Foreign Affairs: Putin no ve necesidad de negociar mientras Rusia debilitada sigue en Ucrania

Los planes A, B y C del Kremlin han fracasado uno tras otro, pero el líder ruso no tiene incentivos para ceder. La campaña de drones ucraniana golpea la retaguardia mientras la economía rusa se resiente, aunque el régimen mantiene el control.

A pesar del progresivo deterioro militar y económico de Rusia, Vladímir Putin no contempla una salida negociada a la guerra en Ucrania. Un exhaustivo análisis de la revista Foreign Affairs señala que los tres planes sucesivos del Kremlin —seducir a Trump, esperar su retirada y ganar en el campo de batalla— han fracasado, pero Putin mantiene el rumbo apoyado en la resiliencia de su aparato represivo y en una economía que aún puede sostener el esfuerzo bélico.

Los tres planes fallidos del Kremlin

Cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca en 2025, Moscú creyó posible un golpe diplomático. El Plan A consistía en atraer al presidente estadounidense para que forzara a Kiev a aceptar un acuerdo redactado en Moscú. Sin embargo, la estrategia se topó con la resistencia ucraniana y las propias líneas rojas de Washington. Trump suspendió temporalmente la ayuda en inteligencia y declaró que Zelenski era el obstáculo, pero sus enviados —los inexpertos Steve Witkoff y Jared Kushner— fueron incapaces de articular un proceso de negociación serio. La cumbre de Alaska en agosto de 2025, amable en las formas, no produjo avances sustanciales. Como resultado, la actitud en Moscú hacia esos interlocutores se agrió y el Plan A quedó descartado.

El Plan B era aún más simple: esperar a que Trump se desentendiera por completo de Ucrania. A partir de marzo de 2025, Washington dejó de suministrar armas gratuitas y en julio suprimió toda la asistencia financiera directa. Pero la diplomacia ucraniana y sus aliados europeos consiguieron que la Casa Blanca mantuviera el intercambio de inteligencia y permitiera la venta de material bélico con fondos europeos. Bruselas cubrió el vacío financiero y se convirtió en la retaguardia industrial de Kiev, facilitando la producción de drones y misiles dentro de territorio comunitario. Además, Trump, frustrado por la falta de concesiones rusas, mantuvo las sanciones e incluso incluyó a Rosneft y Lukoil en la lista negra. El Plan B también se desvaneció.

Publicidad

Putin ha visto cómo sus tres apuestas estratégicas fracasaban una tras otra, pero sigue convencido de que Rusia puede resistir más que Occidente.

Guerra de desgaste y campaña de drones

Ante el colapso de las opciones diplomáticas, el Kremlin activó el Plan C: vencer en el campo de batalla. Sin embargo, los resultados son desalentadores. En 2025, las tropas rusas capturaron más de 1.600 millas cuadradas a costa de decenas de miles de bajas. En la primera mitad de 2026, el avance se ha reducido a apenas 250 millas cuadradas. La razón es doble: las nuevas líneas de fortificación ucranianas, cargadas de minas, y la llamada «zona de muerte», donde los drones de Kiev detectan y golpean a los soldados rusos apenas asoman. Según el analista Michael Kofman, las bajas rusas rondan los 30.000 muertos o heridos graves al mes, mientras que el reclutamiento mensual ha caído a 27.000 efectivos por la reducción de primas y la creciente conciencia de la letalidad del frente.

A esto se suma la exitosa campaña de ataques ucranianos en profundidad, que ha dañado gravemente la infraestructura energética y logística rusa. Alrededor de un tercio de la capacidad de refinado de petróleo está fuera de servicio, provocando escasez de gasolina y largas colas en las gasolineras. En julio, Kiev comenzó a volar almacenes de Wildberries, la mayor minorista en línea de Rusia, llevando la guerra al día a día del consumidor medio y afectando a miles de pequeñas empresas. Los drones ucranianos también hostigan a los petroleros rusos en el mar Negro y el mar de Azov, tratando de interrumpir las exportaciones de crudo y grano.

La economía rusa empieza a resentirse: la previsión oficial de crecimiento del PIB para 2026 es de un raquítico 0,4 %, la inflación repunta y el banco central mantiene los tipos en un 14 % que asfixia el crédito. El déficit presupuestario se ha disparado a 73.000 millones de dólares en el primer semestre, muy por encima de los 48.500 millones previstos para todo el año. La guerra de Trump contra Irán ha elevado los ingresos petroleros, pero no basta: las reservas acumuladas durante décadas se han esfumado y Moscú tiene que recortar gastos civiles y endeudarse a tipos cada vez más altos. La impopularidad de Putin ha caído del 80 % al 66 % en los sondeos, en un clima de creciente incertidumbre.

Equilibrio de Poder

La pregunta que sobrevuela todas las cancillerías occidentales es por qué Putin no negocia si la situación es tan adversa. La respuesta, según el artíiculo de Foreign Affairs, es que el líder ruso aún dispone de margen para prolongar la guerra. La economía, aunque renqueante, está lejos del colapso: el Kremlin puede trasladar el coste de los ataques con drones a las empresas, obligar a las regiones a asumir más gastos de defensa y hacer que los hogares absorban la inflación. El gasto militar ruso, cercano al 8 % del PIB, todavía está muy por debajo del que soportó la URSS en la Segunda Guerra Mundial y del 40 % que destina Ucrania.

Lo más determinante es que el régimen se siente blindado frente al descontento. Las leyes de censura, la vigilancia con inteligencia artificial y el refuerzo de los cuerpos represivos permiten contener cualquier estallido. Además, a medida que los ataques ucranianos golpean más profundo, una parte de la población podría percibir la guerra como una lucha por la supervivencia nacional, reforzando el efecto de “unión en torno a la bandera”. Las élites moscovitas que reclaman una salida pactada no encuentran eco en el Kremlin.

Para España y la OTAN, este escenario implica que la guerra de desgaste está lejos de acabar y que la estrategia de apoyo a Kiev debe mantenerse en el tiempo. El desgaste ruso es real, como confirman los datos del Institute for the Study of War, pero no se traducirá en un colpaso súbito. La Alianza seguirá necesitando fondos, coordinación industrial y un mensaje político claro que disuada a Moscú de esperar a que Occidente se fatigue. En este contexto, la presión de Washington sobre los aliados europeos —incluida España— para que incrementen su gasto militar es más que un gesto: es la condición estructural para prolongar la resistencia ucraniana sin quebrar la cohesión transatlántica.

Publicidad

Lo que observamos es que Putin ha interiorizado la guerra como un conflicto existencial en el que cualquier concesión sería interpretada como una derrota estratégica. Mientras los mecanismos de represión interna y los malabarismos presupuestarios le permitan seguir alimentando el frente, la posibilidad de una mesa de negociación sincera es remota. La paradoja es que la respuesta de la OTAN al conflicto está obligando al Kremlin a un sobreesfuerzo, pero sin que ello baste para forzar un cambio de doctrina a corto plazo. El choque entre dos voluntades de resistencia —la de Kiev, respaldada por Europa, y la de Moscú, atrincherada en su propaganda— define la nueva fase de una guerra que promete consumirse en los años venideros.