El BCE prevé subidas de tipos en 2026: dos alzas en cinco meses por la guerra en Oriente Próximo

El Consejo de Gobierno dejó la decisión para septiembre pero el mercado ya descuenta dos incrementos hasta fin de año. Lagarde avisa de que el riesgo de desanclaje de expectativas es real si el Brent se mantiene en los 100 dólares.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? El BCE ha puesto sobre la mesa dos subidas de tipos de interés para lo que queda de 2026, reactivando el giro alcista que había quedado en pausa tras los avances de paz entre Estados Unidos e Irán.
  • ¿Quién está detrás? La presidenta Christine Lagarde, con el respaldo unánime del Consejo de Gobierno, aunque algunos gobernadores pedían actuar ya esta misma semana.
  • ¿Qué impacto tiene? El encarecimiento del crédito afectará a hipotecas, empresas y deuda pública en España, donde la prima de riesgo podría ampliarse y el Tesoro pagar más por financiarse.

El Banco Central Europeo (BCE) se prepara para dos subidas de tipos en los próximos cinco meses. La escalada de la guerra en Oriente Próximo y el bloqueo del tráfico de petroleros en el Estrecho de Ormuz han llevado a Fráncfort a desempolvar los planes que guardó en el cajón cuando parecía que Washington y Teherán estaban a punto de firmar un alto el fuego. La cotización del Brent ha saltado por encima de los 100 dólares por barril y la presidenta de la entidad, Christine Lagarde, ya ha dado la señal: el escenario económico vuelve a ser el de junio, antes de los avances diplomáticos. Y aquel escenario incluía más restricción monetaria.

La decisión, aunque formalmente se pospone hasta septiembre, es inequívoca. Lagarde explicó el jueves 23 de julio que algunos miembros del Consejo de Gobierno llegaron a pedir un alza inmediata. Se impuso la prudencia y se optó por esperar a la reunión de septiembre, con unanimidad, pero el mensaje caló en los mercados. En cuestión de horas, los tipos implícitos empezaron a descontar dos incrementos del precio oficial del dinero: uno en septiembre y otro en diciembre, coincidiendo con las dos actualizaciones de previsiones económicas que le quedan al BCE en 2026.

De Fráncfort a Ormuz: la guerra que vuelve a encarecer el dinero

El detonante es inequívoco: el cierre del Estrecho de Ormuz. Por allí transita una quinta parte del suministro mundial de petróleo, y los últimos ataques han vuelto a interrumpir el paso de buques cisterna. El Brent, que en junio llegó a bajar de los 75 dólares tras el espejismo diplomático, ha superado la barrera psicológica de los 100 dólares. Ese repunte se filtra rápidamente a los costes de producción y, tarde o temprano, a los precios finales que pagan los consumidores.

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La encuesta PMI adelantada de S&P Global, publicada el viernes 24 de julio, ya refleja que los precios de los insumos siguieron subiendo incluso antes de la última escalada del crudo. Chris Williamson, economista jefe de S&P Global, advirtió de que “existe el peligro de que la economía sufra un retroceso si se intensifican las presiones inflacionistas y se producen interrupciones en el suministro, especialmente de energía”. La frase, aunque medida, encapsula el temor que recorre el edificio de la Eurotorre.

El BCE no se fía de las treguas. Solo un final real de las hostilidades, con garantías verificables, podría devolver el petróleo a la zona de los 70 dólares. Y Fráncfort ya aprendió en 2022 que desactivar el modo guerra demasiado pronto es un error. La entidad ha insistido en que utilizará “todas las herramientas necesarias” para que las expectativas de inflación no se desanclen. Y eso, en el lenguaje codificado de los banqueros centrales, significa subir tipos.

El BCE teme más un repunte de las expectativas de inflación que una recesión suave. Y ese temor tiene nombre: el Brent a 100 dólares.

Por qué dos subidas y no una: inflación persistente y expectativas desancladas

El BCE maneja un horizonte incómodo: según sus propias previsiones, la inflación no volverá al objetivo del 2% hasta la primera mitad de 2027. Ese retraso agrava el riesgo de que los agentes económicos —empresas, sindicatos, consumidores— empiecen a incorporar en sus decisiones una inflación alta durante mucho tiempo. Es lo que los técnicos llaman “desanclaje de expectativas”, y es la peor pesadilla de cualquier banco central. Para evitarlo, los tipos deben subir lo suficiente como para enfriar la demanda, aunque eso ralentice el crecimiento.

BCE guerra

Algunos gobernadores plantearon actuar ya en julio. No prosperó, pero la unanimidad final en el comunicado subraya la preocupación compartida. El mercado, que suele leer entre líneas mejor que nadie, ya descuenta un alza de 25 puntos básicos en septiembre y otra en diciembre, lo que situaría el tipo de depósito cerca del 3% a final de año. Las familias y empresas españolas, que aún arrastran el impacto de las subidas de 2022-2023, notarán un nuevo encarecimiento de las hipotecas y los préstamos.

El Eje del Poder Europeo

La subida de tipos vuelve a tensar las costuras del proyecto europeo. Alemania y los países frugales del norte —Países Bajos, Austria, Finlandia— llevan meses pidiendo una política monetaria restrictiva para contener la inflación, mientras que los Estados del sur, con España e Italia a la cabeza, temen que el encarecimiento del crédito asfixie la recuperación y eleve la factura de la deuda pública. El BCE está atrapado entre estas dos presiones, y Lagarde lo sabe. Su decisión de posponer el alza hasta septiembre, pero señalizar dos movimientos, parece un intento de equilibrar ambos frentes. “No fue una derrota de las palomas, sino una victoria pactada”, resume un diplomático europeo consultado por este medio.

Para España, el impacto es directo. El Tesoro Público se enfrenta a unas subastas de deuda más caras si los inversores descuentan tipos más altos durante más tiempo. La prima de riesgo, que rozó los 120 puntos básicos tras las elecciones alemanas, podría ampliarse. Además, las hipotecas a tipo variable —aún mayoritarias en muchas carteras familiares— encarecerán las cuotas mensuales, restando renta disponible justo cuando la inflación vuelve a morder. El Banco de España ya ha advertido en varios informes que un endurecimiento monetario adicional podría enfriar el consumo interno en 2027.

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A largo plazo, si el Brent se mantiene en torno a los 100 dólares y la guerra en Oriente Próximo no cesa, el BCE podría verse obligado a prolongar las subidas más allá de diciembre, lo que pondría a prueba la resistencia de las economías periféricas. El precedente de la crisis energética de 2022-2023 enseña que los mecanismos de protección —como el Instrumento para la Protección de la Transmisión (TPI)— funcionan, pero a costa de una condicionalidad encubierta que los gobiernos del sur miran con desconfianza. El verdadero riesgo es que la política monetaria se convierta, una vez más, en el único cortafuegos disponible mientras Bruselas y las capitales discuten sobre el presupuesto europeo y la reforma de las reglas fiscales.

La próxima cita es el 11 de septiembre. Para entonces, el BCE tendrá sobre la mesa las nuevas proyecciones macroeconómicas y, salvo que el crudo se desplome, un mandato muy claro para apretar el gatillo. Todo dependerá de si la diplomacia consigue reabrir el estrecho o si, por el contrario, las llamas del conflicto siguen alimentando la inflación. Lo que Fráncfort ya descartó es el inmovilismo.