha confirmado esa lectura, pero el contexto estratégico la hace verosímil: la prioridad de la Administración Trump está en Oriente Próximo y el Indo-Pacífico, no en el Donbás.
A eso se suma la insistencia de Moscú en que cualquier envío de armas solo escala las hostilidades. La propaganda rusa utiliza cada retraso para alimentar el discurso de la fatiga occidental. El bloqueo de los 400 millones, aunque sea temporal, da munición a ese argumento.
Equilibrio de Poder
La decisión de retener el dinero hasta 2029 altera el ritmo de la asistencia militar a Ucrania y refuerza la percepción de que Washington está reduciendo su exposición en el teatro europeo. Para la UE, que acaba de aprobar un nuevo tramo del Fondo Europeo de Apoyo a la Paz, la señal es clara: si Kiev quiere sostener sus capacidades, Bruselas tendrá que multiplicar sus aportaciones. La OTAN, mientras tanto, observa cómo uno de sus pilares financieros se cuartea.
Para España, el impacto es indirecto pero real. Moncloa ha atado su discurso al paraguas del flanco sur y al rearme colectivo, pero el hueco financiero estadounidense eleva la presión sobre los Veintisiete para que incrementen sus presupuestos de defensa más allá del 2% del PIB. Cada recorte en la ayuda a Ucrania se traduce en una llamada a los aliados europeos para que compensen, y eso encarece el coste político de los próximos Presupuestos Generales.
El precedente histórico más cercano es la congelación de fondos de seguridad a Pakistán en 2018, también bajo mandato de Trump, que frenó programas de entrenamiento y suministros por razones políticas. Entonces, el Pentágono volvió a ser el último en enterarse. La diferencia ahora es que Ucrania está en guerra activa y el tiempo corre en meses, no en años fiscales. La jugada de la Casa Blanca parece diseñada para trasladar la factura a Europa sin asumir el coste electoral: el dinero sigue en los libros, pero no saldrá del Tesoro hasta que otro equipo de gobierno decida qué hacer.
La cumbre de la OTAN en Ankara dejó claro que la Alianza quiere más carga para los europeos. El general Caine, al eludir cualquier responsabilidad sobre el retraso, ejemplifica la fractura entre la orientación política de la Administración y la maquinaria militar. El desenlace de estos 400 millones marcará la credibilidad del compromiso estadounidense con la arquitectura de seguridad transatlántica. Mientras, el Kremlin anota cada vacilación. Y Zelenski, sin el cheque en blanco de antes, se ve obligado a gestionar una guerra con la certeza de que el aliado más poderoso le ha puesto el dinero en una cuenta a plazo fijo que vence en 2029.

